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del diario
de  Teresa y Sylvia

 

J    u    a    n      E    d    u    a    r    d    o      D    í    a    z

 

 

del diario
de Teresa y Silvia
copyright/Juan Eduardo Díaz.

Derechos Reservados
juaneduardodiazc@gmail.com
www.juaneduardodiaz.blog.com.es

Inscripción 153441
I. S. B. N. 956-8141-37-1

Editado por Cantriac.
Diseñado y Diagramado por Cantriac.
Fotografía Portada “Ophelia”, por Josephine Sacabo.

 

* * *

 

 

tu voz
en este no poder salirse las cosas
de mi mirada
ellas me desposeen
hacen de mí un barco sobre un río de piedras
si no es tu voz
lluvia sola en mi silencio de fiebres
tú me desatas los ojos
y por favor
que me hables
siempre


“Presencia”
 Alejandra Pizarnik. (1936-1972)

 

 

 

 


julio

  



tengo miedo, sábado 9 de julio

El invierno que me inventé fue para quedarme por unos días con mi sola imagen de cruz a fecha, no detener dialogo con naturaleza alguna,
ni con ningún ser que pruebe verte y encontrarte en mis ojos.
Pasado el azar de dos septenarios prolongué este ejercicio por un mes,
al descubrir que podría soportar más tiempo me decidí por cinco treintenas más.
Hoy no puedo hacer callejuelas, las sombras de los albatros me anhelan como cóndores circulando en el aire, me asustan.
Me hacen recordar mis diez edades y los veranos en la playa grande de Las Cruces, tendida de espalda y sobre la arena caliente, mirando al sol hasta encandilarme, como poseída por un rayo cegador, hasta que la sombra de un puñado de gaviotas me librase por fin de ese contemplativo estado…
Tengo miedo hasta de asomarme por la ventana.
Tengo miedo de todo. 
El rincón preferido pertenece a las mareas en la paciencia de las arañas,
junto a las yermas de lo que subsistió en el hastío, fatigado por el ritmo de los relojes; esos que ni siquiera me reconocen,
y yo me pierdo de cómo llamarles, cercanos al modo de mis parientes.
Ahí, junto a la ropa que conserva tu aroma, mordiendo la nicotina y el sudor, y tras la puerta, donde el sol llega temiendo a la sombra, que avanza como un caracol monótono.
Tengo frío de aquí dentro, bajo las costillas.
Tengo manchas en todo el cuerpo, la piel suave y un sexo débil, que me obsequió la represión de dios, por nacer hembra…

 

 

cómo se llama, sábado 16 de julio

Tengo algo aquí, no sé, cómo se llama esta parte, justo atrás de mi rodilla que me hace cojear de versos, de original, de sentido, me hace cojear hasta de mujer.
Yo no sé, cómo se llama esta parte.
Me hace doler hasta el cuello, bajo de la oreja.
Me asusta el ritual callejero de encontrarme con mi reflejo, pero las polarizadas vitrinas me sonríen con la simpatía de un bolero rancio de vino.
No sé, cómo se llama esta parte, aquí, bajo el mentón, donde me tocas, donde me gustas…
Y me haces promesas de horizonte, de espalda desnuda,
de tu mano entre las dos.
Yo no sé, cómo es que se llama esta parte que tanto me duele cuando no estás, la misma que sólo recuerdo cuando me miras y donde te alcanzo y te duermes…
Porque tu boca lleva mi ropa interior empapada y un estúpido sortilegio en los labios.
No lo sé, cómo es que se llama este lugar, donde pusiste tu dedo, donde clavaste a modo de zarpa y como a sorbo egoísta tu beso…
Y si me dijeras que no lo sabes… te creería.
Si cogieras nombres al azar con la letra eme al comienzo también lo haría,
aunque no dijeras nada, nunca dejes de mirarme.
Tengo algo aquí, no sé, cómo se llamó esto…

 

 

