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La fractura de las líneas imaginarias sobre el cuerpo y la frontera: Sobre Los patios
de la nación
de Javier Norambuena

Daniel Rojas Pachas
Escritor y Editor de Cinosargo
http://www.cinosargo.bligoo.com/

 

 

 
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La manía cosmética no es más que la frontera de una metamorfosis sin límite
Severo Sarduy

Al leer “Los patios de la nación” (Cuadernos del sur – Tacna 2011) de Javier Norambuena pienso inmediatamente en tres elementos Cuerpo, Escritura y Goce. En base a esos tres ejes quiero desarrollar mi aproximación al libro, de cualquier modo, me gustaría antes dejar en claro que leer poesía y hablar sobre un libro de poesía nunca es fácil, sin embargo, ahí radica el placer de la tarea, pues trabajar con el lenguaje poético de un autor siempre es un desafío para nuestra percepción, nuestros esquemas mentales y una apertura de nuestros prejuicios y esas limitaciones que nos han impuesto y hemos dejado que nos imponga la cultura, la lengua y nuestra experiencia inmediata.

“Los patios de la nación” particularmente, es uno de esos libros que te desafían por la originalidad de su voz pues te invitan a dialogar con temáticas que nos son cercanas y que han sido maquilladas o escamoteadas por la historia, y en este caso, el libro de Javier dice mucho a los que vivimos en la frontera e interactuamos con sus  normas y transgresiones de modo cotidiano.

  1. Sobre el cuerpo y la escritura

Al leer el poemario de Javier pienso primero en los seres como organismos, las vísceras, los pelos, las secreciones, el ano, los genitales, los ojos, todo participa de este festín con protagonismo y siempre lo somático va ligado al testimonio, a la comunicación, sea como contenido (mensajes) o forma (códigos líricos, cántigas), me explico… vulva y decreto, costras y cartas, sangre y dibujos, dicción y glotis… el libro dice textual…

amaneciéndose estaban la cartas donde
todas las costras
redoblan los cántigos
destruían las imágenes de calles
aglomeradas con vidas divergentes
los decretos de pelos y señales
oblongos al ritmo del jade limitado

En otra parte agrega:

no se ha visto el museo de los nombres ni la historia de los nombres escrita como borrador de un brazo insigne, aspira el vocablo el éxtasis que sube al aire el temblor, una vela, una luz, encastrar en los pajonales furiosos cada barro, cada mierda en la ingle, cada sopor de la bandera que ha sacado en nueva patria, con el cisne y la bandera basta para hacer nación, dice el compañero

En definitiva, toda esa escatología, carne y fluidos está cruzada por simbolizaciones, significantes que otorgan una identidad a lo físico y material, dándole el carácter abstracto y unidad, sobre todo lo gravan con un nombre y concepto: Para Lacan el cuerpo unificado (cuerpo de la imagen), surge como un efecto de lo simbólico (lenguaje) sobre lo real del cuerpo (organismo vivo). (Farré 2001)

Es por lo tanto, necesario el mundo simbólico (del lenguaje/la escritura), para poder llegar a la consciencia del propio cuerpo, el sujeto tiene que ser hablado por sus predecesores, integrar el contexto familiar, sus ideales o repulsiones, y asimilarse a su medio social histórico, etc. A dicho lugar simbólico, el sujeto llegará rodeado de palabras, su cuerpo tendrá un lugar en la humanidad, será nombrado e identificado y persistirá en la memoria de los otros, más allá de su materialidad.

