
CINCO SÍLABAS
Guillermo Soto Vergara
Académico.
Departamento de Lingüística
Universidad de Chile
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Hace unos días, en un bar, con una amiga y un poeta, caímos en cuenta
que había toda una retahíla de garabatos que seguían un mismo esquema
rítmico. Los improperios en cuestión constituían perfectos
pentasílabos de los que la tradición métrica llama dactílicos o
adónicos: versos de cinco sílabas con acento en la primera y en la
cuarta: hijo de puta, conchetumadre, cabro de mierda, vieja culiá. Y
aunque el apuro puede transformar alguno en tetrasílabo, un verso de
solo cuatro sílabas con acento en la primera y la tercera, la
diferencia con el adónico es abismante: poco tiene que ver el
desaliñado saco’e huevas, con el eufónico saco de huevas, que se
demora con fruición en cada una de las palabras del insulto. Otros
ataques verbales, más o menos jocosos, también se ajustan al modelo: anda a bañarte, salta pa’l la’o, cuéntate otra. Que el ritmo es
contagioso lo muestra el meme melódico del año: tírate un paso, que
repite el mismo esquema que el corre el anillo.
Tomás Navarro Tomás, que con ese nombre no podía sino dedicarse a
estudiar el ritmo del lenguaje, dice que el pentasílabo tiende
naturalmente a ser dactílico. La adónica Santa Teresa hizo del metro
un arte: Nada te turbe; nada te espante; todo se pasa. Bécquer también
tiene su cosa, aunque como se sabe, con él siempre corremos el riesgo
de que nos suba la glicemia: Quién fuera luna, quién fuera brisa, quién fuera sol. Se nos dice que este verso se combinaba con
endecasílabos en las estrofas sáficas. Hay una famosa de Esteban
Manuel de Villegas: Dulce vecino de la verde selva, huésped eterno del abril florido, vital aliento de la madre Venus, céfiro blando. Nicanor
Parra modifica estos versos para escribir la defensa de su hermana. En
la nueva versión, en vez del céfiro blando va Violeta Parra, que,
claro, no forma verso adónico. Viola doliente y Viola chilensis, sí.