última desolación, sábado 23 de julio

Las he descubierto, sus cientos de ojos acosándome son capaces de punzar mi piel, traspasar mi blusa, figurarme el aliento.
Son las mismas que me recibieron el día en que llegué a esto que susurra como un calabozo…
La humedad de fondo marino corrió a pasos de niñas fantasmas,
abrazándome y dándome inquietas una bienvenida de aires.
Demasiado tiempo, demasiado.
Cada rincón enmarañado de la astucia de hilos, una puerta de metal en nuevas ruinas, que al abrir usurpa el chillar de la reclusión,
el orgullo escurre por la aldaba severa arrebatada del infierno, como un secreto.
A un costado todas las miradas, al autora de la luz que no condena confiada en sus gruesos barrotes de acero —el abandono es evidente.
A mi izquierda el closet alberga olores de longevas prendas colgadas en los muros.
Por la tarde susurran castigadoras oraciones, como sudando aún la enardecida secreción de la anciana que esperó veintiocho días para que su olor, para que la metáfora de las moscas y la carne aterida en la candidez de ronroneros hocicos, alentaran a los curiosos a hurguetear por el marco vomita sangre y sombras…

 

 

cuarenta y ocho horas, sábado 30 de julio

Atravesaste mis costillas.
Trabajo con la hostil belleza, ya te lo dije, pero fuiste capaz de tomarlas y mostrármelas sin el asco de las doce, a tu manera
y como es todo en lo frágil, a tu manera.
—Éstos son tus huesos, no eres fantasma —decías.
Extraño lo que no fuiste.
Soy como una pequeña descubriendo una caja en lo secreto del patio, envuelta en papel rosa y cinta amarilla.
Mis primeras manchitas de sangre en el algodón…
No me atrevo a abrirla, no me pertenece, nunca fueron para mí las lunas llenas…
Me robaste aquel precioso romance en medio de la fiesta del sepelio, sin embargo agradezco por tu obsequio que tembló cuarenta y ocho horas…
Te quiero de espalda desnuda y cuando te marchas, y me haces llorar…

 

 

 

 

una de otra

 

 

 


Hay una energía que mana como cascada invertida por las paredes, por la decoración, por las copas dormidas en la bandeja y el champagne como a noche despejada… El silencio es poseído en un camastro a toda desinhibición. La culpa es del sol filtrándose por la ventana, una fogosidad que arranca del catre chillidos secos y sordos. El inevitable descontrol se limita a un contacto de pieles, resultado del estallido ineludible de recuerdos…
La una baja lentamente desde los hombros hasta la cintura e la otra. Consorte de danza. Se vuelve sobre su espalda. Casi diez años juntas, el mismo escenario, los mismos pasos de memoria. Un salto al vacío desde el aire, caída libre, ambas se reciben oportunamente correspondiéndose, y a cinco metros del piso. Giros. La otra alcanza el rostro de la una y ésta la vuelve a asir de la cintura, alzándola hacia el aire. Figura del ángel. La otra se desliza delicadamente por la finísima espalda de la bailarina, de pie, forman unidas una masa compacta. Manos en los costados. Ambas se giran para existir justo en medio de su propio escenario, descubriéndose en sus pupilas…
La una atrae hacia su cuerpo a la otra, cerrando los ojos para sentir ese primer beso que le estalla en el cuello, crispándola y obligándola a buscar, cual ciega hembra, la boca de su primer amor. Alcanzando sus caderas, la ciñe contra su cuerpo para sentirla de verdad; su siniestra se desplaza por la calma espalda mientras desliza su diestra por el postrero, bajo el jeans gastado y en la porfía de sentirla a suaves roces sobre su delgado calce. El agitado respirar alardea por el aire del lugar, todos los rincones a baja luz, hasta enmudecerse tocando el mullido hilar de la alfombra. La una da libre voluntad a sus manos que se retuercen serpenteantes por entre una blusa alígera en desaparecer. Así, la otra se gira de memoria. Atrás sus manos comienzan a destrabar el botón, empeñándose en bajar y traspasar la barrera telúrica, ubicándose para ahora sentirla a la zaga. La una, con sus dedos pellizca alternadamente los pezones de la efervescente muchacha, mientras la pericia de la mano ajena se desliza por el torso hasta el pantalón, dibuja círculos y se introduce más abajo, avanza un poco y se detiene entonces. El mayor de sus secuaces se introduce con agilizada prestancia en la hirviente humedad, conteniéndose de instantes y ejecutando movimientos circulares en la comisura superior. Arranca quejidos cortos, intercalados con hilos de suspiros, suaves golpes de corriente que estremecen la delgada figura, la otra se vuelve y de rodillas no trepida en bajar esos jeans, la delicadeza precisa, desbarrancarse (en caída libre) desde el ombligo, desciende a todo descontrol, la lengua a filo de cuchillo, hasta el sabor y la suavidad inexplorada de su ingle…

