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Postales para no olvidar
(poemas, 1998)


ALEJANDRO LAVQUEN

 



COTIDIANO

Los hombres despiertan como despiertan cada día. Se levantan.
Lavan su rostro y beben café, los que tienen como beber café.
Los hombres empañan los vidrios de los autobuses.
Piensan en su paso por la vida, o quizá, en la vida sobre sus pasos.
Los hombres caminan. Los animales caminan.
Pero los hombres son hombres y los animales son animales.
Todo es normal:
La artillería de pocos hombres se derrama sobre los corazones
de muchos hombres.
El romanticismo de la luna paga sus pecados al Banco Mundial.
Sierras eléctricas extirpan el verde de la tierra.
En Londres, el Big-Ben da la hora.
En New York, la estatua de la libertad sostiene su antorcha de piedra.
La codicia desgarra los estómagos africanos.
El tigre asiático engorda con el sudor engrillado de los rebaños.
Voladores de luces, como esperanzas bíblicas, inyectan dosis mortíferas
de apatía y carnaval en las conciencias congeladas.
¡Tengo hambre!..., reclama un despistado. Una beata se persigna.
Los ríos se asfixian en América, al igual que una canción en la voz
de un tuberculoso.
La suerte rezonga en los hipódromos, la lotería se duerme para despertar
un próximo domingo.
"El azar y la miseria, son directamente proporcionales a la cesantía",
razona un intelectual.


DISTANCIA DE UN DÍA EXTRAVIADO

Existe un día, dentro de mis días,
donde en el balcón de la brisa
canta una flor.
El brillo del sol brinca
de hoja en hoja
y el atardecer se pierde
por el camino hacia el mar.
Una hoguera huérfana
en la noche, anuncia
algo profundo
reverdeciendo en mi frente.
Las calles que fueron nuestras
son las mismas,
no así las muchas horas
en donde nació nuestro
lenguaje.
Otros caminos nos alejan
en la marcha
hacia el misterio infinito.
Ni tú ni yo, desciframos
los símbolos de aquel día.

 


UN RINCÓN DEL MUNDO

La pasión, los anhelos,
están extraviados
en algún punto cardinal.
Allí buscan rumbo los silencios
y se reconstruye
la memoria más remota.
La poesía libra el martirio
de las cárceles y enjuaga la sangre
de los que no volverán a cantar.
Limpia el conducto
de la vida para que el celeste
explique su contenido.
Los manantiales jadean,
encumbrándose por unos
pechos vegetales
anhelantes de ternura.
En el lecho del amor, silba
una mujer que estremeció
todos los pudores.
En un lugar, no lejos,
la locura de la noche
juega a los naipes
con el príncipe de los gitanos.

 


LA GRAN FERIA

La cantina, otra cantina.
La Feria Central bosteza,
luego bebe un vaso de vino.
Un hombre de papel
se revuelca en su dolor.
Sobre el pavimento
maloliente, su cuerpo
fermenta junto a la fruta podrida
que despreció la mañana.
Un hálito de pimienta
y orégano, condimentan
la subsociedad.
Avanzan los cargadores,
los carretoneros, los limosneros
ambulantes y los establecidos.
La fiesta alcohólica de cada día
se va durmiendo entre
vitrinas colmadas de queso
y sabrosas carnes.
Entre el murmullo de las cebollas
y el alivio de los camiones chacareros.
La cantina, la otra cantina,
todas las cantinas,
todos los comedores,
todos los billetes,
todas las esperanzas.
Los comerciantes y sus básculas
misteriosas.
Los perros de las callejas,
los ratones súbditos de las bodegas.
El gato acorralado
por los gendarmes azules.
El garabato indecente
y la niña prostituta
inmolada al mejor postor.
Antes del alba, maquillan
sus rostros y preparan la función.

 

CAMPESTRE

En el humo del cigarrillo
se van espectrando las palabras:

Cálidas, hermosas, en lontananza,
con un temblor de sauces.

