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El escritor mexicano Álvaro Enrigue ajusta cuenta con la cursileria latinoamericana

“Cómo un continente pudo estar orgulloso de ‘Rayuela’”

Por Germán Carrasco
La Nación Domingo. Domingo 25 de enero de 2009

 

Desde Mario Vargas Llosa hasta Sergio Pitol pasando por Margo Glantz, han mostrado su entusiasmo frente a la producción de Álvaro Enrigue. Acá habla de su celebrada novela "La muerte de un instalador", de "Hipotermia" (Anagrama) y "Vidas perpendiculares". También sobre Obama, el PRI y la aparición del tema de la paternidad en literatura.

-En "Hipotermia" hay un cuento sobre un indio norteamericano expuesto como pieza de museo que luego termina de barrendero de aulas. Algunos lo  vieron como símbolo del académico latino en EEUU.
-No soy mis personajes y preferiría nunca estar cerca de ellos: tienen mucha peor leche que yo y lo que opinan ellos no siempre es lo que yo opino. No hace mucho un profesor leyó "Hipotermia" y me mandó un correo para invitarme a un acto en el que se solidarizaba con mi divorcio: y la verdad es que llevo casado con la Güera 17 años y no creo que eso vaya a cambiar pronto. La primera persona es más bien una herramienta retórica: descubrí temprano que tiene más impacto, digamos moral, en los lectores porque es una persona narrativa con un dejo de autoridad que no tiene el narrador omnipresente. La discusión que propone el cuento de Ishi, entonces, es más literaria que cultural: de la única minoría de la que me siento parte es de la de los lectores tradicionales, que es una minoría cómoda, arrogante, electa y pendenciera. Siento que vivo en un museo que todos los demás (salvajes) visitan los fines de semana. Somos los últimos de algo y está bien. Mi identificación con Ishi pasa más por que me siento dueño de un conocimiento polvoso que ya a nadie le interesa que por su condición de minoría.

-A propósito de gringos, ¿cuáles son tus expectativas con Obama?
-Como no aprenda a caminar sobre el agua, el pobre hombre va a tener problemas. Las expectativas son demasiado altas para alguien que, al final, tiene que hacer el trabajo de ser Presidente de Estados Unidos.

-En los cuentos de Rodrigo Rey Rosa había una preocupación  casi paranoica por su hija, y en una novela de Alejandro Zambra hay una hija adoptiva. En "Hipotermia" también aparecen hijos en el contexto de un desastre natural. Al parecer es un tema.
-Soy, más que cualquier otra cosa, el padre de mis hijos. Es natural que el tema vaya dejando un rastro en todo lo que escribo. Además los tres tenemos un apellido muy raro que compartimos con poquísima gente en todo el planeta. La herencia familiar, entonces, me interesa mucho por razones, digamos, vitales. Además hay asuntos sociales: nací en 1969 en México, justo el año y el lugar en el que se inventó la píldora anticonceptiva. Es apenas natural que la narrativa de un tiempo se planteé las preguntas que son nuevas en él: si los hijos ahora son electos, ¿qué hacemos con la paternidad? Me parece que buena parte de los procesos revolucionarios del último cuarto del siglo XX venían de la sublimación de esa pregunta: que fuimos los primeros seres humanos en hacernos.

-¿Y qué hacemos con la paternidad?
-Escribí "La muerte de un instalador", porque quería ser escritor y porque me interesaba saber qué pasaba en un fin de siglo si imponías ahí a un personaje del anterior fin de siglo. Tanya se embarazó por entonces y desde que nacieron simultáneamente mi primera novela y mi primer hijo, una parte esencial de todo lo que cuento tiene que ver con eso: ¿Qué hacemos con la paternidad? Es una pregunta abierta, que sigo tratando de responder y que de algún modo guió los destinos de todas las posteriores al nacimiento de Miqui y que probablemente guíe los de las siguientes. No sé qué hagamos con ella; no sé de dónde viene el impulso de ser padres si podríamos evitarlo. Luego, Tanya y yo tuvimos un hijo más y tendría cinco si fuera económicamente factible.