 

 


agosto 

 

 

 

 



imaginaria, sábado 6 de agosto

Como a la arrastra el espectro de la muchachita bella y su amiga de juegos…
No fue para siempre como nos dijeron —promesa del mismo sexo—
Esa marca que aparece en la piel, es mentira que desaparecen los besos,
hermana hermosa no es broma el miedo al infierno.
Yo visité la soberbia de la candidez que mora en las habitaciones vaciadas de parejas, sin nombre ni apellido, donde ellas siempre llevaban tu aroma.
Tu calce y un ligero silencio en la boca, donde siempre te encontré llorando, sobre todas esas camas, aún tibias, aún desordenadas…
En rebeldía es tu otra que no hace nada más que esperarme en la ventana…

 

 

retazos, sábado 13 de agosto

Porque es absolutamente necesario hacerlo, porque debiste creerme cuando te lo prometí.
Éstos son nuestros momentos, te los devuelvo con todo el amor que puede soportar un reencuentro.
Éste es nuestro diario, sin edades vividas, ni fechas reales, sin tiempo.
Entre las líneas verás pasar una a una las estaciones, en tu piel ya no sentirás la tibieza repetida de crueles soñolencias, esas que susurran mi nombre junto al tuyo y bajo la almohada.
Porque tú y yo somos hembras y es malo serlo, es terrible de vez en cuando llorar porque sí, y tomarte de la cintura y besarte en los labios.
Estos son los retazos, porque nunca supe decirte las cosas.
Porque en estos melancólicos ojos alguna vez te miraste.
Esta mi desmallada voz susurró tu nombre, ahora mi heroica y ferrosa alma, insufrible al dolor, se dobla a seguir queriéndote, aunque sea ahora la última vez y nunca más lo vuelvas a oír del resquicio de mis labios…

 

 

uno de estos días, sábado 20 de agosto

Tuve la idea de encontrar tu melancólica figura abriendo la pesadez de una puerta en lo que llamabas mi casa, con los ojos llorosos, cansada de los huesos, el terror en plena declaración romántica que rozaba tu rostro, con un perdóname asustadizo en la mirada y la sangre brotando de tu cuello…
Alguna vez me lo susurraste al oído.
Cuántas veces más he de morir por ti mañana, y pasado mañana,
cuántas veces has de esperar que ocurra algo o simplemente que la lluvia se deje caer por tu soberbia,
por tu porfía ferrosa de querer ser feliz contigo misma.
Uno de estos días… uno de estos días me quedaré contigo para siempre,
como quien amenaza saltar al vacío, como quien se adueña del mañana, y del pasado mañana…
Estos días no me pertenecen, debes salvar mi miedo a todas las cosas,
a eso que una vez dormida me dijiste; ¿lo recuerdas?...