Adioses y nostalgias.
En algún lugar del campo
los grillos cantan.
Se vierte la primavera.
El aroma de la tierra húmeda,
tus recuerdos.
Siempre serás la consentida,
aunque envejezca el tiempo.

Cae el crepúsculo
sobre los parrones.
Sobre el río, sobre los álamos.
Muere la tarde, el tabaco
se enarbola de mis labios,

y a pesar de que la noche
se anuncia oscura,
en las acrobacias de la luna
conmemoro tu dulce trino.

 

PRELUDIO DE UNA NOCHE DE INVIERNO

Mis sueños van de la mano
con un volver a encontrar.
Los torrentes del ocaso
han inundado mi corazón.
Navegante voy, desembarcando funerales.
Buscando puertos sin alambradas.
Arrimándome a los telares
de la vida y de la muerte, cuyo
combate universal
estremece las raíces de lo desconocido.
La ciudad se enciende en el espejo
cordillerano, bronceada por un viento
tibio, provocando claridad de agualluvia
en el gris de las nubes.
Nadie va por las calles, como al día
siguiente de una borrachera colectiva
en un sábado de fiesta.
La tarde se extiende de invierno,
evoca palabras, penetra en los árboles desnudos,
chocando en el horizonte
envuelto en llamas inmóviles.
Allí queda, allí expira, susurrando a lo largo
del oeste.
Todo parece una postal, anunciando
lejanías sin retorno.
Se va la luz, es noche imprevista,
la lluvia flota en las horas
como un cielo plomizo, derrumbándose
en el derrotero de un otoño.
Mis ojos callan.
Mi voz se duerme.
Mis pies continúan: automáticos,
indolentes, pasajeros, sin volver
un paso atrás.

 


LA HERIDA ABIERTA DEL MUNDO

Sin dinero, varados en cada
esquina de todas las poblaciones.
Dudando y bebiendo nebulosas,
la juventud marginada
espera el nuevo siglo.
Soñando con poder soñar.
Injuriados por la inmoralidad
de los moralistas.
Tentados por las fantasías
del televisor, frustrados
por la oferta y la demanda.
Desechados, sin plenitud,
enfermos de infelicidad,
explorando las calles en busca
de un espacio digno.
¡De qué modernidad nos hablan
los dueños del mundo!
¿Del condón catalítico?
¿De la cerveza dietética?
¿De la prostitución vía
microondas?
¿Acaso de Jesús el Cristo,
vestido con casimir inglés?
Entre tanta oferta, entre tanto
de tanto, es breve el camino
hacia el lado oscuro
de la sociedad.

 


EL VIAJERO

Partiré, un día he de partir.
Soltaré amarras.
Daré la última mirada.
Levaré anclas.
Como un capitán
envuelto en las olas
agitaré al viento
mi bandera.
No habrá marineros
ni contramaestre,
sólo el viejo cañón
para el último disparo.
La brújula enloquecerá
y el timón marcará un rumbo
desconocido

 


CARBÓN Y SANGRE

Mil metros hacia el centro
de la tierra.
Seis mil metros subterráneos
hacia el centro del mar.
Aire negro, pulmones negros,
ratas y excremento.
Oscuridad negra en la piel,
grietas en el alma.
El carbón salta en cada
golpe, encaramándose por la luz
negra de los rieles.
El grisú despierta en su lecho
de muerte repentina.
Enfría la sangre, retuerce
los músculos, salta y penetra
en el nervio de la pobreza.
Sin piedad, sin discurso
que lo detenga.
El regreso a la luz blanca,
se llena de lágrimas.

