
¿QUE ELTON QUIERES VER?
Por Mario Ocampo.*
¿Qué Elton quieres ver?
En muchos sentidos, la pregunta no hubiera resultado tan disparatada afuera del Auditorio Nacional el pasado 25 de octubre. Quizá la escena del rock, o del rock/pop o del pop (pues en todos éstos lo han encasillado) jamás produjo una estrella tan extravagante y camaleónica como Elton John. Había entonces quienes podían sugerir verlo como Pato Donald, como el Pinball Wizard, ataviado a-la-Liberace, o como Mozart.
Sinceramente, se me antojaba verlo en alguno de éstos, sus disfraces estrafalarios. Así fue como lo conocí y así, en medio de todo su exceso, su música me resultó significativa.
Afuera del Auditorio la multitud permanecía colgada al teléfono celular arreglando la agenda de mañana o dictando los últimos apuntes para la presentación ejecutiva que urgía para hoy pero, ni modo, antes de cualquier otra cosa, estaba el concierto de Elton, nuestro Elton. ¿Nuestro?...
¿Pertenece a los de cuarenta y un poco más que éramos la mayoría? ¿Pertenece a los conspicuos de más de cincuenta que se encontraban por ahí y que, como ya va siendo costumbre, forman parte habitual de la audiencia en los conciertos de rock que se realizan en México? ¿O es de los hermosos artistas del canal de las estrellas quienes aprovechan cualquier evento para aparecer como dueños de la noche? O, ya de bajada en la escala del valor del tiempo y de su música, ¿pertenece a los pocos niños que correteaban por todos lados?
Mientras esperábamos a mi hermana me di cuenta que especulaba sobre una situación con una respuesta evidente: la capacidad de convocatoria de Elton ha trascendido todas las edades y a todos nos impacta de manera intensa, sin hacer caso a las motivaciones.
Para matar la espera y la tensión que percibía en el ambiente (y de la cual yo no estaba exento debido a un reporte de un sobre polvoriento -Antrax, supuestamente- entregado en Sinaloa a un distribuidor de Motorola) comencé a formar mi selección de canciones para esta noche, lo que me prepararía para disfrutar del concierto.
La primera que elegí fue “Captain Fantastic”, y a partir de ella cada canción vino acompañada por un recuerdo intenso y provocativo: volví a percibir el delicioso olor a arroz que mi mamá cocinaba los sábados mientras del otro lado del pasillo yo escuchaba una y otra vez el álbum Captain Fantastic; recordé también que mi primer disco de Elton, una antología de sus primeros álbumes y de algunas “caras B”, lo pagué con muchas monedas de a cinco y veinte centavos y algunas de a peso que guardé durante mucho tiempo para tal propósito; me divirtió recordar la cara de asombro y envidia que debí haber puesto cuando mi amigo Guillermo Saavedra me mostró su edición importada de Captain Fantastic con el cuadernillo de “lyrics”, y entonces extrañé mi antigua y rara facilidad para memorizar de una sola leída la letra de cualquier canción de Elton; e incluí “Daniel” en mi selección pues de ésta, nadie, ni el mismo Saavedra, otro gran admirador de Elton, poseía la letra; y recordé a mi papá -un fanático de Flor Silvestre, las estudiantinas, los corridos y las marchas militares- que en uno de esos sábados me dijo “¿es Elton John, ¿verdad? Me gusta mucho”, y entonces brevemente se abrió una puerta de revelaciones.
“Candle in the Wind” fue otra de mis elegidas y afloró el recuerdo de Enrique, a quien orgulloso presté aquella colección de antología (pues pedirte discos en mi escuela era cuestión de alto status) y me devolvió un disco roto y otro con “Candle in the Wind” rayada. Escogí “The Fox” y “Little Jeannie” por mis novias en la universidad; y “Border Song” salió solita pues fue la primera canción que oí de Elton y volví a preguntarme si realmente se refiere al conflicto árabe-israelí, pues aún sigo sin saberlo. De Blue Moves, seleccioné “Cage the Songbird”, porque me intriga lo que dice sobre la última noche de Edith Piaf, y “Tonight”, por Espe y por nuestro matrimonio.
“The hand that makes the music holds the disc”, dice el pie de una foto de Elton en una de sus biografías, y ahí estaba yo tratando de adivinar la música que esa noche quizá podría tender un puente y fijarme en el tiempo o perderme nuevamente en él como aquellas tardes en casa de Florencia Ugalde escuchando a Elton y que nunca más habrían de repetirse luego de que ella, en medio de su llanto por la muerte de nuestro mutuo amigo Oscar, me regaló la cubierta interior impresa de la edición importada de Here and There, el álbum en vivo que contiene una canción de Elton con John Lennon grabada en el Madison Square Garden durante aquel “lost weekend” en que John se separó de Yoko y se la pasó de reventón, según reseña Imagine, el extraordinario documental de la vida de Lennon; y pensé que con interpretar las canciones de ese álbum ahora en México podría ser suficiente.
