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“LA PROVECHOSA TOLERANCIA DEL LECTOR”

Por Charly Martínez Toledo*




 

 

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Existen distintos tipos de lectores. En este caso mencionaré dos, ocupándome específicamente de uno: “el tolerante”. Un lector tolerante es, por definición, aquel que sabe sacarle el mayor provecho a sus lecturas, -afrontando y saliendo victorioso de las dificultades que puedan presentársele-, no excluye ninguna y, lo más importante, reconoce la calidad inherente en aquel objeto artístico que es el libro. Claro está, también él sabe cuándo un texto es malo, pero ya antes lo ha sometido a un exhaustivo y riguroso análisis colocando en una balanza virtudes y falencias, quedándose siempre con la que más pesa; solo después podrá emitir algún juicio valorativo. Es más, gracias a la saludable tolerancia existen los llamados libros “de culto”. Esta denominación es aplicable, generalmente, al exclusivo terreno de la creación  literaria, pero andemos con cuidado, no es que el libro de culto sea algo así como un dechado de falencias o sin virtudes donde lo verdaderamente valioso apenas lo supere, sino que sucede todo lo contrario: las cualidades literarias son más notorias existiendo entre ambos registros una amplísima brecha; entonces, necesariamente el buen lector sabrá reconocer un buen escrito, viendo en él sus aciertos. Para eso necesitamos lectores “sanos”, que gocen con el simple hábito de leer, no haciendo bilis de nada y aplaudiendo el esfuerzo que puso el autor en su obra. Nuestra tradición debe ser revalorada (hay que leer a nuestro insigne Arguedas, señores, aunque a algunos les cueste. Si alguien me pregunta qué sucedería al dejar de leer a nuestros “padres” literarios le respondería que no espere que el resto, seguro los extranjeros, haga lo contrario, es decir, que los lean. Debemos comenzar con “los nuestros”, aquellos que forman parte de “nuestras raíces”. Algo similar plantea George Steiner en su libro “Errata. El examen de una vida” cuando dice: “Durante toda mi vida he intentado actuar como un agente doble o triple, me he propuesto sugerirles a una gran lengua y a una gran literatura la presencia necesaria de la otra (…) ¿Para cuantos lectores británicos o estadounidenses están vivos Corneille Y Racine? ¿Quién valora en Francia la grandeza de “Middlemarch” de George Eliot? ¿Quién, salvo un puñado de especialistas fuera de Alemania o de Italia, es sensible a las aportaciones de nuestra humanidad realizadas por Holderlin y Leopardi? ¿Me equivoco al creer que, incluso a la luz de Shakespeare, la inteligencia poética y la fuerza organizativa de Dante siguen sin ser superadas? (Errata. El examen de una vida. Ediciones Siruela, Pág. 54). Definitivamente, el valor universal que adquieran nuestros autores será un fiel reflejo y, a su vez, consecuencia de un correcto estudio y consideración de su obra). Muy por el contrario, sucede con el lector intolerante e intransigente: solo atina a observar taras en ella, excluyendo de su virulento y ponzoñoso “canon” creaciones, muchas veces magistrales, pero que debido a la ignorancia o  una visión sesgada de la temática o simple rechazo hacia la escuela literaria abandonan la lectura apenas comenzada.

El otro lado es de quien (o cómo) lo produce. Escribir supone, sin ninguna duda, una tarea estoica, abundando en el camino del escritor sinsabor y decepciones, amarguras y, muchísimas veces, factores trágicos: uno de ellos es el suicidio. El mismo Cesare Pavese sufrió continuas crisis depresivas, viviendo obsesionado con el sacrificio humano, para finalmente quitarse la vida el 27 de Agosto de 1950 en un hotel de Turín. El doloroso acto escritural nos lleva, como a varios, a caminos sombríos e impregnados de dolor. Julio Ramón Ribeyro afirmaba que luego de escribir padecía fatigas tremendas, aunándose estas a enfermizos períodos de inactividad literaria. Entendiéndose la escritura  como un acto doloroso es, entonces, también un acto casi beatifico, llegando el encierro y la soledad -propia del artista abocado a tan noble tarea- a llevarlo a niveles espirituales. Así, existieron y existen autores tan solo dedicados a tan esforzada causa, muchas veces, haciendo a un lado necesidades básicas en el ser humano. Honorato de Balzac y el genial y humanísimo León Tolstoi son claros ejemplos de cómo pasaron casi toda su vida frente al papel, mientras se consumían las velas, descuidando el sueño o durmiendo de día para escribir en la noche (como sucedió con Balzac) atiborrando folios enteros, preparando el camino para la gloria. O como Víctor Hugo, haciendo menoscabo en la alimentación, quien apenas desayunaba un huevo duro, emprendiendo luego su titánica labor. Ni qué decir de los íconos del siglo veinte, monstruos egregios. Está ahí, resonando con voz propia James Joyce construyendo paciente y fervorosamente su “Ulises” o, como él mismo la llamaba, su “novela- monstruo”.