 

REGRESO Y MELANCOLÍA

He vuelto, la calle bulliciosa
descansa en paz.
El colegio
donde un encuentro
de empatía nos presentó
se puebla de fantasmas.
El año en curso
prepara sus valijas,
cargadas
de múltiples entonces.
Mi memoria
se estremece en mi pecho
y una voz lejana
regresa en la frescura
del viento.
La tarde aún es clara,
vienen y van
hojas de noviembre.
Un capullo de la luna,
da vuelta la última
página del día

 


VUELO POR EL INTERIOR DE VALPARAÍSO

Subo por el alma de los colores.
Como un trapecista maravillado
voy descubriendo escaleras
florecidas, antiguos faroles
y callejones sobre los techos.
Todo es altura,
subterráneos, puentes insólitos,
túneles irisados en el anclaje del sol.
Valparaíso es más Valparaíso,
cuando una mujer y el vino
acompañan el frenesí de mis labios.
Alzamos un vuelo de gaviotas
y penetramos en los ascensores.
Nuestros cuerpos desnudos
se hacen a la mar.
El oleaje de la noche
desvanece las cadenas
del viejo alquimista.
Se desatan las cantigas
en el corazón del bar cosmopolita.
Amanece como pidiendo
disculpas, la última
estrella nos guiña
un ojo por la ventana del balcón.
La cama desordenada
nos sirve el desayuno.
Bajamos de la mano
por las pendientes,
fotografiamos los murales
de la mañana.
Valparaíso es más Valparaíso,
al zarpar las naves entre pitos y sirenas.
Al retomar, tras un beso, mi camino.

 


RELATIVIDAD DE LO ETERNO

Partiré. Quedarás.
Así está escrito.
El titiritero
se vanagloria
en su acertijo.
El mar abrirá sus puertas
al verme partir.
Tú, seguirás poetizando
los efluvios
de la primavera.
Yo iré raudo en mi sepulcro,
lleno de acordanzas,
inmerso en una noche
de lluvia
cuando la nada era todo.
No pierdas tus caminos,
pues siempre serás:
nacimiento en un poema,
y quizá en alguna hora,
tristeza de un no volvernos
a encontrar.

 


POESÍA Y COMPROMISO

¿Cuánto valdrán los literatos
del comercio?
Como soy oscuro y no me quejo,
tomo mi verbo, me escabullo.
Subo cordilleras,
multiplico aguas, aterrizo
en una amapola.
Me embriago de libertad
y hago el amor en la puerta
del "poder legislativo".
No pido cuentas ni las doy,
cuando de moralilla se trata.
Orgulloso avanzo con el rojo
estandarte, sin pedir
olvido ni perdón,
como un copihue blandiendo
su lanza en la soberbia
de los invasores.
Lo mismo entonan los cóndores
luego de escupir la madriguera
del cazador.
Por mi izquierda, irrumpe
un escuadrón de ensoñaciones,
de la mano de un brote
de campanas, murmurando
un arrullo de estero.
Nos embarcamos
en un rayo de Araucaria
para ofrendar una algarabía
en la distante latitud
de los pioneros insepultos.
A paso resuelto, nos internamos
en el núcleo de la injusticia.

 


POSTA

No morirá la bohemia
por la negación de sus derechos.
Los códigos morales valen
dos sopaipillas.
Agita su copa en las cantinas.
No estorba en los tugurios.
Baila, fornica, canta, besa,
disfruta de algún sucucho.
Su conversación es con el mundo
y para el mundo, y en buena ley.
La noche es bella, fulgurante,
éxtasis en los recodos
trancados del prejuicio.
Se emborracha, escribe, pinta, ama,
despertando muchas veces
en su no dormir.
Permanece atenta, siempre
dispuesta a las más inverosímiles
aventuras.
Donde sea y cuando sea.

 


LA MISIVA

Dentro de una botella
peregrina por los mares
una inmemorial misiva.
La ventolera de una espina
la arrojó al océano.
Su destino se dilata
en el correr del minutero.
Sorda es la perla.
Las olas nada saben
de la costa continental.
Viene de una isla
donde encalló la noche
cuando el misterio
adoptó al silencio
como traductor.
Va y viene sin puerto
ni faro, llamándola
a desembarcar.
Parece eterna la travesía.
Parecen interminables
los desvaríos geográficos.
De la muerte a la sepultura,
sólo existe la distancia del olvido.