 

 

porque envidio, sábado 27 de agosto

Es que justo este espacio siendo mi morada no me pertenece,
dónde me dejaste, tendida de espalda al sol…
Que no sé por qué me duele, no sé…
Me inquieta el sortilegio atroz, donde la melancolía se me crea a solas como una compañera con dedos de cuchillos, que ni siquiera me duelen en la piel.
Una, dos, tres, cuantas veces fuesen, porque sí,
porque la rabia se hace hasta las venas, tan cansada con la treintena que cargo gustosa, en la etérea morada que no poseo…
Aunque fuese de mi propia carne que hierve, a mansedumbre rumiante,
en la fila de la muerte, por ese golpe que conozco de memoria,
porque no es una, ni dos, sino las tres, cuatro, cinco…
Todas las veces que hoy se me vienen a la cabeza.
Horrible nostalgia de querer estar en plena desolación.
Ya basta… todo el mundo tras la puerta de mi casa.
Ya es tiempo de sentarme a escribir en silencio…
mal acostumbrada de memorias ajenas, sólo porque envidio la mal destinada sombra bajo la tibieza de esos… odiosos estados de coma,
heredados en la gratitud de la insoportable monja que en penumbras se oculta bajo mi piel…

 

 

 


tan de ella…

 

 

 


—Me prometo que no te amaré —le dije, y a fuerza de rocío, en la boca me dejó un beso.
—Trabajo con la belleza —repetía como siempre. Luego se marchó.
Mientras gustábamos de brebajes carmines, ella quieta descubrió su piel; tomé inciensos y velas, vegetales en una esquina sin nombre de la habitación, luego alcanzó el cigarrillo de mi boca y a medio desvestir se paseó felina por sobre la alfombra: —me encantan las velas —insinuó cuando encendía un cerillo para dar luz a los pequeños cirios que distribuyó discretamente por los rincones. Por mi parte acosé las cortinas para que ningún rayo de luz lograra filtrarse, para que nada interrumpiera nuestra noche perfecta, La calle afuera marcando las tres de la tarde; un minuto después creamos la noche perfecta. Luego me quitó la blusa, y a medio desvestir (tanto como ella) le di un beso generoso en hierbas, que nuestras sombras ingeniadas por las veladoras cimbraron de una envidia petulante los muros. Puse música —algo suave, sugirió ella.  Sentí sus manos saneas en mi espalda. Sus labios se abalanzaron sobre mi cuello. Despacio llegó hasta el horizonte de mi estambre. Sentí su palma abierta diluyéndose liquida por mi torso hasta colarse entre mi corsé. Pronta el resto de sus manos estacionaron en mi vientre dibujando trazos circulares, al momento que mordía la redondez de mi oreja. Con un millón de índices escribió en secreto te deseo, Yo apreté a dientes mis labios y a antojo vencí a mis sentidos. Se posó frente a mí, coló una de sus rodillas por entre mis piernas y un beso me invitó a tenderme sobre la alfombra. Con una mano quitó mi corsé y así inició el festín de servirse de esos, mis frutos que maduraban a rabiar entre sus labios y la prudencia de todas sus manos. Toda sudor, toda éxtasis, toda ojos cerrados. Sin dejar el vaivén se montó en mí, trazó con su dedo una línea que comenzaba desde la juntura de sus labios, continuaba por su largo cuello y descendía hasta quedarse unos segundos en la sima de sus jóvenes pechos, continuando por el centro de su torso mármol de Venus. Ya hecha alas sus manos iniciaban caricias sacadas de mis costillas, de mi cintura arrebatada del horizonte una misma tarde, como hoy. Una remontaba el vuelo hasta sus pechos, mientras la otra, a ras de piel planeaba hacia el sur tibio de su sexo. Ahí, donde poco a poco lograba hacerse humedad y gemidos, sacando chispas de los cirios que no soportaban más el fuego, con la piedad de un funeral, con la paciencia de un espejo, tan de ella, tan de mí…

 

 


septiembre 

 

 