Por la importante aportación de Ray Cooper, el percusionista de Elton, a este mismo álbum, recordé cómo Ray autografió la portada de mi Captan Fantastic y agradecí a Miriam, la amiga de Espe, por llevar hasta Londres mi disco y mi carta para Ray y propiciar así lo que me gusta considerar como el contacto personal que cualquier apasionado fan debe necesariamente tener con su estrella; y reviví partes de la gira que Elton y Ray realizaron solos por la entonces Unión Soviética, que luego fue televisada por el canal cinco y de la cual sólo pude grabar el audio en condiciones heroicas pues todavía no existían las videocaseteras. Muchos años después, otro amigo Oscar que también ya murió, me regaló el láser disc de esa gira, y en memoria de mis dos cuates seleccioné “High Flying Bird” por la línea que dice: “You bled upon the cold stone like a young man in the foreign field of death...”; y así con esta inspirada frase de Berine Taupin que súbitamente adquiría un nuevo significado en mi vida, encontré a mi hermana y le dije como todo un experto que ya estaba listo para el concierto.
Pero no fue así. Con los primeros acordes de “Funeral for a Friend/Love Lies Bleeding” me empezaron a sudar las manos. Me sentía profundamente inquieto a pesar de que éste era el inicio del Here and There, el mismo que tanto quería que Elton tocara en México. En ese momento me di cuenta de lo perverso de mis pensamientos anteriores: ya no deseaba ese paseo por el tiempo, quería estar aquí, en medio de este griterío, el mismo que ha sobrevivido a las 33 RPM y que ahora atrapaba al tiempo para reducirlo a la nada frente a la gigantesca historia intemporal de la música de Elton.
Me costó trabajo darme cuenta de que yo mismo me enfrentaba al yo mismo de tiempo atrás, y que de ambos no existía una definición concreta, al menos, no para este momento. Sin embargo, las señales de que era necesaria tal definición eran evidentes: Elton apareció sobriamente ataviado con un traje negro y portaba unos minúsculos lentes oscuros; no salió disfrazado de Liberace, ni de Mozart, ni de nada, era sólo Elton John con su piano y su banda, su entrañable banda en la que figuraban como estrellas: Nigel Olsson, ¡el primer baterista!, y el fiel Davey Johnstone, en la guitarra. ¿Era Elton al rescate de su pasado o era el artista quizá vencido por el flujo normal del tiempo y reflejado en su estilo conservador y reposado que podía confundirse con el cansancio y el hastío de ser estrella?
Por norma general, cuando se trata de varios conciertos de un solo artista, siempre recomiendo asistir al primero. Así, uno puede percibir la sorpresa, la emoción o hasta el temor del artista de tocar ante un público que le pertenece pero que puede parecerle extraño, a pesar de que conoce todas sus canciones y que ha aguardado expectante -quizá por años- la presentación de su artista favorito. Este era el tercer concierto y estaba seguro de que vería a Elton actuar por tercera vez como si de veras estuviera sorprendido. Pero no fue así: me pareció ver a un Elton genuinamente sorprendido de tocar para un público jubiloso y entusiasta. No pudo haber, entonces, tres conciertos iguales. Era una sensación diferente a aquélla vez del 92 en el Estadio Azteca, cuando sí noté un cierto aburrimiento en sus diferentes actuaciones.
Luego de “Funeral for a Friend/ Love Lies Bleeding” siguió con “Someone Saved My Life Tonight”, una clásica del trascendental Captain Fantastic. Bernie Taupin escribió esta canción a propósito de un ridículo intento de suicidio de Elton en el que éste había decidido aspirar grandes dosis de gas acostado frente la estufa, con su cabecita sobre una almohada para no lastimarse y con las ventanas de la cocina abiertas. A pesar de la celebración del auditorio, la rola, como desde siempre, me transmitió el mismo sentimiento de desesperación y de soledad. Aquí surgió la sincronía entre la música de Elton y mi ánimo, que encontraba su lugar en este viaje carente de temporalidad para el que se ofrecía un boleto de no retorno... y entonces, sí, me di a la tarea de disfrutar el concierto. El yo mismo de ahora comenzaba a definirse.
Parecía que mi señal había cruzado todo el Auditorio, pues Elton, dispuesto a no dar cuartel, se arrancó con “Bennie & The Jets”, una de sus emblemáticas, y siguió con “Philadelphia Freedom” la más improbable de todo su vasto repertorio. Con éstas dos logró prender al público y se dio el lujo de interpretar dos rolas de su nuevo álbum “el mejor trabajo de Elton John en los últimos años”, dice en la cubierta del compact. A juzgar por lo que oímos, esta afirmación podría ser cierta pues las dos delicadas piezas se alejan de las insustanciales melodías que impregnaron el sonido de sus últimos discos.
