La literatura y el cine como reinvención del pasado
El imperio de la neomemoria
Almadía 2008. Heriberto Yépez
Germán Carrasco V.
Acaba de salir en México el libro "El Imperio de la neomemoria" del filósofo, especialista en estudios culturales, tijuanólogo y experto en las relaciones culturales Latinoamérica-EUA, Heriberto Yépez. Analiza en este libro la invención de una memoria en la literatura y el cine del Imperio. Afirma Yépez que Hollywood es el experimento de la reorganización de la memoria más atrevido desde Hegel, que una porción considerable de la cultura estadounidense surge de la fantasía de rehacer la identidad mediante la reconfección de la memoria ¿Habrá una fantasía más norteamericana que la de eliminar ciertos recuerdos, borrar pretéritos, reconstruir una memoria artificial? Una nación como la norteamericana, si quiere erigir un control centrípeto, debe instaurar un sistema de recuerdos comunes, y la industria del espectáculo se encarga de recontar las historias de comunidades dispares de modo de generar un imaginario compartido. Se trata, en el fondo, de abolir memorias históricas personales y nacionales en bien de un espectáculo, y de reforzar una neomemoria, ya sea mediante la industria del cine o, en el caso de Olson –el poeta escogido por Heriberto Yépez-, mediante utopías formuladas por la literatura. Se trata, en el fondo, de la reeducación perceptual necesaria a los ciudadanos del complejo industrial y militar de Occidente.
¿Puede una biografía explicar un imperio? Sólo si el libro no trata de un individuo sino que lo usa como dispositivo o pretexto para hablar de la relación entre vida e imperio. Entre otras cosas, este libro es una lección de literatura norteamericana. Charles Olson es el precursor de la contracultura, del beat, el primero
en utilizar el concepto de postmodernidad. Y es también la excusa de Yépez para aplicar todo el stock conceptual de la filosofía contemporánea al análisis de los EUA, su literatura y su cine, desde ese mirador cultural que es Tijuana.
Cinéfilo y omnívoro como el mismísimo imperio, Olson sólo podía comunicarse epistolarmente. Nerd como él solo, le costaba un mundo la comunicación persona a persona y aquí Yépez salta hacia el análisis de lo postal –la carta, y por extensión, el mail- en los cuentos de Rey Bradbury que tratan el tema de lo mexicano.
Para Olson la poesía era información, y trabajó –ojo, dato clave- en el aparato de propaganda de guerra de EEUU. A diferencia del Imperio de Hardt y Negri, que ofrece soluciones tales como las asociaciones civiles, este Imperio de Yépez es un retrato y un análisis que ocupa como excusa la biografía de un poeta (y en buenahora, por favor, ¿a quién le interesa el anecdotario de un poeta para mitificarlo? Quizás Detectives Salvajes clausuró el tema, aunque ciertos discursos insistan en auratizar, en reificar y por lo mismo inmovilizar la figura del héroe romántico-reventado-maldito, y a eso se debe en Chile la figura estereotipada del poeta como una especie ridícula de Ozzy Osbourne o de Courtney Love: últimos ejemplos, últimos y pálidos intentos: Rodrigo Lira y algún otro nombre por el lado patotero de cierto siniestro grupete anidado en una universidad privada; y la colorina por los lados flacos del oficialismo.
La gilada necesita mitos.
O pseudo-mitos
O caricaturas.
Olson se inventó una genealogía: gringo en búsqueda de la calidez de la madre mexicana, su padre será el sol, su visión gringa de lo Maya es distorsionada al igual que la China sui generis de Pound. De manera similar, estudiamos desde Latinoamérica a nuestros padres postizos, escogidos: Whitman, Pound, Olson. Los padres del imperio son también nuestros padres, afirma el peruano Antonio Cisneros . Y Yépez: si la poesía resulta bella es porque canta la canción del imperio: la única música que nos alimenta. Lo valioso de este libro es la audacia de sus afirmaciones y la ausencia de clichés y resentimiento a la hora de referirse al imperio norteamericano. Con respecto a esto último, recuerdo a un gringo que conocí en Santiago, amigo del estudiante de literatura Christian Gómez; ese gringo, para izquierdizar la figura de Enrique Lihn hacía unas cabriolas teóricas de un barroco tan impresionante como cómico: simplemente no le entraba en la cabeza el hecho de que Lihn haya sido mas bien reaccionario. Lo que tampoco es para hacer gala, pero simplemente no hay que falsear las cosas.
Lo que Olson busca es la “América” de Melville y Whitman, el “vórtice” de Pound, el “Aleph” de Borges. El libro de Yépez ilumina entonces la hipertrofia y el gigantismo -Olson medía dos metros- de este poeta acaparador, militarista (el poema como campo de acción) y totalitario como Pound. Esos creadores –y luego los nuestros, en su americanidad inaugural- pretendían que todo el mundo entrara en sus poemas. Tan alharaco como un épico chileno, ante la más trivial fogata, Olson imagina a Prometeo. Si comprendemos la literatura norteamericana, las épicas Whitman-Pound-Olson, también comprenderemos las épicas de Neruda, Zurita y sobretodo de Rokha. Equivalen en Olson, en Pound y en de Rokha la obsesión y la búsqueda del padre en las figuras de Cristo, Stalin, Mao, Kung Fu Tzu, Mahoma, Satanás, Hitler, la Biblia , Quetzalcoatl, Moby Dick. Desde ahí también podemos entender lo que pasa con alguno de nuestros poetas más recientes.