-"En La muerte de un instalador" hablas del mundo del arte como una cosa muy obscena: flujos de platas, mecenazgos, humillaciones, fiestas decadentes. Cómo ves ese mundo en relación al mundo de las letras.
 -Lo que me interesaba recrear en "La muerte de un instalador" era la decadencia del sistema corporativo del PRI; veía al arte sólo como un vehículo para despolitizar una novela muy política. No me parece que el mundo editorial sea tan así.

-Quizá no en Frankfurt o Guadalajara, pero en ciertos lugares hay grupos provenientes del mundo privado, del mundo conservador,  la iglesia o la izquierda acomodada, que no practican precisamente el fair play a la hora de instalar o borrar autores del mapa.
-No es el caso de México, que es del que podría hablar. La Iglesia aquí está acorralada desde los años veinte del siglo pasado y no tiene la menor influencia en la vida cultural del país; mucho menos en la editorial. Y los conservadores mexicanos son más bien de risa: Calderón, que es el presidente más a la derecha del último siglo mexicano está a la izquierda de Obama. Y por cierto, no pecar de corrección política y falta de memoria: mucho más peligroso que todos los grupos que mencionas es el de la izquierda histórica, pregúntale a los cubanos si no...

-En México he sondeado una extraña nostalgia por el PRI y está el omnipresente poder del narco. Se ve un poco nublado el panorama.
-La imbecilidad mexicana no tiene límites, pero los sondeos siempre favorecen al PRI antes de las campañas y, desde que las elecciones son limpias, pierden. No porque la gente entre en razón una vez en la casilla electoral, sino porque los únicos mexicanos más imbéciles que los imbéciles que votan por el PRI son los priístas mismos: se robarían lo que tienen en una bolsa del pantalón para metérselo en la otra y no pueden evitar mostrar su cleptomanía una vez que empiezan las campañas; es inherente al ser del partido. Lo del narco, eso sí, es lo peor que le puede pasar a un país.

-"En la muerte de un instalador" inventaste una prosa, un ritmo. Muchos narradores se limitan a redactar de manera casi didáctica ¿Dónde pones tú el acento?
-Procuro que lo que escribo me dé risa. Luego, siempre escribo lo mejor que puedo. Ciertamente, lo que más trabajo me cuesta es contar algo, llegar de A a B. Mi preocupación en la hora de la escritura es llegar de A a B sin ser aplastado por la vulgaridad, el sentimentalismo latinoamericano, la estupidez pura y dura. Si mi prosa es aceptable es producto del miedo a todo eso, pero ciertamente no sé de dónde viene. Una amiga poetisa lo puso muy bien: la prosa crece como las matas, sola, es improyectable porque sólo es algo que pasa mientras tratas de mantener todo lo demás bajo control.

-Eso de la estupidez latinoamericana suena como a Vargas Llosa Jr. y su discurso paranoico cuando alertaba sobre los populismos latinoamericanos que iban a ser peores que el infierno. Háblame de esa cursilería o estupidez latinoamericana.
-La cursilería latinoamericana, la cursilería... ¿Cómo pudo un continente estar orgulloso de "Rayuela"? Es cursi cuando es sentimental y cursi cuando es intelectual. O piensa en todos estos profesores chilenos y argentinos en los Estados Unidos, a los que no se les entiende una palabra cuando escriben: pura cursilería académica, Darío en espánglish. Es el afrancesamiento tan ridículo sumado a la proverbial tontería hispánica: estamos jodidos. ¿Guerrilleros que escuchan el "Unicornio azul" a la espera de que los agarren los cuerpos de seguridad más jodidos del mundo? ¿La interminable telenovela política mexicana? ¡Maradona, por el amor de Dios! Si nos arrancaran el órgano de la cursilería seríamos alemanes en diez minutos, o cuando menos ganaríamos más mundiales.

 

 

 

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El escritor mexicano Álvaro Enrigue ajusta cuenta con la cursileria latinoamericana.
Por Germán Carrasco.
La Nación Domingo. Domingo 25 de enero de 2009