El tránsito del tiempo se había compactado en una sola unidad musical que sin sobresaltos o daño aparente volvió a instalarnos en el pasado con “Rocket Man” y “Take Me To the Pilot”, una joya, pero desconocida por la mayoría a juzgar por el silencio y el aparente poco entusiasmo del respetable.
Discretamente, la banda sale del escenario. Quizá habemos dos o tres que queremos más guitarrazos de Davey Johnstone y más golpes de Nigel Olsson en la batería para mantener el contacto. Elton anuncia que vienen viejas y nuevas canciones sólo con su piano. Con esas breves palabras nuevamente logra incendiar al público.
En las gigantescas pantallas colocadas en los extremos del escenario se han mostrado con insistencia cómo sus manos pequeñas con sus gordos dedos -no son definitivamente de pianista- ejecutan maravillas sobre el teclado. Luego de tantos años, ésta es la primera vez que me doy cuenta de este detalle singular.
La siguiente media hora es, ciertamente, el punto más alto de todo el concierto. Elton solo frente a su piano borra toda diferencia entre el rock, el pop/rock y el pop, para dedicarse con entrega a sólo cantar lo que le gusta. En sucesión perfecta interpreta “I Want Love”, del nuevo álbum, mientras en las pantallas se muestra un video con Robert Downey Jr. haciendo “lipsync” de la canción. “Quiero amor, pero eso es algo imposible para alguien tan irresponsable como yo”, canta Elton y confiesa Downey. La música, la imagen y el momento nos han obsequiado el primer acto de una pequeña obra maestra que parece surgir sin censura de los más íntimos encuentros y desencuentros de Elton con el amor, pues le siguen otras confesiones estelares como “Sorry Seems To Be the Hardest Word”, “Sacrifice”, “I Guess That’s Why They Call it the Blues”, “The One” y “Daniel”. El Auditorio se encuentra suspendido sobre las notas con las que Elton despliega fantasías y dolencias amorosas escribiendo así un testimonio íntimo vibrante y emotivo. Tomo la mano de Espe. Me da gusto y me emociona que comparta esto conmigo. La música de Elton John otorga nuevo significado a la parte más importante de mi vida.
Con “Mona Lisas and Madhatters”, dedicada a Nueva York, Elton invita a Davey Johnstone al solo de mandolina. La aparición de Johnstone marca el reingreso de la banda y su presencia sirve para subrayar el mensaje del jefe: “I’m Still Standing”, para quienes creíamos que el pop ya no existía, y “The Bitch is Back”, en la que, entre nota y nota, Elton se señala a si mismo quizá como símbolo que ha vencido al tiempo y al olvido. Sí, ha vuelto y no saldrá de nuestra memoria y de nuestro ánimo para habitar y definir nuestras historias, nuestra visión de la vida y todo lo que a ella da significado y propósito.
Por puro gusto, Elton se ejecuta “Crocodile Rock” y pone a bailar al personal. Para muchos, éste es el punto más alto del contacto entre el pianista y su público pues demuestra que el rock, el “Crocodile Rock” no ha muerto, sigue vigente.
Lo único malo de los conciertos de Elton John es que sus finales pueden llegar a ser predecibles. Prendido el Auditorio, se antoja que siga con “Saturday Night’s Allright for Fighting” o “Pinball Wizard”, pero la verdad es que nadie le perdonaría si dejara fuera “Don’t Let The Sun Go Down On Me”. Elton parece adivinarlo y sale de atrás del escenario para interpretarla.
¿Qué más puede cantar que no haya cantado ya? “La de Lady Di”, escucho decir a alguien atrás de mí. Pero es la historia de Marilyn la que queremos escuchar. Cuando los decibeles del escándalo en el Auditorio llegan al máximo, Elton vuelve a salir ahora vestido con unos pants azules, una sudadera roja y unos tenis multicolores. Así que esto, después de tanto tiempo, es el único legado del mago del tragamonedas. La forma no afecta al fondo pues interpreta “Candle in the Wind” con el mismo sentimiento y pasión con que Bernie Taupin la escribió.
Termina Elton y en breve pero emotiva ceremonia se despide con cariño de “México City”. Tengo la certeza de que ésta fue la última vez que lo vimos en México, pero otro capítulo necesario se ha añadido a mi vida. Ante esto, me comienza a intrigar cómo y cuándo habré de agregar este recuerdo a mi largo desfile de remembranzas...
Mientras llega esa ocasión, sólo puedo agradecer a quien salvó mi vida por una noche.
*Mario Ocampo, escritor y periodista mexicano. Ha colaborado en Vogue.
Este escrito está fechado el 26 de noviembre de 2001.