Best Sellers Chilenos
El canon bastardo
Por Alvaro Matus
Revista de Libros de El Mercurio. Viernes 17 de diciembre de 2004
Hay textos que, vilipendiados por la crítica y menospreciados por los escritores "serios", han marcado una época en nuestro país por una razón aparentemente más simple: se han convertido en súper ventas. Porque así como hay un canon académico, también hay uno de los lectores. Conózcalo.
"Desearía tanto ser un novelista popular". Estas palabras, con las que Henry James lamentaba, poco antes de morir, la limitada resonancia de sus libros, reflejan un sentimiento natural: todo escritor, por más experimental o adelantado que sea —como el propio James— quiere ser leído por un público amplio. La historia de la literatura, sin embargo, está llena de anécdotas que indican que vender en grandes cantidades es mal visto, como si fuera sinónimo de mala calidad, de simple moda o producto de la más orquestada estrategia de marketing. Pero en rigor, lo que muchos escritores, críticos y académicos cuestionan no es el "volumen de ventas", sino la "velocidad de venta", que es lo que define al best seller. Por ello, es equivocado decir que La Odisea es un best seller, pues se trata de un long seller.
El best seller es, en esencia, un libro que se vende mucho y rápido. Si trascenderá o si fue creado sólo para vender, es otra historia. De hecho, un repaso por la literatura chilena indica que los primeros libros que tuvieron amplia acogida a nivel de público eran folletines producidos en serie, fácilmente digeribles y que divertían al lector. A fines del siglo XIX, por ejemplo, Don Lucas Gómez (1896) vendió 30 mil ejemplares. "Es la historia de un huaso que llegaba a la capital a ver a unos familiares que tratan de esconder los orígenes campesinos de este pariente", comenta Bernardo Subercaseaux, autor de Historia del libro en Chile. "Es una de las primeras obras de la cultura de masas, no sólo por las ventas, sino por tener un propósito netamente comercial". Además de esta obra, tenían éxito los folletines que circulaban con los diarios y una serie de poetas populares que vendían sus creaciones —hojas o pliegos sueltos— en Estación Central o en el barrio Mapocho.
De la mano del escándalo
En las primeras décadas del siglo XX la industria editorial propiamente tal era aún precaria, los libros eran
caros y no había escritores que obtuviesen beneficios económicos o viviesen de su obra. Salvando estas distancias, podría decirse que hubo libros de alto impacto entre los lectores, agotando hasta cinco ediciones de 2 mil o 3 mil ejemplares, y que han logrado permanecer en la memoria. Casa Grande (1908), de Luis Orrego
Luco fue calificada como el mejor documento social del Chile de comienzos de siglo, aunque buena parte de su venta se debió al revuelo que causó. "Fue la primera novela en abrir el entretecho de la casa chilena. Mucha gente se molestó y no le perdonó lo que hizo", comenta Luis Sánchez Latorre. El fracaso matrimonial de dos jóvenes aristócratas es también la historia de una clase social en decadencia, que se entrega al juego de la bolsa para solventar el altísimo nivel de gastos. La presencia de su esposa —la sumisa Gabriela— se vuelve tan tormentosa para el protagonista —Ángel—, que empieza a planificar un elegante crimen. ¿Quiénes eran, en la vida real, Ángel, Gabriela, la cantante del Municipal y Sandoval? Estas eran las preguntas que se hacía la gente después de leer la segunda, tercera y cuarta edición, puesto que la primera fue comprada íntegramente por la familia del escritor.
