Proyecto Patrimonio - 2009 | index | Germán Carrasco |
Autores |

 

Germán Carrasco y la idea de un cuarto propio

Residencias en la tierra


Por Germán Carrasco
Desde México / La Nación Domingo / 9 de noviembre de 2008

 

Llega un momento en que un escritor que apostó y sobre el que hay cierto consenso en cuanto a lo interesante de su tentativa necesita recluirse una temporada con un computador y una buena dosis de bibliografía. Cancelará por un tiempo su trabajo de lo que sea, podrá comer tres veces al día y dedicarle a la obra tiempo suficiente: las letras son celosas. Su prosa podrá alimentarse de investigación e información dura y además se dará cuenta de la relatividad de los valores culturales de su país, de la existencia de otros parámetros y paleta de ideas. Respirará con alivio por esto último. Y por la posibilidad de "estar en" la obra. En alguna parte Antonio Cisneros rechaza la idea de la torre de marfil y dice haber escrito con hijos jugando encima, juguetes, leche derramada, trabajos pendientes. "Vivo, duermo y muero en la realidad", dice Gonzalo Rojas.

Sin embargo a veces es preciso sentarse ante el computador con cierta tranquilidad: para eso existen las residencias. Son muy distintas a los tristes exilios de académicos que en general pierden la perspectiva de Latinoamérica o se vuelven locos. En "Pnim", de Nabokov, al protagonista comienzan paulatinamente a quitarle cursos y muebles del departamento de literatura eslava como sugerencia de despido. Javier Cercas escribió una novela paranoica sobre este tema, en donde en una universidad le arrebatan hasta a su novia. Distintos a las residencias son los inútiles encuentros literarios que, ya sea en la provincia más remota de cualquier lugar de Latinoamérica o en Europa, son casi siempre espectaculares libaciones de las que a veces lo único bueno que se extrae es la visita a un amigo que se fue a Europa. Aunque en general se trata de realities de un grupo de fóbicos injustificadamente vanidosos. Y en el caso de los encuentros en el primer mundo, nos encontramos algunas veces con las distorsionadas visiones que tienen y esperan de Latinoamérica, o con algunos europeos que, sin hablar español, se niegan a hablar en una lengua de acuerdo (todos sabemos que hablan un correcto y cuadrado inglés sin matices, pero se niegan a hacerlo, y a veces no hablan español, resultado: comunicación cero) y lo único que quieren es meterse a la cama con las chicas latinas, lo que me parece muy bien, pero entonces que luego no se hagan los políticamente correctos. En el primer mundo, en general, se espera una caricatura de Latinoamérica, y fue precisamente un tropicaloide y macondiano cocodrilo de caricatura, el logotipo de uno de esos encuentros.

Una vez durante un viaje de Munich a Berlín soporté el trayecto en un pequeño bus escuchando chistes de nazis por parte de cierto poeta y la música monótona de un cantante pop de MTV que cantaba como el Topo Gigio y que declaraba "odiar el rock y los libros". Ambos eran escritores latinos, al igual que yo. El día posterior al pago de viáticos aparecieron calzados con unos Dr. Martens estampados. Aquel día, durante ese trayecto, habría preferido viajar solo y ver caer la nieve (como en ciertas partes de Chile) leyendo las "Elegías del Duino" de Rilke (en la traducción de Valverde), pero no sé por qué motivo había que viajar juntos como ganado literario en el bus con el famoso afiche del cocodrilo -ese representante de Latinoamérica: jamás en mi vida he visto uno- pegado fuera del vehículo.