 



me resisto, sábado 3 de septiembre

Lo peor es que me encanta ese sufrimiento de buscarte entre las estrellas,
de hurguetear en las sonrisas que se cruzan por la calle,
de robar a golpes de rayos de sol tus miradas ocultas en la gente:
el paseante solitario de las tardes,
la muchachita del quiosco de diarios y tus labios en su boca…
A mares torcidos uno a uno los días de este invierno,
donde la niebla se lleva a los depresivos atados con cadenas por las vértebras,
y yo me resisto a eso, porque tú misma me enseñaste que mejor es quemarse los ojos a perrera que pensar en aquello… 
Aunque pase el tiempo y ahorquen los hábitos.
Pero tú ya lo sabías, la flor del aromo de agosto se adelantó dos meses y me da una pena…
Porque siempre tuviste razón, porque alguna vez lloramos juntas de alegría.
Con esta misma lluvia en el rostro.
La vetusta melodía de los quince asegura la mentira de las flores de plástico,
y es entonces cuando de esta humedad emerges con mi propio maquillaje y mis temores de niña…
Porque siempre lo supiste, yo nunca sería capaz de hacerte sufrir, 
no sería tan capaz de hacerlo como tú…

 

 

promesa, sábado 10 de septiembre

Yo me había visto en una tarde incisiva con la fotografía de mi giganta,
como un trote cascabeleante gastado en los extremos del tiempo,
con las esquinas dobladas a cuello de camisas y sin corbatas, pero sin tus marcas en la garganta…
Tu cabellera peinada de muchachito con medias y corsé, desafiando mi rouge de mujercita pálida.
Esos jueguitos de cortejarnos en secreto…
Yo me había visto ganándome despacio tu mano en mi cara y tú de angélica colgando en las paredes sin quitarme los ojos de encima…
Yo había conocido la soberbia borrasca loca de Lucrecia Borgia y les temí a los gusanos, a la tierra, a la normalidad de todos los días, tan feroces que me asustaba siquiera recordar tu nombre…
Yo me había atrevido a escribir tus iniciales en todos los paraderos, en el frío que poseen los vidrios de los autobuses y en las alas papel de diario del fotógrafo fantasma…
Yo una vez me prometí nunca más verte llorar por mis ojos, aunque se nublen de aguantarme, aunque te vuelvas un atisbo inmóvil y no quede más frente a mí que tu silueta…

 

 

te invento, sábado 17 de septiembre

Para qué me quedo contigo, si te bastó con mirar más allá del mar, y tan allá… 
que perdiste mi figura.
Tan cerca estuvo que no sentiste mi aroma, esa fragancia torpe de muchachita de quince, veinte o cuantos necesitaste asumiera para ti,
esa carrera que sin querer me aleja.
Yo no sé… dónde mi boca se hizo muda, no sé dónde dejaste de mirar mis ojos.
Te lo he dicho vidita: son mis labios los que mienten, no como te miro, no como te invento, no como te toco…
Porque en secreto lloverá para ti este fin de invierno, o si quieres no habrá tardes en ventolera, ni flores de papel, no habrán fotografías, ni dibujos en la carne, no estará mi llanto de rimel, no estará mi ropa, no estarás tú…

 

 

campo florido, sábado 24 de septiembre

¿Qué es lo que necesito para tenerte cerca de nuevo?
Aunque no me hayas olvidado, con la historia pegada en la razón, con banderas de otro color o todos los colores que quisiste.
Para eso vives, aunque te niegues, aunque insistas que yo te imagino…
Porque me confundes con esas palabritas que ni yo misma diría, como tú en todos los espejos que guardan tu ser con mi sonrisa.
La capacidad que tienes de lamentarte cuando te quedas sola
y me untas la piel de lirios y arañuelas.
Tu destino junto al mío es la tolerancia que se pierde en tu aromático aire de niña y hembra,
esta sombra de las dos en la pared, vestidas de afiches, de recitales, de calendarios… 
El capullo floral, estimulado en esos periodos de oscura primavera…
Te abres y despliegas pétalos policromos atrayendo al néctar a los insectos que te invento con formas de letras…
Polinizada la flor, tus pétalos se marchitan y caen sobre la corola de mi sexo,
como un final de película romántica, en el silencio intensamente fragante de los lilos…
Entonces, el arbusto de mi cuerpo te recibe sin anuncios ni vientos,
ni la brizna de mi respirar es capaz de pasar por este campo florido y terriblemente desolado…

 

 

 

 

tanto tiempo

 

 

 

 

 