Otra novela cuyo éxito vino de la mano del escándalo fue El roto (1920), de Joaquín Edwards Bello, quien
narra con su estilo nervioso e irónico la vida de un niño criado en un burdel de Estación Central. "El personaje se llamaba Esmeraldo y el prostíbulo La Gloria, así que era una obra que aludía directamente al mito de Prat", precisa Subercaseaux. La primera edición es imposible de encontrar, y en la Biblioteca Nacional sólo hay ejemplares a partir de 1927, año en que, para hacerse una
idea, se sacaron cuatro ediciones. Si se considera que cada tirada tenía 2 mil ejemplares aproximadamente, es posible afirmar que en 10 años esta novela vendió cerca de 20 mil volúmenes. "Resulta nítido que el libro no moría al año siguiente, como ahora. En las transnacionales, si después de dos años un libro vende menos de cien ejemplares al trimestre, se salda o, como ocurre en España, se va al picadero. Antes, los libros de los criollistas y naturalistas se seguían vendiendo por cinco años o más", afirma Carlos Orellana, ex editor de Planeta. A las obras anteriores se suma El socio (1928), de Jenaro Prieto, cuyo tema es el de un hombre de negocios que se inventa un socio para tener a quien echar la culpa de la tardanza en sus pagos y demás irresponsabilidades. La obra agotó la primera edición, de 3 mil ejemplares, en menos de un mes y Alone comparó el humor de Prieto con el de Chesterton y Twain. Más allá de la comparación, lo concreto es que "un buen comentario de Alone aseguraba una venta mínima de mil ejemplares", señala el crítico Hernán Poblete Varas. Si bien la acogida de El socio no se debió al escándalo, sino a la originalidad y
humor, lo llamativo es que anticipa algo que luego sería típico de un best seller: la historia sería adaptada al cine. En México se realizó una versión cinematográfica en 1945; en Francia en 1968 y, por último, en 1996 Whoopi Goldberg protagonizó la irreconocible adaptación hollywoodense.
En la década del 40 la reina de las ventas fue Gran señor y rajadiablos (1948), de Eduardo Barrios, autor que ya había logrado popularidad con El niño que enloqueció de amor. Alfonso Calderón recuerda que vio al novelista firmar un libro cada tres minutos en la librería Nascimento, casi al frente del Teatro Municipal. "Él llegaba todas las tardes, como a las seis, y se quedaba hasta las ocho y media. Un día le pregunté si no se cansaba de venir y me contó que lo hacía porque iba anotando en su libreta cada vez que sonaba la caja registradora. Al final del día cobraba los derechos de autor". Esta novela, sobre un terrateniente despótico en cuyo funeral comienzan a aparecer los "huachos", produjo un fenómeno similar al de Casa Grande: "Creo que la novela en clave genera interés en los chilenos. ¿Quién es quién? Esa duda estaba en la novela de Orrego Luco, que le entregó a Silva Castro la clave de los personajes de Casa Grande y éste la publicó en la revista Mapocho", agrega Calderón.
La relación ventas-calidad que se aprecia en los best sellers de la primera mitad del siglo XX llega a su punto máximo con Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, que tiene tres ediciones entre 1951 y 1953, pero que además fue impresa en Buenos Aires y publicada en Estados Unidos (1955), Inglaterra (1956), Italia (1956), Alemania (1955), Portugal (1956) y Francia (1963).
Best seller con mayúscula
A partir de la década del 50 se puede decir que la cultura empieza a ser masiva, principalmente por la influencia de las radios y revistas. Editorial Zig-Zag, por ejemplo, publica 33 revistas de historietas, además de fotonovelas y magazines como «Telecrán», «Rincón Juvenil», «Gol y Gol», «Vea» y «Ercilla». La radio
también se convierte en un fenómeno y, en buena medida, es la que gatilla la producción del máximo best seller de la literatura chilena: Adiós al
séptimo de línea, serie de cinco tomos ambientada en las postrimerías de la Guerra del Pacífico que desde 1948 era parte del espacio radial «El gran teatro de la historia». En 1955, Jorge Inostrosa, quien escribía los guiones, alcanzó la histórica cifra de 225 mil ejemplares en menos de 12 meses.
La obra, llena de patriotismo, amores a distancia, sentimientos fraternos y muchas batallas, cumple a cabalidad con varios de los requisitos del best seller contemporáneo, porque no sólo vende rápido, sino que fue escrito con la intención de capturar al público no-lector. La anécdota de Carlos Orellana, entonces editor de Universitaria, lo ejemplifica muy bien: "Estaba en el Bosco con Alfonso Alcalde, celebrando la edición de su primer poemario, algo de 500 ejemplares, cuando llegó Inostrosa y le dijo: para qué te metes en cosas que no tienen ningún interés". Como suele ocurrir después de un súper ventas, la editorial comenzó a encargarle más libros sobre sucesos históricos a Inostrosa, quien pasó rápidamente a firmar esos libros como "el autor de Adiós al séptimo de línea", característica propia de todo escritor masivo (Mario Puzo, por ejemplo, siempre fue "el autor de El Padrino").