Podría agregar, además, a Miguel Gutiérrez Correa, desde lejos el más grande narrador vivo en el Perú (acaso junto a Mario Vargas Llosa) cuya magnífica novela “La violencia del tiempo” es considerada desde hace años “novela mayor” en nuestro medio. Construida con una amplísima variedad de recursos técnicos, “La violencia del tiempo” es la saga de la familia Villar, teniendo como personaje principal al joven Martín Villar narrando su historia en más de mil páginas. El texto revela clara influencia decimonónica (Dostoyevski, Balzac, Víctor Hugo), así como de autores japoneses (Kawabata, Oé, Mishima), advirtiéndose cierta llamarada contemplativa en la prosa empleada que, aunque por momentos tradicional, es brillante. El libro se convierte en un cuadro necesario e ineludible para conocer algunos lugares y costumbres piuranas con una considerable cantidad de personajes poseedores de una psicología propia y exclusiva. Aun así, Miguel Gutiérrez sigue siendo considerado un autor de culto -desconocido para muchos- infinitamente entregado a la literatura, con voz todavía vigente. Hay muchas razones para considerar a “La violencia del tiempo” un tremendo logro estético.

La naturaleza del libro de culto es sectorista, puesto que nace producto de una sectorización en los gustos del público. Por ende, la relación lector -novela es fundamental, siendo la identificación el vínculo unificador. Charles Du Bos en “Qué es la literatura” afirma que: “El primer mérito de un libro que pertenece  a la literatura, es de ser una fiesta, no sólo para los ojos, aunque existe  también una belleza visible en las palabras bien elegidas y puestas en su lugar, sino además una fiesta para ese oído exterior e interior” (“Qué es la literatura”. Charles Du Bos. Ediciones Troquel, Pág. 48). Las palabras de Du Bos son claras, aunque cabría preguntamos: ¿Qué sucedería cuando solo pueden -o quieren- disfrutar de esa “fiesta” unos cuantos asistentes? Es decir, nuestro oído exterior e interior solo se siente embelesado ante ciertos pasajes o determinada musicalidad (esto último sucede, también, al leer poesía). Son pocos quienes leen a J.L. Borges o J.C. Onetti, encontrando en aquellos laberínticos argumentos placeres, a veces, distintos a la mera identificación personal, aunque sin excluir a la misma (al respecto Van Wyck Brooks establece oscuras y conflictivas diferencias entre lo que él denomina literatura primaria (primary literature) y la literatura de minorías (coterie literature, ¿literatura de unos cuántos, acaso?), siendo la primera “aquella que sigue la tendencia biológica, la que fomenta lo que los psicólogos llaman “el impulso a la vida” (life drive), una fuerza de regeneración que por algún modo lleva a la supervivencia de la raza”, mientras que a la segunda la denomina “el impulso a la muerte” (death drive). “Sus cultivadores carecen del sentido de su época (…) Han renunciado a la vida. Su única preocupación estriba en ser buenos escritores (…) son mistagogos, oscuros, difíciles de entender, y además no corresponden a las voces del pueblo” (“El defensor”, Pedro  Salinas. Ediciones Península, 2002, Págs. 263-264). Estamos, como lectores sanos y tolerantes, encargados de unificar la literatura. No la dividamos en autores “difíciles de entender” y otros que escriben “según el sentido de su época” o que de algún modo “gusten” o sean más “fáciles de entender”. Muchas de las obras de escritores de minorías constituían un sondeo psicológico de la vida en su aspecto más problemático; no las releguemos a un segundo plano). Esto no quiere decir que el lector -o mejor dicho, el buen lector- obvie las lecturas dificultosas o enmarañadas, por lo menos debe intentarlo, elevando su nivel intelectual, ascendiendo la escalera, aunque quizá pueda romper, de algún modo, ese carácter “obligatorio”. Leer a Borges, Onetti o Carpentier está reservado más para aquel escritor novicio, en formación, así como leer algunos cantares épicos extensos o, viniendo a tiempos modernos, los tres tomos que comprende  “El hombre sin atributos” de R. Musil con amplias y serias pretensiones intelectuales, queriendo hacer de la escritura una carrera. Nadie puede hablar de literatura sin haber leído a Shakespeare u Homero. Por lo tanto, determinamos la naturaleza del lector como subjetiva, aprehendiendo este ciertas lecturas acorde a sus gustos, identidades y necesidades. Ahora, ¿Podemos afirmar que la literatura es sectorista? Llegamos a la conclusión que, desde tiempos inmemoriales, así es.