No sirvo para sentirme tan bien junto a ti, mi desolación es celoso varón, mis personalidades le temen a la gente, a los muchachos, a las chicas. Mis voces no me pertenecen, las he robado al amanecer entre mis propias sabanas, entre mis muslos. Tengo años de no cambiar mis ropajes, porque me asusta olvidarme de los nombres, de los rostros, de la ambrosía labial, la suavidad pulposa. Los besos han huido con la fragancia espumante y temprana, por eso cada día salgo desnuda a la calle, con los rastros sangrantes (a flor de vello) de quienes alguna vez me amaron —a veces más de una, a veces más. Cartas con letras que jamás alcanzo a leer, hechas en un par de hojas hurañas de álamo triste. Tengo mala memoria, me repite a menudo una voz escondida bajo mi cama, la otra de momentos me canta a coro desde el diván… La decoración rosa de la pequeña que usaba mi ropa, se desgasta con el ritmo de las fotografías. Esas ganas que me vienen a veces de tenderme en el suelo y llorar a rebana-ojos, como el amor tan de hombres que se me viene encima y se me va a pesar de mi sollozo, tan de hembra… en tantas notas como tantas mañanas tiene mi calendario, sobre todo los sábados, hace ya tanto tiempo…

 

 

 

 

octubre 

 

 

 

 



para morir, sábado 1 de octubre

Ese puñado de coincidencias como una nota de mensaje telefónico…
donde recogiste al pasar mi nombre hecho colillas de cigarrillos, hecho manchas de rouge en el vaso, hecho a manos y bocas.
Y es que me ves en todas partes, siempre lo dijiste…
¿En qué formas te encuentras ahora?, ¿cómo te vuelvo a imaginar?
¿Será a caso que escondiste tu alma entre la ropa regada por el suelo?
¿Podrás entonces reunir mis huesos, las cenizas de ambas esparcidas por descuido?
Mi oficio obliga a encontrarme con tu ausencia, acompañarme de la mano trémula, vaciarme por completa de los cajones y respirar la brizna de papeles manoseados.
La veleta insolente que dejó de rabiar cuando ya no volviste.
A pies descalzos soy tu otra en la ventana y el frío es una gota que se desbarranca por el vidrio…
Todo esto para que logres recibirme aunque sea un poquito, aunque sea por las tardes y a veces en los amaneceres desatados a la ventolera cruel del frío,
que se quedó en tu nombre para acariciarme, para llorar por ti en mi honor,
para morir por ambas todas las noches…

 

 

el hermoso juego, sábado 8 de octubre

Para llorar sobre ella es que la conservé todos estos años,
desnuda como un poema, veloz y fugaz como una sombra en medio de la ciénaga…
Como quien no posee espada sabiendo que al filo de una perecerá…
Y es que la luz matinal de mi camastro    porque es mío es que lo obsequio a quien me plazca, del mismo modo mi corazón…
La invernal noche que llega inadvertida a cierta hora en que se vuelve al cerco metálico, cuando se cree que todo ha de pasar.
La escena perfecta en donde Cloto es capaz de jugar con la madeja de su propia vida, siniestra niña que hace temblar la humanidad toda, en el hermoso juego de las tijeras…

 

 

sobredosis, sábado 24 de diciembre 1921

Porque el veronal roba a las rosas, roba a los dioses y a las doncellas, para ofrendarse la vida y los arrecifes a la muerte del sol dibujado en costras.
El vagabundo no sacia su hambre mendigando respeto,
el asesino no gana el infierno produciendo destierros,
la madre no engendra nada, sin sacrificar su lecho, sublimación del sexo…
Ángel lamentable, cada vez que extiende sus alas, sólo prolonga la sombra en un tiempo de guerra…
No es acaso que arrebata las espinas de floridos engendros, alcanzado a veces las barbas de aquellos… dioses, o manoseado de mujercitas,
obsequiándolas a remembranza al desparrama rimel, blanquecino o el negrísimo escrito en el azul de los labios.
El padre disfrazado de arcángel la noche de pascuas, donde no es capaz de esconder su propia sombra, que muerde sus zapatos y los pasos de sus pequeñas muertas antes del parto…
Dime qué amas mujer, sino la sombra del hombre,
negligencia rosa que no te hace a los rayos del sol.
Disuelve el pedestal en que te has puesto, todos tus títulos, todas tus camas,
todas tus tierras, todas tus vidas… 