En la editorial, Inostrosa era considerado la base de la pirámide, el escritor que les permitía editar a Saúl Bellow o a Truman Capote, dos perfectos desconocidos en el Chile de los 50. Adiós al séptimo... , además, es la primera obra que no pretendía ser un reflejo de su tiempo o funcionar como una radiografía de determinado grupo social. La apuesta de Inostrosa iba por el lado de la emotividad y el suspenso —a la manera del folletín—, motivos suficientes para que los escritores "serios" lo miraran sobre el hombro.
El éxito de Adiós al séptimo... no se volvió a repetir, pero de alguna forma sirvió para despercudir la seriedad que imperaba en el medio nacional. En 1962 apareció Revolución en Chile, novela firmada por Sillie Utternut, la escritora norteamericana inventada por Guillermo Blanco y Carlos Ruiz-Tagle, quienes aparecían como traductores de la obra. La novela relataba con humor las anécdotas de una gringa que
llegaba a Chile y no entendía nada: la invitaban a un malón y creía que en cualquier momento aparecerían los indios; y cuando le decían "gringa de miéchica" ella entendía "gringa de Michigan". Se sacaron 19 ediciones y alcanzó los 70 mil ejemplares.
En la década del 60, además, irrumpen Mercedes Valdivieso y Elisa Serrana con novelas de lectura "fácil y amena", como las calificó José Donoso. Sobre La brecha, de Valdivieso, el autor de Coronación aclara que se trató de "uno de los mayores best sellers de los últimos tiempos, con sus tres ediciones que se vendieron como pan caliente". Y sobre el estilo, aclara que era "simple, limpio, casi confesional, como si
una mujer se sentara a contar su vida a otra". Donoso también se interesa por Serrana —madre de Marcela Serrano—, destacando el saludable humor de Chilena, casada, sin profesión, novela sobre el fracaso matrimonial de una mujer insatisfecha —y su segundo intento— que agotó tres ediciones en dos años. El propio Alone comenzaba su «Crónica literaria» así: "No ha salido a la luz aún; pero ya se anuncia la cuarta edición de este libro, suceso que colocara a su autora en la primera línea del éxito editorial. No sabemos de ninguno que, en tan breve plazo, haya conquistado de ese modo al público". Con todo, Donoso asegura que tanto Serrana como Valdivieso siguen "los cursos tradicionales de la novela, los temas aceptados, y si bien tienen méritos indiscutibles de agrado y de entretenimiento, no aportan nada nuevo a nuestra literatura". ¿No es ésta, acaso, la crítica clásica para un best seller?
Una trama elemental
"Juan Carlos me trató de matar. No, no es cierto, no es que me tratara de matar. Es que me hizo morir de amor por él. Como en la novela Amor sin límites de la Corin Tellado, que yo leía
cada mañana antes de partir al colegio. O, como en las películas. Pero, la pura, no creí que era tan así, no Juan Carlos, yo no me hice ilusiones con él, no creí que el amor era así, tan... tan... no podía ni dormir y me debilité más. Perdí cinco kilos". Así habla María Acevedo Acevedo, protagonista de Palomita Blanca otro de los hits de la historia literaria chilena. Publicada en 1971, la novela escrita por Enrique Lafourcade en 18 días, agotó seis ediciones (de 5 mil ejemplares) en cuatro meses. Para su autor, las razones del éxito están en que recrea la atmósfera de la época y que el lenguaje tiene "la respiración de la calle". Pero el autor de Invención a dos voces es consciente de que Palomita..., que fue leída como "la novela del amor del allendismo", impactó fuertemente porque tiene una estructura elemental: "Un pobre y un rico unidos por el amor. Hay un estado de encantamiento y también se siente la opresión de los padres. En el fondo es un folletín, y si bien no me molesta la resonancia que ha tenido, porque responde a lo que me estaba pasando en ese minuto, creo que es uno de los libros más malos que he escrito". Al año y medio de haber salido al mercado se habían vendido 100 mil ejemplares, el director de cine Raúl Ruiz empezó a realizar la película —a la protagonista se la buscaba por un concurso en un diario— y al autor le ofrecieron escribir una segunda parte. "Lo rechacé inmediatamente, porque para mí la escritura nunca ha sido una forma de ganar dinero".