Llegamos necesariamente a la siguiente pregunta: ¿Qué es un escritor de culto? Una sola definición generaría malestar entre nuestros lectores, produciendo disparidades. Esta viene a ser, como casi todo lo asociado con el arte, ambigua, etérea. Aun así, escritor de culto podría llamársele a aquel que goza de una importancia considerable y se ha convertido en una influencia decisiva para otros artistas, pero que a pesar de la solidez de sus propuestas aún no ha llegado al gran público. Además, el escritor de culto toca muchas veces -dentro de la libérrima subjetividad creacional- temas poco vendibles, no interesándole a un sector de la lectoría. Así, autores como Jhon Irving o Iris Murdoch todavía no han llegado a calar en el grueso de los lectores, acaso debido a la temática, quizá poco atractiva para muchísimos (en estos tiempos de “best-sellers”) o con demasiadas reflexiones (es el caso de “La mendiga” de César Aira) o mucha cotidianeidad, analizando defectos inherentes al ser humano, aunándolo a un enfoque social extenso más semejante a un tratado que a una novela propiamente dicha (es el caso de las críticas que se le hicieron, en su momento, al “Ulises”, plasmadas en la biografía titulada “James Joyce. Vida y obra” de Francesca Romana Paci: “Algunos quisieron ver en el “Ulises” una forma de crítica de la sociedad moderna, de su disgregación y de su corrupción, llevado a cabo con métodos swiftianos. Para este grupo de críticos, Bloom era un personaje creado con intenciones sarcásticas, un ser de insignificancia intencionada, pobre prototipo de una humanidad cualquiera, banal y depravada, cuyo significado se reduce a mostrar a través de la propia degradación de la sociedad. Molly Bloom fue todavía peor interpretada y expeditivamente puesta de lado con el calificativo de prostituta, A través de ella venían condenadas, naturalmente, todas las mujerzuelas que pupulan en la sociedad moderna. El lenguaje de “Ulises” fue tomado como un signo de desprecio a la sociedad circundante por parte de Joyce. La lengua, rica, mezclada y compleja en que estaba escrita la novela fue juzgada únicamente    extraña e irónica, como si sus innovaciones existieran solamente dentro de los límites de un cierto anticonformismo y de una indiferencia por los correctos estilos tradicionales, de los que el hombre moderno no era ya digno. Entre otras cosas se dijo que la novela representaba una crítica de la sociedad contemporánea inspirada en cánones católicos”. James Joyce. Vida y obra. Ediciones Península, 1970. Pág. 253). Otro ejemplo sería la novela de Jhon Irving “Príncipes de Mayne, reyes de Nueva Inglaterra”, que nos cuenta la historia del abortista y director de un orfanato Dr. Wibur Larch, quien prefiere acabar con embarazos no deseados antes que aceptar en el asilo a sus hijos abandonados. Es, a la vez, la historia del dilecto Homer Wells (protegido por Larch), y que al crecer se niega a “acabar con una vida humana”. Al parecer, la historia no ofrece gran atractivo para el llamado “lector promedio”, acostumbrado a situaciones más audaces, con cierto aire aventuresco o que implique el no pensar mucho. Ya lo decía Baudelaire en “El spleen de París”: ¡Ah, miserable perro!, si te hubiera ofrecido un montón de excrementos los habrías olfateado con delicia y hasta tal vez devorado. Así tú, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público a quien nunca se le debe ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino basura cuidadosamente escogida”. (Las flores del mal. Los paraísos artificiales. El spleen de París. Editorial Bruguera, 1973. Pág.368). Aparte esto de la extensión (el libro tiene más de seiscientas páginas) viendo casi un fresco social en ella, por momentos soso (refiriéndose a “En busca del tiempo perdido”, otra novela de culto, Pedro Salinas afirma que es “una obra de exploración y sondeo de la vida psicológica del ser humano, y de la sociedad, (…) Auscultación finísima de las interioridades del alma, caudal innumerable de observaciones sobre la vida del mundo, captación poética de las verdades, seductoras o repulsivas, de la condición humana…”. El defensor. Ediciones Península, 2002. Pág. 270-271), muy distinto a las empalagosas novelas promocionadas a gran escala por grandes editoriales, con atrevidos argumentos o finales abiertos (el famoso “lea el siguiente libro de la saga y sabrá qué va a suceder después”). El libro de Irving toca una realidad que hasta la actualidad despierta sensaciones en el público sensible. Por contraste aparece el otro sector, ávido de malos “best-sellers” -influenciado por la funesta propaganda- donde abunden monstruos, magos y vampiros (exceptuemos genialidades como Poe y Bierce que gozaron de cualidades analíticas insuperables por muchos hasta hoy) dejándose envolver en argumentos pueriles, sin trasfondo o mensaje, enquistado en la mera historia, es decir, la basura cuidadosamente escogida. Este tipo de lecturas puede adecuarse más al lector joven o iniciado, con poca o nula preparación, pero el llamado lector promedio, como dije antes, debe por lo menos aspirar a leer mejores cosas, haciendo a un lado el “ocioso entretenimiento” y optando por el “fecundo aprendizaje” (recomiendo detenerse unos momentos en las citas filosóficas de la novela “Herzog” de Saúl Bellow) adquiriendo el calificativo  de cultileído. Aquí reside la magia del buen lector: el poseer una lucidez especial, permitiéndole gozar con libros densos como el de Irving (podríamos añadir a la magnífica “Oración por Owen” del mismo autor) o algunos del “boom” (¿Es mucho pedir hacer un esfuerzo y terminar “El obsceno pájaro de la noche” o entender a cabalidad el uso de las tres personas gramaticales en “La muerte de Artemio Cruz?”).

