Vida tras la muerte: Tres visiones del fallecimiento humano en la literatura occidental
Por Ashle Ozuljevic Subaique
Enfrentados como estamos, día a día a mil y un peligros, no son lo gérmenes, la gripe humana o la bomba atómica nuestro mayor enemigo, no, como tampoco lo es un sicópata con pistola en mano o un líder mundial con ganas de ‘apretar el botón’, sino que nuestro mayor y más fuerte contrincante –aun no se sabe de nadie que lo haya vencido- es La Muerte, así, con mayúscula y sin apellido, la que no media fines, la que los produce; aquella incorpórea potestad que vence a moros y a cristianos y gobierna con su frío y largo dedo fatal.
Qué parcas ni moiras, si con su sólo nombre nada de ambiguo basta para todo…Todos.
Es por esto que, a pito de Gripe humana, pandemias y actos terroristas –aunque a Ella esas alertas le sobran- comentaré tres textos donde sus autores intentan vencerla, buscando una vida póstuma para sus personajes.
Flores más, bondades menos, he aquí la superación de la Muerte o la Vida tras el deceso.
Así que ¿Qué ocurre después de la muerte? Gran y compleja pregunta, manoseada hasta el cansancio, intentada responder por filósofos, religiosos, dogmáticos y anarquistas, orientales y occidentales, fascistas y comunistas, en fin… difícil y universal pregunta que aún no ha quedado satisfecha y que todavía provoca el devaneo de sesos de grandes pensadores y pequeños oficinistas rutinarios, pregunta que a su vez ha sido tema de no pocos escritores, de los cuales he elegido tres, quizás no los que más magistralmente la han tratado (no olvidemos al Dante infernal), pero sí los que nos permiten visualizar el tópico con cierta panorámica-detallada. Me explico: he seleccionado tres relatos que además del tema de la vida tras la muerte (o la muerte tras la muerte) consideran el amor tras el perecimiento…
¿Amor-amor, dirán Ustedes?… amor-odio, amor-deseo, amor-aburrimiento, amor-necesidad…Amor tras la muerte, a fin de cuentas, no le pidamos más!
EL INFIERNO SON LOS OTROS: AMOR-ODIO, DESEO-NECESIDAD EN A PUERTA CERRADA,
DE JEAN PAUL SARTRE
De amor poco y nada podemos esperar en el Infierno. Menos de los condenados, por supuesto, sobre todo cuando aquellos son una infanticida egoísta, un cobarde torturador de mujeres y una lesbiana cruel y descorazonada. Pero
Sartre nos entrega un tipo de amor, y un tipo de “sobrevida” entre las llamas del Averno. Todo sentimiento en ese lugar será, por cierto, parte del castigo eterno.
La pieza dramática se centra en tres protagonistas, Estelle, Garcin e Inés, los ya mencionados condenados: la santurrona asesina de su propia hija, el desertor mujeriego muerto como un héroe y la malvada, invulnerable e impetuosa Inés, cada uno verdugo de otro de sus camaradas de celda, una lujosa habitación “Estilo Segundo Imperio”, en que se darán cuenta de que su existencia tras desalmadas vidas, la que se volverá insoportable con los pequeños detalles cotidianos, inevitables y eternamente desagradables de sus cohabitantes y victimarios.
Y es ahí cuando, en plena vida tras la muerte –Infernal e incómoda, en una habitación con la puerta abierta pero sin posibilidad de escapar- aparece el Amor: Estelle buscará en Garcin al hombre que la desee en esta existencia imperecedera, como una continuación de todos aquellos varones que en vida dieron todo por ella. Garcin-que en vida jamás rechazó a dama alguna- no podrá responder sincera y consecuente a aquellos burdos coqueteos pues a su vez está estará interesado en conquistar a la otra compañera de encierro, Inés. Pero no buscará en ella una respuesta amorosa sino que tratará de cautivar la credibilidad y los pensamientos de esta mujer que hacia él, como hacia todo hombre, se presenta como un témpano insondable. Inés por último hará lo necesario para desagradarlo, y para conquistar a Estelle, ya sea poniéndola en contra de Garcin, ya sea halagándola hasta el absurdo, hasta el chantaje de la vanidad enorme de esa niña que sólo quiere ser deseada por un hombre que sólo busca ser considerado valiente por una mujer que no quiere más que el cuerpo de otra bella y maleable fémina.
Como buen hombre de post-guerra – ergo, existencialista - Sartre es claro con el mensaje: El Infierno son los demás, el verdugo de cada quien, es su camarada, y en este paisaje eterno, por muy al alcance que esté la salida, no existe escapatoria posible.
¿Amor u odio, necesidad, deseo o todas las anteriores?
La puerta –nuestra- queda abierta.
EL INFIERNO ES LA CONDENA A VAGAR SIN DESCANSO POR NUESTROS PROPIOS RECUERDOS: DONDE SU FUEGO NUNCA SE APAGA, DE MAY SINCLAIR
Una hermosa muerte para una vida aparentemente hermosa, santa y casta. Una horrenda post-muerte para la verdadera vida lujuriosa de una cobarde mujer llena de secretos: No peques –aun en secreto- pues de tu misma falta nacerá tu Infierno. Esa puede ser la enseñanza de Donde su fuego nunca se apaga, un fuego que bien puede ser del demonio, bien del Dios castigador que reinaba en la época de Sinclair, o bien de la amante pareja que la protagonista y un hombre casado formaban.
