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A propósito del libro “Humo de incendios lejanos” de Eduardo Chirinos:
La poesía no sirve para nada
(Texto leído en la presentación del libro en Lima)

Por Jorge Frisancho

 

Déjenme decirlo otra vez. La poesía no sirve para nada.

¿Cuál es el problema con esta oración? El problema con esta oración no es ninguno de los dos sustantivos que contiene, “poesía” y “nada”, ni el adverbio de negación, “no”. El problema con esta oración es el verbo. “Servir”. Servir para algo. Tener una función, una utilidad, un beneficio, un rédito, un negocio, un valor externo y sobredeterminado. Esas son las cosas que la poesía, en el contexto contemporáneo, ya no puede hacer.

Quizás debería haber dicho: la poesía no servirá para nada. Porque de lo que estoy queriendo hablar aquí es, creo, de una futuridad. Servir para algo siempre sucede en ese lugar. Es siempre una teleología. Nos moviliza siempre en esa dirección, la de aquello que no está pero viene en camino, la de aquello que se realiza y se completa necesariamente en un punto al cual aún hemos de llegar. Y quizás ese sea el problema. Quizás, digo, la poesía ya no puede hoy servir para nada porque se le ha disuelto esa dimensión. Quizás lo que pasa es que la poesía ya no tiene futuro. Tiene pasado, es verdad, un pasado que pesa y se acumula, un pasado que es su energía y su línea de fuerza, su punto de fuga, su horizonte, el paradigma de su posibilidad. El pasado, la tradición, lo hecho hasta aquí. Pero futuro, no.

Es decir, la poesía, como acto, como evento, existe por necesidad en un lugar que está sucediendo ahora siempre. Es puro presente, es esto. Quizás a contramano del momento del libro o del poema, del momento del verso o de la obra –cosas todas ellas que existen en el territorio del espectáculo, en el espejo mismo, en la babosa mercadotecnia de lo irreal--, el momento del acto poético es siempre el mismísimo momento de su enunciación. No hay de otra. Cualesquiera cosas que la poesía haya sido a lo largo de su historia, hoy esto es lo único que puede ser. Esto: el acto en el momento de su enunciación (o, si quieren, el acto en el momento de su lectura, que es igual).

Y más aún: la poesía es esto que está siempre volviendo a suceder. Presente puro, su pasado a rastras como una ansiedad, como un síntoma, retornando. Esto que está siempre, una vez más, volviendo a suceder.

Abre paréntesis: podríamos ponernos sociológicos y decir, por ejemplo, que este es un fenómeno global del campo simbólico, y que lo que ocurre es un tránsito de la hegemonía de los discursos letrados a la de los discursos audiovisuales, y que lo que la poesía ha perdido, conjuntamente con la literatura en general, es el espacio de su centralidad en el contexto de los discursos que constituyen la cultura; o que dada la implacable eficacia de esos otros discursos en la construcción de la nueva ideología, la ideología tan monga de lo contemporáneo, la poesía ha perdido su importancia como instrumento de lo hegemónico, o lo que es igual, ha perdido su importancia como terreno en la disputa por el control de los medios de producción simbólica, y que esa batalla se ha mudado a otro lugar; o que… bah. Podríamos ponernos sociológicos y decir todas esas cosas, pero no lo vamos a hacer. Cierra paréntesis.

Abre paréntesis, dos: quizá debería haber dicho la poesía no servirá para nada, pero esa es ya, obviamente, una puesta en escena de la tradición. La máquina purísima, los mil ojos verdes y mil labios escarlata, el nombre de la eternidad y todas esas cosas. Quizá por eso evité esa formulación al principio, y quizá por eso la he venido relativizando: ansiedades y síntomas, como decía. Pero a pesar de ello, o quizás precisamente por ello, déjenme anotar que todo esto que digo viene en parte de ahí. Como sucede cada vez con más frecuencia, Eielson tenía razón. Cierra paréntesis, dos.