Otro aspecto que trata el libro, importante a la hora del análisis, es el pegamento de los poemas (o de las unidades narrativas en la novela o de los cuadros en el cine, da lo mismo): en Pound el capricho y el ego; en
Williams la provincia o ciudad; en Olson, la energía. En el más célebre y sobrevalorado poema de Gonzalo Millán –cuya poesía es traducción y no lo digo en términos despectivos- el pegamento también fue, siguiendo a Williams, la ciudad. El Millán plástico, mínimo fue más eficaz a la hora de abandonar los discursos totalizantes y de agotar las posibilidades de la observación. Pero la historia de la literatura la cuentan los que tienen la sarten por el mango, ellos imponen a sus autores. En Chile estamos bajo la dictadura de un grupo de personas que imponen lecturas, proponen autores y acallan a otros: con plata se compran huevos, con plata se le puede meter el dedo en el culo al Papa, se pueden comprar manuscritos, autores, se puede ejercer el poder. ¿Quién reconstruirá la memoria de los años noventa, por ejemplo? ¿Tan acostumbrados estamos a la voz única de “la autoridad”? ¿Cuándo el ladrillo le va a responder al karateka que lo rompe sin que nadie le diga nada? ¿Qué atroz cagada, qué condoro cometimos antes de la transición para merecernos un monopolio editorial y uno o dos opinólogos atroces en toda la prensa y artículos insípidos de diario de vida?
Es sano elegir padres postizos cuando la literatura de un país es un intento desesperado por presionar para imponer a la fuerza a los nuevos referentes que conformarán el canon. Lo he dicho una y mil veces: si aquí hay asfixia, miremos a otros lugares: a Perú, Argentina, EUA. Se puede salir del horroroso Chile.
Manipulación de la memoria
El sueño americano es el sueño de una nueva memoria, de una reescritura de la memoria. Olson quiere reescribir una épica en donde lo Maya sea fundamental. Esta memoria con padres postizos o escogidos como la personal historia de oriente en Pound o de los mayas en Olson, aparece con nitidez en el cine: Total recall, basada en Phillip Dick e interpretada por Shwarzenegger, que trata de el implante de una
tecnomemoria en la población norteamericana y de una confusión entre fantasía y realidad que lego se hizo visible en la historia posterior, en las guerras de Bush1, Irak 1, 9-11, Bush 2 e Irak 2. EEUU sólo vive, ha vivido y añora vivir en la década clave de los años cincuenta.
Yépez hace un análisis detallado de la obsesión norteamericana con la memoria en los filmes Vanilla Sky , eternal sunshine of a spotless mind (también inspirada en Phillip Dick, quien inistía en saldar la deuda de la Sci-Fi con lo romántico) The final Cut, matrix, the truman show, minority report, blade runner, man in black, memento, paycheck, The I inside, The butterfly effect, My own private Idazo, Back to the future, the net, lost highway y un análisis brillante del clásico Casablanca. Afirma Yépez que Hollywood es el experimento de la reorganización de la memoria más atrevido desde Hegel, que una porción considerable de la cultura estadounidense surge de la fantasía de rehacer la identidad mediante la rehechura o reconfección de la memoria ¿Habrá una fantasía más norteamericana que la de eliminar ciertos recuerdos, borrar pretéritos, reconstruir una memoria artificial? Una nación como la norteamericana, si quiere erigir un control centrípeto, debe instaurar un sistema de neo- recuerdos comunes, y la industria del espectáculo se encarga de recontar las historias de comunidades dispares de modo de generar un imaginario compartido. Se trata, en el fondo, de abolir memorias históricas personales y nacionales en bien de un espectáculo, y de reforzar una neomemoria, ya sea mediante la industria del cine o, en el caso de Olson, mediante utopías formuladas por la literatura. Se trata de la reeducación perceptual necesaria a los ciudadanos del complejo industrial y militar de Occidente.
El sueño americano es el sueño de una nueva memoria.
Por otra parte, este mismo tema de la elección de la memoria lo trata Yépez con muchísimo humor en el cuento mex (next) World, en la antología de narrativa mexicana actual Grandes hits compilada por Tryno Maldonado. En un mundo de fucking machines de nombre Salma, Pepe el Toro, Andy García, de reality governments. (Imaginemos por ejemplo, un reality en La Moneda o en la sede de la UDI), gobiernos swingers, etc, en ese mundo, el protagonista, un director de apellido Galindo, introduce películas en el pasado, mete películas en el pasado, reproduce fielmente filmes de estilo clásico (de lucha libre, de Jorge Negrete, de Pedro Infante) para reinventar el pasado. Pero el director Galindo en ralidad no existe, se trata de un grupo de cineastas en los que está un tal Jerome Rothenberg, un grupo de cineastas que rehacen el cine del pasado filman cosas que podrían haber ocurrido. Como por ejemplo, la obra que –aquí introduce una nota de género- Elena Garró hubiera escrito de no haber conocido a Octavio Paz , ya que se dice o se sabe en la plática de taberna o café que ella fue un talento asfixiado y consumido por el premio Nobel mexicano.