 


BITÁCORA DE UN COSMONAUTA

Regresé casi al fin del holocausto. Venía de un planeta donde la cordura encarceló al espanto.
(Partí un día de ensueños a explorar las galaxias. Degusté las razones de lo inagotable. Bebí jugo de lunas en la copa de las ecuaciones. Busqué la fe de los hombres en todos los espacios, en todos los tiempos, sólo hallé átomos interminables. Civilizaciones a raudales: multiformes, durmientes, vocingleras, altísimas y cavernarias. En la cuarta centuria de mi viaje viré en espiral, perdiéndome en la velocidad devoradora de un año-luz. Di vuelta por los espasmos satelitales. Recogí a una mujer de geométricas cadencias en la ruta de los cometas. La leche de la vía láctea se secaba. El ojo de un asteroide escudriñó mi nave como queriendo contabilizar los siglos en el fuselaje. Todo es materia: El vacío, el cuerpo, el pensamiento palpitante sobre una almohada de ilusiones. Nuestra búsqueda, incrustada en el troquel de las estrellas. Nuestro origen de agua. El "materialismo dialéctico" tenía la razón. Habité un planeta por fin habitable. Viví más años de los que tengo. Fui testigo de los meteoros fugados de las llamas. Emprendí el retorno cuando aún era eterna la longitud estelar del universo.)

La Tierra vomitaba gases como una chimenea saturada por la industria de la demencia. Escuadrillas de mutantes bombardeaban la nada, enloquecidos en sus vuelos macabros, sin luz, sin aire, sin rostro humano. Un horror quirúrgico azotaba las ciudades, el morral de la historia colgaba en el apéndice de las catacumbas electrónicas, aceradas. Los autoelegidos de siempre lo habían logrado. Nadie me esperaba, ni siquiera la muerte, había huído aterrorizada, sin derecho a voz ni voto...

Aquí dejo testimonio de mis ojos. En órbita terrestre indefinida... Alguna gota de mar se habrá salvado, confío en ello. Algún día tocará mi puerta, trayendo espigas en su boca, lo sé..., aunque hoy sea la hora de callar.

 

LA VENTANA DEL TEJADO

Techos, recodos sin apellido preludiando el misterio
de la distancia.
Fantasías climáticas en franco diálogo
con el periscopio de las ventanas.
Tabernas clandestinas rumiando la desdicha
en el alma de los conversadores trasnochados.
Nada -o quizá todo- tiene claridad
en el clímax de la noche.
El océano y sus olas han inundado de lágrimas el crepúsculo.
Bien recuerdo sus palabras contenidas,
cuando sus ojos hablaron en lugar de su boca.
Faltó entre todo lo que fue, la plenitud de nuestras verdades.
Conceptos retenidos en la duda, en el temor de no ser,
en el silencio del deseo.
En el horizonte, un destello de anticuario
distrae la orfandad de las estrellas.
Neumáticos encendidos vigilan la barricadas,
elevando el humo del honor.
Los pueblos planean en los callejones el nuevo
signo de la libertad.
Repudio las sillas con rótulo, cuando de asambleas
populares se trata.
Una jabalina ensangrentada cruza el mediodía.
Como un augurio matinal se desprende el color de las buhardillas.
Los faroles avisan el paso del hambre por los suburbios.
Una mujer, sentada en la moralilla de la moral, exhibe sus piernas
a los jinetes de los prostíbulos.
Automóviles desquiciados, ríen a carcajadas por las avenidas.
A lo lejos, una tumba.
A lo lejos, el ánima de un tren.
A lo lejos, el llamado de los caminos.
A lo lejos, el mar, el campo, la belleza de las emociones.


 

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Alejandro Lavquén: Postales para no olvidar.
(poemas, 1998)