CLAUSTRO SAGRADO

Creo que para un escritor sólo tiene sentido la reclusión en el claustro sorjuanesco. Uno de los más célebres es el taller de escritores de Iowa, por ahí pasaron varios nombres mundialmente conocidos. Cada sesión del taller es una fiesta de la palabra; pura retroalimentación. Un poema o un trozo de prosa se pone al horno, con el inglés como base y opinan los escritores desde el swahilli al nipón. Y luego el traductor trabaja in situ con el traducido. Pero uno de los problemas es quién asigna esa residencia. La selección del taller de Iowa gozaba de prestigio cuando en Chile estaba en manos de la Fundación Andes; hoy, desafortunadamente, lo entrega un pequeño grupo con sede en una empresa de educación privada omnipresente y patotera, y otorgan la residencia en Iowa a su propia gente o a quien ya les devolverá el favor, lógico.

Por otro lado, con respecto a la idea de residencia o programa, está la tesis de Eliot Weinberger, según la cual, la idea de programa de escritura creativa habría nacido para domesticar y neutralizar a los focos contraculturales amenazantes que existían en las dos costas de EEUU. Según Weinberger estos programas habrían matado la literatura y uniformado las poéticas de sujetos que escribían con verdadero espíritu cuando eran un grupo de vagos que pasaban un sinfín de pellejerías. La intención de los programas de escritura tendría entonces un sesgo político: aburguesar a los escritores y dispersarlos por todos los estados para que no se convirtieran en polos de ideas desestabilizantes. Pero la pregunta es ¿qué es mejor?: (a) ¿escritores deshechos por las drogas, cesantes, con hambre y destrozados por problemas siquiátricos o directamente muertos; o (b) las mismas personas "aburguesadas" con seguro médico, tres comidas diarias, un lugar para escribir y aulas en donde pueden compartir su experiencia? Me inclino por lo segundo, lejos.

En este preciso momento estoy terminando un libro gracias a un programa como los que he descrito, pero la gracia de éste en particular es que es iberoamericano y no somos tucanes y cocodrilos: macondianas ratas de laboratorio cuya escritura es analizada con marcos preconcebidos. Lo mejor es trabajar en un proyecto a tiempo completo, leer, reflexionar. A veces hay que abandonar nuestros trabajos de lo-que-venga y dedicarnos a las palabras. En Chile, tener trabajo en algo relacionado con la literatura, hacer clases o lo que sea es muy difícil si uno no pertenece a un círculo relacionado con una universidad privada que tiene absolutamente todo agarrado como fierro de carro de montaña rusa.

En este momento me encuentro con un el escritor uruguayo Horacio Bernardo en una casa con piscina y un patio que parece un parque. Nos tratan de maestros y sólo nos piden que demos una clase semanal en la que hacemos lo mejor que sabemos hacer. O presentar un libro, a veces de una superestrella que leímos con cariño y releemos con la idea de decir algo a la altura, o dar una clase en un colegio de educación media o básica. Pero el tiempo que nos queda para leer y escribir es sagrado.

Ahora, por ejemplo, hay un silencio de cementerio -de esos asépticos, con dunas de pasto verde que parecen canchas de golf- en el balneario que nos asignaron para terminar las obras, y para mi eso es algo muy valioso. Hoy, mientras escribía, sentí al narrador uruguayo hacer un gesto, un silbido a alguien o algo. Salí a ver de que se trataba y él estaba tratando que un hermoso perro sin raza infiltrado en nuestro patio se quedara con nosotros. Intentaba adoptarlo. Me uní a las peticiones del uruguayo llamando al perro, silbándole, golpeándome el muslo. Luego me apresuré a la cocina por un trozo de pan o de algo para que el cánido se acercara y poder hacerle cariño y explicarle que nuestra intención era que se quedara con nosotros. Estuvimos un tiempo tarkovskianamente extenso en ese trámite. Caía el crepúsculo sobre San Agustín Etla y afuera se escuchaba el murmullo de una corriente. Luego retomamos nuestras laptops.

 

 

 

Proyecto Patrimonio— Año 2009 
A Página Principal
| A Archivo Germán Carrasco | A Archivo de Autores |

www.letras.s5.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez S.
e-mail: osol301@yahoo.es
Residencias en la tierra.
Por Germán Carrasco.
Desde México / La Nación Domingo / 9 de noviembre de 2008.