De modo que el organismo deviene en cuerpo por medio del lenguaje, éste le impone una imagen, marcas y en definitiva un mapa subjetivo del cual muchas veces nos cuesta escapar pues reduce todas las posibilidades del ser, a una nominación… Lo mismo ocurre con otros organismos que se tornan cuerpos y nacen de la intervención de lo simbólico, y es en ese punto donde radica a mi parecer la médula de “Los patios de la nación”, el libro va más allá de lo humano o animal y se dedica a pensar el territorio como organismo, los ríos, los andes y toda la tierra como un cuerpo edificado por las simbolizaciones del poder, la idea de nación y las líneas o códigos que cristalizan e instituyen un corpus nacional con todo lo que eso implica. Se originan las fronteras que en este lugar del mundo (Norte Chileno/Arica) nos son tan familiares y queridas o detestables…

El organismo o la materialidad del territorio se va poblando de  líneas imaginarias, alambradas, sentidos de propiedad, soberanía y querellas… surge el cuerpo y la identidad como nación, como zona de explotación, como aduanas, trámites burocráticos, campos minados y edificios (Chacalluta/Santa Rosa) que dividen conceptualmente un lugar que carece de dicha naturaleza orgánica. La imposición simbólica e histórica es inevitable.

El libro me dice en tal sentido:  

la gramática del brazo derecho dicta que ha desaparecido el museo de la desaparición por voluntad propia, fue una mañana de octubre cuando con las colchas de puerto los barcos arrimaron con pezuñas, montaraces cuadrúpedos, marejadas con maicena irremplazable, no fue el viento ni el mar de la navegación, tampoco el delirio de un lector heroico con espaldas de reina, un museo desaparece sobre la inmensidad de sus tiempos a cerrarse, se quema el adentro de las piezas del tiempo, son más que máscaras y cunas que no miran a la madre sino a la montaña andesuyo, sin espalda de falo, con la hiedra brotada en el coito

  1. Sobre el goce 

¿Podemos señalar alguna parte del cuerpo, resistente a la simbolización? Algo no afectado por el lenguaje. Lacan llama a esto goce, me explico… Farré nos dice que: el cuerpo se entrega a recibir marcas y señales inscritas en él. Algunas han simbolizado cualidades diferentes en la historia de la humanidad: los tatuajes, marcas simbólicas ya utilizadas por los pueblos primitivos en sus rituales iniciáticos, y hoy muy utilizados por los jóvenes como distintivo diferencial. (…) Las cicatrices de guerra (orgullo de muchos militares y guerreros de la historia), marcas que identifican su pertenencia a una identidad o referencia. Y la circuncisión, marca necesaria en el cuerpo para diferenciar e identificar al pueblo judío y otra tribus africanas.

Comprobamos así la necesidad del hombre de simbolizar su cuerpo a través de señales e inscripciones que remiten a un grupo. Lo mismo ocurre con los territorios al marcarlos y señalizar el sello de propiedad, las banderas, las líneas imaginarias de los mapas y las zonas de exclusividad.

Sin embargo, otras marcas del cuerpo no han pasado por dicho proceso de simbolización, son marcas del goce: úlceras, eccemas que forman la memoria de algo que sucedió, y que es anterior al sujeto como cuerpo, pues no ha sido simbolizado. Dan cuenta de un acontecimiento previo, una memoria de algo acaecido. Y es en esa tensión que penetra la escritura de Javier Norambuena, al desnudar con su apropiación del lenguaje las sutilezas de la topografía, esos lugares que nosotros conocemos de un modo, o nos han ensañado a conocer, llamar y entender de una forma. Nuestro continente y países, pero que vistos en una cuarta dimensión, sin la panorámica horizontal y vertical, revelan raíces de un árbol que puede estar situado de un lado de la cerca pero cuyas raíces empiezan a brotar en un sentido contrario, se mixturan, beben o nutren de otro lugar a miles de kilómetros en las antípodas… tan así que surgen los cuestionamientos y los quiebres sobre el cuerpo nacional, el sujeto que se inscribe bajo dicho concepto patrio o de estado y gobierno y también de lógica, pensamiento y forma de comunicar que nos han inculcado… vuelvo entonces al goce que produce un buen libro y en este caso la poesía de Javier que me permite (des)pensar, (des)leer y (des)creer, siendo una palanca que rompe candados imaginarios transportando por encima de los símbolos hacia lo semiótico, con la valentía que destaca el epígrafe de Churata ““escribir presos de una angustia que podrémos escupir en siglos”


 

 

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