6
Habla de aceras y líquenes enquistados
en las baldosas como huellas de indómitas libélulas, encabritados
centauros, formas de insecto con voz metálica.
Blanca desazón de aleteo en el ojo.
Una esquina a la vuelta de otra esquina.
Y detrás el laberinto del habla.
Ese irse por la luz de la mirada.
No más que un temor, un presentimiento:
vacío de pensar llena la habitación.
Siempre un detrás un afuera un ojo
que acecha en la sombra, una palabra radiante
como la rosa que marchita el crepúsculo.
Y después el desasosiego.
La luz que ya no está
(está dentro de ti pero no está).
El adentro
no tiene estalactitas.
Se acabó la iridiscencia:
Bienvenido al incendio blanco.
De “Nube de mares”
12
Fue un instante. Extraño parece
que haya pasado delante de mí y se haya vuelto a
mirar mi codicia
reflejada en la fruta.
Quedarse en suspenso con la miel rodando de las
pestañas y el chapoteo del rictus
en el pie eriza el amaranto,
bulle en la garganta
con ese silbido que viene lejano
a callar el rubor del presentimiento.
El tiempo es un durazno:
va a remontar nacientes.
La redondez del néctar no es dulzura,
llega a la desazón de haber mordido
una sombra
agazapada en la voz del escarabajo.
Un instante del tiempo, un instante es todo el tiempo
de morder la acidez de la fruta.
Su discurso es un delta
remontando los mares,
va vivir capturado delante de mis ojos
mirándome pasar derramado en mi sed.
De “Nube de mares”
QUINTO MOVIMIENTO
1
Hay demasiado abismo en la raíz,
no fulge
la ondulación abajo.
No cruje como el néctar
en la lengua del bosque.
Un ciprés invertido
hacia el dolor del tallo.
La aspersión de la rama
se retuerce hacia adentro.
La redondez del hoyo,
la vigilia del labio.
2
Demasiado temor
la sabina en su carne.
Un almíbar ajado por la acritud del hueco
se dispersa en los poros de la salvia,
se adhiere
a las manos que hablan
de su desasosiego
de verterse en la sed.
3
La torsión del alisio.
Discurre su aspereza
hacia arriba hacia abajo
en un río de hojas.
Transparencia del verde
sobre las manos frías.
La sabina le habla
al huracán dormido.
4
Escucha a la sabina
raptando la conciencia
del mirlo allá en la cresta.
Anochece el plumaje
que eriza el desarraigo
en la cálida copa.
La raíz en el pico,
la fuga hacia lo denso.
5
Te dirán la sintaxis
de su respiración,
la negritud del hueco
en su fruto azulado,
la blancura de ser
huérfano del eclipse.
Te dirán las sabinas
su lenguaje de ondas
más allá del silencio.
6
Hay demasiado abismo,
demasiado temor.
La torsión del alisio
escucha a la sabina.
Transite la corteza
su roja nervadura.
A vaciar la oquedad
de adorables cadáveres.
7
Mas no la pesadumbre ni la danza fugaz
del viento huracanado.
No el vahído del búho en la pared mojada
de su desasosiego.
Redondez de sabinas: el hueco más allá
de la lámpara verde.
Estalactita en la tibia, la espora de los pasos
fisgonea el fulgor
del bosque que trasvasa mi saliva de estar
en el vientre del bosque.