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Juro que no tengo un arma
Francisco Villarreal.
Santiago, Editorial Moda y Pueblo, 2009.


Por Marta Almó.

 

Los muchachos y las balas no tienen nada que ver.

Definitivamente esto tiene que ver con un nosotros, con una generación errante que no ha encontrado ni su lugar ni su discurso en los terrenos baldíos que recorre, por el contrario, se ha sostenido de  canciones de un par de décadas atrás, y de la nostalgia maldita de tener que vivir -sin luchar demasiado- por una ideología artificial, con un espíritu que no es de este tiempo.

Eso es lo primero que se me vino a la mente al empezar a leer Juro que no tengo un arma de Francisco Villarreal. Y cómo no pensarlo cuando ese primer texto titulado “No” te bombardea con un sinfín de enumeraciones tan cotidianas que parecen imposibles -y que perfectamente podrían ser el pie de partida para un sinfín de novelas más-. Desde ahí se evoca la desesperación misma que se modela en una necesidad de generar en pocas páginas y con pocas explicaciones un manifiesto de una amalgama post-adolescente, porque esa generación que Villarreal describe desde sus propias alcantarillas, no permite que la tilden de “jóvenes” ni menos de “adultos”, porque parece ser que no son más que los hijos no-reconocidos de guitarristas suicidas y su temor a envejecer es más fuerte que cualquier orfandad.

Se hace imposible entonces no pensar que el autor, con o sin intención -no es el punto-, está dando cabida, en cada frase, a la construcción de un sujeto tan perdido que es capaz de conocer y de voltear a su favor cada escondite -hasta el más oscuro- de sus propios deseos encarnados: ese romanticismo nefasto que se vive fuera del sistema, la queja constante sobre una ciudad que ya no significa, que está muerta -pero que respira bajito para que nadie lo note- y esa misma desesperanza moderna que nos fatiga con una monotonía de dudosa procedencia, nos hace pensar que existe alguien o algo latente en esta historia que no se narra del todo y que desmiente cada palabra o que, en el mejor de los casos, la abala en una sarcástica complicidad.

El verdadero punto de esto es que Francisco Villarreal rescata la intención entrañable de la escritura, ésa que se forja desde las emociones que provocan un efecto sicosomático grave de no ser reproducidas en el momento en que comienza a subir por la espina dorsal. Y tampoco tiene problemas en hacerlo público (“yo pienso que es muy cierto y hago nota mental para llegar a escribirlo”) y menos en no tomarse la molestia de desarrollar un argumento que vaya más allá de las anécdotas fugaces de una mala noche o de un dulce recuerdo (nada más que eso, un recuerdo) heterosexual.

Podría detenerme a hablar de las imágenes, que son el resultado de un choque impreciso entre mujeres anémicas y muchachos con ideas brillantes; o en la teoría regada sobre las páginas que aluden a un escritor sin profesión, a un sujeto de ideologías anacrónicas, donde “Cuba” no es más que una partícula del nombre de un trago y “dictadura” es una excusa para hacer referencias medianamente sexuales. Sin contar la ciudad convertida en un callejón oscuro, pero considerando un poco ese desgano existencial que hace que su obra en totalidad sea definitivamente adorable.

Pero lo importante de todo esto es que la primera incursión oficial de Francisco Villarreal en la plataforma pública (no me atrevería decir “universo letrado” porque sí me atrevo a pensar que esto va más allá de cánones y de reverberaciones probadas) nos deja con gusto a mucho. Suele ocurrir al revés, pero no en este caso en donde el climax, el orgasmo en definitiva, se da en todo momento, como si existiera el deber de que nada fuera en vano, porque al parecer nada de esta experiencia lo es. Pero se agradecería enormemente que más allá del venerado referente de camisas a cuadros, el arma dejara de dirigirse hacia su cabeza de chico hermoso y comenzara a disparar con el arma apuntando hacia el frente, sin jurar, sin prometer nada. Es cierto que ya no tenemos referentes crucificados, es cierto entonces que lo heroico ya no es morir, sino sobrevivir. Apuesto porque ésa sería nuestra bandera de lucha, si tuviéramos una, si no fuéramos realmente hijos de las circunstancias, si nuestras ganas fueran equivalentes a más de un día perfecto entre todos los demás días que siguen siendo iguales.

Pensándolo bien, tal vez mi petición está sesgada, puede que las palabras de Francisco Villarreal sean de los primeros indicios que nos obligan a cuestionarnos nuestra condición de “generación cero” como estigma y comencemos a disfrutar de una herida que no es ni tan profunda ni tan individual. Aún así, es el momento de quitarse el arma de la cabeza, ya no es necesario. Si es que a este muchacho le interesa, claro. Por mi parte sí, y bastante.

 

 

 

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Francisco Villarreal.
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