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Elicura Chihuailaf: poeta mapuche
-Apuntes sobre poesía mapuche y otredad-

Por Andrés Urzúa de la Sotta


 

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Probablemente el título de este ensayo, específicamente el adjetivo “mapuche”, no sería del agrado de Elicura Chihuailaf, principalmente porque en las etiquetas, tan propias de nuestra cultura chilena, se traduce una dosis no menor de prejuicio e intolerancia frente a lo ajeno.

Sin embargo, de ninguna manera nuestra intención es esa, sino, muy por el contrario, dice relación con dejar entrever la distancia sideral que existe entre la cosmovisión mapuche y la nuestra.

Mientras nosotros miramos un mapa y pensamos en el norte y en el sur, ellos lo hacen de manera horizontal: piensan en el oriente y el poniente. Así, al menos, lo traduce Elicura Chihuailaf en una entrevista concedida al periódico El Sur de Concepción en 1994 [1].

Al adentrarse en la obra del poeta, esta apreciación se hace patente a través de sus versos. En ellos asistimos a la otredad. Desde la misma sonoridad del apellido del autor, tan poco familiar para el oído habitual, todo en su obra se vuelve remoto, silvestre, intemporal. Su poesía es el lenguaje de la tierra y nosotros, ahuincados, somos mentirosos, sin memoria; nuestra característica es el eufemismo: no hay relación entre nuestras palabras y la realidad:

“Tus palabras son como el sonido del kultrún
me están diciendo mis antepasados
pues se sujetan en el misterio de la sabiduría
Por eso con su lenguaje florido conversarás
con los amigos
            e irás a parlamentar con los winka” [2]

Al poco andar de sus poemas uno empieza a intuir que los mapuche no son un pueblo involucionado y flojo, como se murmura en el inconsciente colectivo nacional, sino un pueblo silvestre, el cual –quizás como las ramificaciones espontáneas de la tierra- se hace parte del entorno sin alterarlo más de la cuenta.

Aquél es otro signo de la otredad y de las representaciones mentales que ésta suscita. Porque el otro, sobre todo ese otro que habita el mismo espacio que nosotros, es siempre inferior para el imaginario dominante. La alteridad genera estas alteraciones mentales, donde la calidad de originario pasa a ser un defecto vergonzoso. Incluso, como señala el mismo Chihuailaf en su libro “Recado confidencial a los chilenos”, en las declaraciones surgidas al tenor de la celebración del centenario de Chile se habría redactado un documento oficial que decía, a grandes rasgos, lo siguiente: “Chile es un país de blancos, donde no fue necesaria la importación de negros y donde la presencia de lo indígena es sólo visible a los ojos del experto” [3]

En este sentido, la misma institucionalidad chilena, al menos en el discurso de comienzos del siglo XX, habría “sugerido” que la hermosa morenidad, como la llama el poeta, debía ser borrada o escondida bajo la alfombra de la identidad hegemónica y caucásica (cosa que, por lo demás, no dejó de ocurrir en la eufemísticamente denominada “Pacificación de la Araucanía”).

Para entender el doloroso y dolorido proceso de alienación y sometimiento cultural   que ha experimentado el pueblo mapuche, y que no es otra cosa que el resultado de la tiranía que ha recibido por parte de la República de Chile, Elicura Chihuailaf hace el siguiente ejercicio: frente a la interrogante de una de sus estudiantes, quien le pregunta “¿acaso Ud. no se siente chileno?”, él le responde a la audiencia:

“Imagínense, por un instante siquiera, ¿qué sucedería si otro estado entrara a ocupar este lugar y les entregara documentos con una nueva nacionalidad, iniciando la tarea de arreduccionarlos, de imponerles su idioma, de mitificarles -como forma de ocultamiento- su historia, de estigmatizarles su cultura, de discriminarlos por su morenidad? ¿Se reconocerían en ella o continuarían sintiéndose chilenos? ¿Qué les dirían a sus hijas y a sus hijos? ¿Y a los hijos y a las hijas de ellos?” [4] 