¿Qué estoy tratando de decir? No lo sé. Y esa es la cuestión. No saber. Porque el acto poético, ubicado de manera tan radical en el momento presente, desposeído de manera tan profunda de su teleología y su funcionalidad a futuro, es un no-saber. Es un desconocimiento. Es una extrañeza. El acto poético viene a decirnos, está obligado a decirnos, que la certidumbre está en suspenso. Que saber es mentir. Que somos ciegos. Pero nótese que he dicho: está obligado a decirnos blah, blah, blah. Porque no estoy hablando del silencio, que algunos han creído la opción más radical y por eso mismo la más legítima. No. Estoy hablando de la incertidumbre que habita el centro de la máquina de comunicar. Pero la máquina funciona. Escribimos. Y es en ese intersticio, en esa brecha irresuelta e irresoluble de la comunicación como tragedia y como imposibilidad, de la palabra como un equilibrio que se rompe, de la palabra como un fracaso inevitable y necesario, que el acto poético empieza a nacer, a ser. Es ahí donde reside su potencial.

Humo de incendios lejanos, entonces. De todos los libros publicados hasta hoy por Eduardo Chirinos, este es el que con mayor insistencia hurga en el espacio que tan apretadamente y de tan mala manera he tratado de delimitar. La opción, ciertamente, ha estado ahí desde el principio, por ejemplo en las vetas metadiscursivas que caracterizaron por años, sin ser su única definición o siquiera la más importante, la poesía de Chirinos. O por ejemplo en sus tendencias lúdicas y sus juegos de ironía con los mecanismos de la alta retórica castellana, sus lecturas de través y al mismo tiempo profundamente sinceras de la tradición renacentista. O en su acercamiento, que fue al mismo tiempo una toma de distancia, a la inmediata tradición conversacional. Etcétera. Pero es aquí, en Humo de incendios lejanos, donde Chirinos se entrega con más asiduidad a la exploración de esas incertidumbres.

Y en el contexto de su obra, este libro marca con claridad sorprendente un punto de inflexión, una ruptura de la continuidad. Lo vemos ya en el plano formal. En Humo de incendios lejanos, Chirinos, uno de los autores más adeptos en el uso de la sonoridad y la melodía castellanas en la poesía latinoamericana actual le ha quebrado el pie a sus sonidos. Nos propone una música distinta, un régimen de ritmos y ecos y resonancias y vibraciones que insisten en ser otros y a la vez en repetirse, en hacerse sistema, en sostener su aliento verso tras verso, poema tras poema, desde la primera línea hasta el punto final. Y lo vemos también en el horizonte de sus referencias, que se expande y a la vez se contrae en relación a las raíces de su trabajo anterior, incorporando energías que provienen de una tradición que, sin haberle sido nunca ajena, no era hasta hoy tan central al trabajo de Chirinos. Los poetas del lenguaje, la escuela de Nueva York, pero sobre todo Ashbery, Ashbery, Ashbery, en la opinión de un servidor el poeta más importante de la contemporaneidad, a quien el libro cita explícítamente y cuya presencia se discierne, como una sombra mayor, en todos los textos.

Pero sobre todo, lo vemos en la tenacidad con que el libro se hace a sí mismo preguntas, ignorándonos quizá. En efecto, este es un libro hecho sobre todo de preguntas, de interrogantes, de cuestionamientos. Es un libro que ya desde su retórica se ve a sí mismo perder el paso y la seguridad. De hecho, me atrevo a sospechar que la sistematicidad de sus recursos formales está en directa proporción con esa pérdida de soporte conceptual, y que actúa –ansiedades, síntomas— como un mecanismo de defensa. Leo, casi al azar: (Cito diferentes versos del libro)

Y al mismo tiempo, en este libro de Chirinos la exploración de la incertidumbre es, en el fondo, una afirmación. Una afirmación del acto poético en sí, de la escritura como estrategia de acercamiento al problema, de la escritura como demanda y necesidad. Es un libro que se sabe, como pocos, necesario: necesario para decir lo que no puede ser dicho, para batirse contra su propia imposibilidad, para argüir, palabra sobre palabra, palabra contra palabra, a favor del momento de la poesía.

ULTIMA STANZA

Eso. Escribe humo de incendios lejanos. Esa es la respuesta, aunque falle en el intento. Quiero decir que hay una profunda belleza en esa afirmación, y que esa belleza, la belleza de no saber e insistir en el acto, es el poder de la poesía, hoy. No, la poesía no sirve para nada, y en un mundo hecho de utilidades y efectos, de eficiencias y certezas, de movimiento continuo y unidireccional, de funcionalidades y ganancias, este resto de ausencia que le queda al lenguaje y que Eduardo Chirinos nos entrega como una ofrenda personal, es nuestra única dignidad.

 

 

 

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