Harriet no conoció el verdadero amor, no pudo por falta de cojones y exceso de obediencia; sólo vino a saber de un amor deseoso y sexuado que, disfrazado de pureza y espiritualidad, también adquirió por cobardía y sumisión. Claro que, como toda cobarde, jamás olvidó a aquel que perdió por su manso temperamento. Harriet se contentó –y ni eso- con las migajas de un hombre casado y hambriento de su cuerpo, de la adrenalina de la infidelidad, de un hombre que siguiéndola la consiguió sólo por cansancio, y por soledad.
May Sinclair –que definitivamente estampa el machismo de su tiempo en este relato- presenta la muerte bella y tranquila de una mujer creyente, que piensa haberse expurgado por los años, pero que con sorpresa se encuentra con el Infierno disfrazado de caballero, de su caballero, para ser más precisos. De nada sirve, queridos, pecar y creerse perdonados. De nada frente a un Dios que castiga, pero no a palos.
Nada de azadones ni de parrillas hirvientes, nada de verdugos desconocidos ni de demonios colilargos, una simple persona: aquel con quien fornicaste a escondidas, aquel errado con quien quisiste –sabiendo que no era viable- olvidar al indicado, aquel que por ti se escapaba de su esposa cada tarde, ese, que no amaste ni te amo, pero con el que sin asco compartiste cama.
Ese y una imagen más, el inaprensible y escurridizo perfil del amado muerto sin consumación de hechos. Un error juvenil imposible de arreglar, sobre todo ya muerta.
El paisaje será el mismo de siempre, la misma casa, las mismas puertas; la imagen de la muerta rondando sus habitaciones y encontrándose en cada una de ellas al galán victimario. Un infernal paseo eterno por la cotidianidad de la vida ya dejada atrás, donde “Todo el espacio y todo el tiempo estaban ahí”, perfectamente dispuestos para la eternidad. Si, nada mejor.
Obviando el machismo ya mencionado, me inclino por comprender que el castigo no se debe a la infidelidad ni a la falta de confesión, sino que a la cobardía por no haber elegido al verdadero amor y haber dejado pudrirse el sentimiento tapándolo con un dedo, o con un hombre erróneo, que es al caso, casi lo mismo.
EL AMOR TRAS EL ODIO, O EL DESEO TRAS EL DOLOR: EL ANILLO DE MOEBIUS, DE JULIO CORTÁZAR
Alejado de las bellas inocentadas de los Cronopios, de la bohemia ilustrada y sórdida de Rayuela y de las narraciones autobiográficas “prosematizadas”, nos encontramos con El anillo de Moebius, un relato que de a poco se nos va poniendo duro –de café a caféoscuro, como diría mi abuela- frío y tormentoso y que en su máxima dureza y concreción material, descriptiva y borrascosa se nos desarma ante la vista como arena entre los dedos, volviéndose liviano, como ondas, como aire, como volutas de Gitanes…
Y ojo que no estoy hablando de la calidad narrativa de este Cortázar que no quiero saber cómo se logra meter en la piel de sus personajes, un Cortázar que en narraciones como ésta demuestra un poder divino y maldito de transportación propia y del lector.
Hablo de un cuento que se aborda en primera instancia con la liviandad con que se toma un relato de vacaciones, con un sol cálido y un cielo azul sobre las cabezas, y que poco a poco te va mostrando jirones de algo tan turbulento que quieres ver sólo por una morbosidad humana tan inhumana a veces…
Janet es la chica, y Robert el muchacho, ella inglesa y el francés. El sitio del suceso: el hangar húmedo y maloliente de una casa abandonada en medio del bosque.
Para no ahondar en detalles y matar el cuento, sólo me remitiré al estado de post-muerte que precisa el autor, una especie de limbo no sólo en cuanto Infierno-Tierra-Cielo, sino que Físico, con todo el peso de esa palabra con mayúscula.
Cortázar nos presenta una especie de existencia tras la muerte, que bien podría analogarse a los estados del agua según el diferente medio en que se encuentre: el paso de gaseoso a líquido y de este a sólido, la gasificación del ser humano, su licuación y reacomodamiento “molecular”, la pérdida del tiempo y el espacio –no hay más que eternidad tras la muerte, el aquí y el ahora son categorías obsoletas que sólo sirven para comprender el estado imprevisible por el que pasa el “alma” del muerto, que súbitamente y sin decisión regresa o progresa a otra circunstancia indeterminada-
Es así como plasma, líquido, gas o sólido se vuelven categorías ‘existenciales’ en la post muerte del argentino, siendo en un comienzo inmanejables para luego ceder –incluso muertos tenemos decisión y control de la materia!- a la voluntad del difunto.
Como ya lo dije, ahondar en detalles sería matar el cuento –y hacerlo de modo mil veces menos genial que como lo presenta Cortázar- por lo que me remito a quedar sin palabras frente a esta muerte voluptuosa y cambiante, gaseosa y licuada, con mucho de plasma y de absurdo. Sobre todo eso, de absurdo… ¿o es que enamorarse de tu violador y asesino no lo es?
Sólo me resta decir que prefiero esta tercera muerte a las dos anteriores, esta Muerte que al menos deja albedrío a su difunto, el que puede, si se le da la gana, volatizarse un rato y no aburrirse tanto en esa eternidad des-cronotopizada e incorpórea –una ganga por donde se le mire-.