Palabra y memoria

Elicura Chihuailaf escribe desde la cosmovisión mapuche. Tal como hemos señalado anteriormente, su poesía proviene de la indisoluble relación que tienen él y su pueblo con la tierra. Cada uno de sus versos azules son raíces que se asoman por sobre la superficie. Escribe desde la tierra y desde la oralidad. Sus poemas son música y su voz es poesía, del mismo modo como el sonido es también una palabra. Para la cosmovisión mapuche, para esa otredad que desconocemos, todo es parte de lo mismo. Pero la escritura también es memoria. El pueblo mapuche defiende la memoria y la considera un aspecto fundamental de su identidad. Así lo señala el mismo poeta en una entrevista:

“Nunca decimos que la literatura mapuche comienza con nosotros, sino que nosotros somos la expresión de un pasado y de un futuro. En el caso chileno, parece que siempre están comenzando, porque siempre alguien inicia algo y borra la memoria de sus antepasados.
Esta cosmovisión, esta totalidad y circularidad, considera que los seres humanos son parte del infinito. Por eso podemos tocar ese derrotero de estrellas que nos mueven internamente. Por eso cuando buscamos la explicación del universo, la buscamos primero dentro de nosotros. Nuestros mayores dicen, nada hay en el universo que no esté en cada uno” [5].

Esa, tal vez, es la llave a la que se refiere en su famoso poema “La llave que nadie ha perdido”. El poeta allí se vuelve sobre la memoria y sobre el misterio de la poesía, siempre símbolos o germinaciones de la tierra, como si fueran las únicas respuestas indispensables:

“La poesía no sirve para nada, me dicen
Y en el bosque los árboles se acarician
con sus ramas azules y agitan sus ramas
el aire, saludando con pájaros la Cruz del Sur
La poesía es el hondo susurro de los asesinados
el rumor de las hojas en el otoño, la tristeza
por el muchacho que conserva la lengua,
pero ha perdido el alma
La poesía, la Poesía, es un gesto, el paisaje
tus ojos y mis ojos muchacha, oídos corazón 
la misma música. Y no digo más, porque
nadie encontrará la llave que nadie ha perdido
Y poesía es el canto de mis antepasados
el día de invierno que arde y apaga
esta melancolía tan personal.” [6]

Epílogo a la otredad

“La tierra nos sueña a nosotros”, dice otro poeta mapuche, llamado Leonel Lienlaf. Y en esa aseveración se sigue articulando la noción de alteridad y las profundas diferencias entre las cosmovisiones del pueblo mapuche y el chileno. Porque ningún compatriota, en su sano juicio, llegaría siquiera a imaginar una expresión como esa. Para nosotros, los narcisos, el centro de la tierra somos nosotros mismos. Sólo los hombres soñamos y el monopolio del sueño podría, eventualmente, extenderse a la naturaleza o a algún elemento propio de ella, pero sólo como una suerte de figura literaria o estética. A diferencia del poeta mapuche, quien lo dice convencido y sin metáfora alguna, para nosotros la tierra es un ente proveedor e infrahumano, al cual jamás se nos ocurriría atribuirle cualidades propias de nuestra especie. Pese a provenir de lo más genital de lo terrestre, olvidamos que justamente es allí de donde venimos y hacia donde vamos. Sin embargo los mapuche, como Elicura Chihuailaf, parecen tenerlo absolutamente claro:

“Raíces de árboles son nuestros pies
Alas de aves de paso tiene nuestro corazón”

                                               (Papay Marivl)     

 

 

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NOTAS


[1] http://www.letras.s5.com/elicura260602.htm

[2] Elicura Chihuailaf, poema Los Weupüfes y los poetas.

[3] http://www.letras.s5.com/ech150504.htm

[4] http://www.letras.s5.com/elicura0512.htm

[5] http://www.letras.s5.com/elicura260602.htm

[6] Elicura Chihuailaf, El invierno, su imagen y otros poemas azules, Temuco: Ediciones Literatura Alternativa, 1991.


 

 

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