Sin embargo, existen cierta clase de libros hechos necesariamente para un “lector especial”. Me refiero a aquel que se ha tomado muy en serio la actividad inherente al verdadero intelectual -académico o no- comprometido tenazmente,  que ya ha pasado la etapa de la tolerancia, creciendo mucho en este tránsito y ve bifurcada su esencia en dos tareas que se funden en una sola: leer y escribir, simbolizando al clásico lector-escritor. Definitivamente, este individuo tendrá preferencia por libros (ficción, en este caso específico) íntimamente relacionados con la escritura. Tomemos como ejemplo “Bartebly y compañía” de Enrique Vila-Matas. Es un autor importantísimo, bajo ningún motivo desdeñable en la biblioteca de un escritor o aspirante a serlo. “Bartebly y compañía”, a pesar de no ser una novela propiamente dicha, sino más bien un compendio de historias, va dirigido a aquel público puesto que aborda el tema de la imposibilidad de seguir escribiendo tanto en autores nóveles como logrados. Es un libro rico en historias y citas, pero que un lector acostumbrado a novelas sencillas y triviales (aquí también incluiría al “lector promedio” y con cierto entrenamiento; es que “Bartebly y compañía” coincide con “gustos muy especiales”) seguramente dejará apenas comenzado.

Aquí adjunto, con fines ilustrativos, una breve lista con los principales autores de culto del siglo veinte. Podríamos mencionar a Nathalie Sarraute (”Tropismos”, “Retrato de un desconocido”); Evelyn Waugh; John Kennedy Toole (“La conjura de los necios”); Iris Murdoch (“El mar, el mar”, “La negra noche”); Georges Simenon (“Desconocidos en casa”); César Aira (“La mendiga”, “Canto Castrato”); Ismail Kadare; Norman Manea; Patrick Macgrath (”Spider”, “Locura”): Chuck Palahniuck (“Nana”); John Banville; Wiliam Kennedy (“Tallo de hierro”); Luis Rafael Sánchez (“La guaracha del macho Camacho” es una gran novela que revela atractivos artilugios realizados con la prosa y el lenguaje. Es, sin duda, un libro de amplios registros); Thomas Pynchon (“El arcoiris de gravedad”); Robbe Grillet (“La celosía”); Grace Paley (“Batallas de amor”, “Enormes cambios en el último minuto”); Philippe Delerm (“El primer trago de cerveza”); Vasili Grossman (“Vida y destino”); Andréi Biely (“Petersburgo”); Oswaldo Soriano; Michel Houllebecq (“Las partículas elementales”); Kazúo Ishiguro (“Lo que resta del día”); el filósofo Mircea Elíade, cuya obra de ficción es poco conocida; cabría destacar la novela “Medianoche en Serampor”); Reinaldo Arenas (“El mundo alucinante”, “Antes que anochezca”); Henry Barbusse (“El infierno”); Hervè Guibert (“Al amigo que no me salvó la vida”); Boris Vian (“Escupiré sobre vuestra tumba”); Andrés Caicedo (“Angelitos