A comienzos de los 80 irrumpe en el mercado español Isabel Allende. La casa de los espíritus (1982) y De amor y de sombra (1984) son un éxito absoluto en España y Latinoamérica, pero en Chile llegaban
unas ediciones de Plaza & Janes que circulaban en forma casi clandestina. "Es una saga familiar, escrita en clave política, donde se cruzan ricos y pobres. Pero sobre todo, es una historia contada con maestría, donde se mezclan armónicamente diversos estilos ya conocidos por el gran público: el realismo romántico, el folletín ilustrado, toques maravillosos e, incluso, el reportaje", afirma Rodrigo Cánovas, académico de la Universidad Católica. "Además, es una novela que se refiere al golpe de Estado, otorgando una historia política chilena y latinoamericana de casi un siglo, hecha desde la casa, lo privado, los discursos cotidianos y cursis: cuadernos de vida, amores infantiles, paseos al campo, padres torpes, espacios del corazón, cruzadas personales que coinciden con cierta épica nacional". Editorial Sudamericana compró la novela en 1986, año en que llega "oficialmente" al país. Estadísticas de esa época no existen, pero se sabe que entre 1989 y 1992 se vendieron 60 mil ejemplares. Así, no resulta exagerado suponer que la venta de los años anteriores sea igual a dicha cifra. Como date anecdótico: es el primer best seller chileno que llega desde afuera.
Fenómenos masivos como el de La casa de los espíritus, Palomita Blanca y Adiós al séptimo de línea no se repitieron, aunque hay que destacar que a comienzos de los 90 se produjo un mini boom orquestado por editorial Planeta. Se trata de la nueva narrativa chilena, con autores que superaban fácilmente los 12 mil ejemplares (Collyer, Franz, Fontaine). "La llegada de la democracia significó un apetito nuevo por lo que se
producía localmente", agrega Carlos Orellana. Muy vendida fue La ciudad anterior, de Gonzalo Contreras, obra que además gustó hasta a los lectores más exigentes. Jorge Edwards destacó que "pertenece al género de la literatura fantástica en una variante chilena, llena de sordina. Transcurre en un escenario intermedio, ambiguo, situado
entre las callejuelas de Kafka y los callejones de González Vera".
Otra de las novelas más populares fue Mala onda (1991), de Alberto Fuguet, autor cuyo primer libro de cuentos —Sobredosis— había sido mal criticado pero muy leído. Con una prosa que parece deberle más al videoclip que a la tradición literaria, el lector asiste al aprendizaje de Matías Vicuña, joven de 17 años para quien un día en Manhattan equivale a seis meses en Santiago. El libro vendió 40 mil ejemplares en dos años, igual que Nosotras que nos queremos tanto (1991), el debut de Marcela Serrano, quien parecía seguir a pie juntillas la fórmula de "una mujer le cuenta su vida a otra". Y quien también debutó con las ventas a su favor fue Hernán Rivera Letelier con La reina Isabel cantaba rancheras (1994), que con sus 40 mil ejemplares se instaló como best seller indiscutido, aunque su último libro vendió bastante menos, al punto que ni siquiera fue pirateado.
Pasado el mini boom de los 90, las ventas de la narrativa criolla no han vuelto a ser las mismas. Con todo, siempre hay una Serrano, Allende o un Roberto Ampuero peleando los primeros lugares del ranking con autores de la talla de Dan Brown, Arturo Pérez Reverte o Barbara Wood, tres súper ventas mundiales. Los editores, por su parte, tienen muy claro que son los best sellers los que mueven la industria, razón suficiente como para cazar con sus mejores armas —adelantos, campañas de márketing, contratos por libros todavía no escritos, promesas de internacionalización— a la nueva revelación de la temporada, como este año fue Pablo Simonetti y, hace dos, Carla Guelfenbein. Y así hasta que salga otra nueva revelación. Porque escribir un best seller es, al menos en nuestro país, más fruto de la casualidad y el olfato que de una planificación estratégica.