 

 

 


Teresa ya no

 

 



Teresa ya no llora tendida en su cama, aguarda quieta como una fotografía.
Cual Penélope a la espera de su amada, se pasea fantasmal por la calle,
pero nadie la ve, nadie la toca, nadie la siente suspirar, sollozar en los fríos días de invierno,
y cruzarse entre las parejas dejando un silencio atroz en la espalda.
Teresa ya no escribe cuentos, ni poemas, no realiza rituales por las mañanas, ni por las tardes,
no le teme a satanás que la miraba pasearse desnuda en el patio de su casa,
nunca creyó en dios, ni en su sombra proyectada como una herencia.
Teresa cambió su nombre y se inventó el de Sylvia, relegó su nostalgia al recuerdo y lo olvidó todo.
Teresa cosió sus parpados y cortó su lengua a la gloria de un nunca más en la vida.
Teresa no leyó a Alejandra Pizarnik, ni besó nunca a Anais.

 

Teresa ya no escribe cartas de amor.      
Teresa ya no lee, ya no habla.
Teresa ya no escribe…  

 

 

 

“Soy Ángeles, Anaïs, Juana, Antolina, Rosa, Edelmira Nin y Culmell. Tengo doce años y soy bastante alta para mi edad, todo el mundo lo dice. Soy delgada, tengo los pies grandes y las manos también, con los dedos largos, que suelo crispar por nerviosismo. Tengo la cara muy pálida, unos grandes ojos castaños, perdidos, y temo que revelen mis insensatos pensamientos. La boca grande, me río muy mal, y sonrío regular. Cuando me enfado, hago una mueca con los labios”

Anaïs Nin (1903-1977).


"Morir, después de haber sentido todo y no ser nada...".

Teresa Wilms Montt  (1893-1921).

 



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J  u  a  n   E  d  u  a  r  d  o   D  í  a  z

Poeta nacido en la ciudad de San Bernardo el 8 de agosto de 1976, actualmente estudia la carrera de Pedagogía en Castellano en la Universidad de Playa Ancha, Valparaíso.

Es creador de los libros poéticos:
- Sombras de Valparaíso (Ediciones del Andén, San Bernardo 2001).
- ángeles ebrios (Editorial La Cáfila,Valparaíso 2002).
- Carta de Ajuste Antología de Poetas Inéditos en Valparaíso (ediciones Cataclismo 2008)
El 2001 incursionó en la dramaturgia con La Sugestión de la Libertad,
obra puesta en escena por el grupo Cuerpo Libre de Valparaíso.
El 2004 fue becario de la Fundación Pablo Neruda, en el Taller de Poesía
de La Sebastiana, Valparaíso.
El 2006 dirige el taller de poesía de la Universidad Técnica Federico Santa María.  


Ha sido galardonado con:
-  Premio Enrique Lihn, XXIV Certamen Nacional de Arte y Poesía Joven (Universidad de Valparaíso 2002).
-  Mención, IV Encuentro Poético Juvenil, Juegos Florales, Oficina de la Juventud (Valparaíso 2003).
-  Segundo lugar, XI Certamen Premio Municipal de Literatura, género poesía (San Bernardo 2004).
-  Segundo lugar, IX Certamen Nacional Eusebio Lillo, Casa de la Cultura de El Bosque, género poesía (El Bosque 2005).
-  Tercer lugar, XII Certamen Premio Municipal de Literatura, género poesía (San Bernardo 2005).
Segundo lugar, XIII Certamen Premio Municipal de Literatura, género cuento con el presente trabajo (San Bernardo 2006).

 

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Esta es una versión digital dispuesta por el autor

 

 

 

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Poesía de Juan Eduardo Díaz.