empantanados”); Mario Levrero (“La novela luminosa”); Yukio Mishima (“Confesiones de una máscara”); Irène Nemirovsky (“Suite francesa”); Ignacio Martínez de Pisón (“El fin de los buenos tiempos”); Vladimir Nabokov (“Lolita”, “Ada”); Jonathan Lettem ( “Huérfanos de Brooklyn”, “La fortaleza de la soledad”); Michael Chabon (“Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay). Agregaría a muchos del “boom como Lezama Lima, Cortázar, Onetti, Donoso, Cabrera Infante, etc.). Dentro de los autores nacionales podríamos mencionar a Luis Freire Sarria (“El sol salía en un Chevrolet Amarillo”); Gonzalo Mariátegui (“La virtud de Alexandra”); Carlos Garayar, Selenco Vega y Carlos Calderón Fajardo. Estos son solo algunos de los nombres que han ido tomado relevancia en la narrativa universal y peruana del siglo veinte (algunos incluso ya consagrados), aunque su grupo de seguidores todavía sea -o quizá sea así siempre- reducido. Seguramente varios han quedado en el tintero, pero si los mencionase a todos la lista sería extensa -quizá fatigando al lector-, nada acorde con la función didáctica que pretendo en este libro.

Todo radica en el esfuerzo que pongamos al hacer bien las cosas: apliquemos ese mismo empeño al terreno literario. No confundamos entretenimiento o distracción con ignorancia. Espero que este texto colabore en algo con la formación intelectual tanto de lectores entrenados o novatos; si así fuese, no habrá sido en vano esta pequeña empresa. ¿Qué queda ahora? Pues ponerse a leer sin prejuicio alguno, con la mente abierta y los ojos alerta.

 

NOTA:
Prólogo al libro “AL MEDIO DE LA LUPA. Artículos y reflexiones literarias” de próxima aparición.

 

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DATOS BIO-BIBLIOGRÁFICOS
*Charly Martínez Toledo (Lima - 1984) Es integrante del movimiento literario “Di-versos”. Ha sido organizador de diferentes homenajes realizados a destacados poetas en la UNE - "La Cantuta". Trabajos suyos han aparecido en la página chilena de literatura LetrasS5, la revista virtual "Remolinos", en el diario "Los Andes" de Puno y en la revista física "Sol de Ciegos". Además, ha sido incluido en el primer número del dossier de poesía "Cuervo iluminado". Nuevas voces de la poesía peruana. Su relato “Espadas de la noche”, recibió una mención honrosa en el concurso “Ten en cuento a la Victoria 2011”. Ha participado en distintos recitales tanto en Lima como en provincias. En el año 2009 apareció su libro "Las púas y otros cuentos" (Arteidea editores). Próximamente aparecerá su libro “Al medio de la lupa. Artículos y reflexiones literarias”. Es uno de los directores de la revista y editorial Eclosión.



 

 

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