CADA DOMINGO, ETERNAMENTE
Era una de esas tardes lánguidas de domingo,
calles casi solitarias, recuerdos descolgándose de la memoria.
En el aire, más bien una nostálgica tibieza.
Cada domingo, y desde hace algunos años, acostumbraba caminar
sin dirección que me esperara, como un líquido triste
deslizándose por callejones desconocidos.
Este hábito, este caminar, prolongaba mis momentos más
lejanos, traía a mi balcón un canto que siempre, en
carne y hueso, esperaba ver volver, por lo menos eso pensaba hasta
aquel instante.
Pero aquella tarde, venía con un puñal inesperado bajo
su gris vestimenta. Ella, apareció de pronto, paseaba con tres
niños que jugaban a su alrededor. La reconocí como quién
reconoce al detalle lo que le perteneció alguna vez.
Hoy, cada domingo, desde aquel encuentro, salgo de mi tumba a tomar
el sol, las calles son más solitarias que antes y mis vecinos
más silenciosos que yo.
TESTIGOS DE AYER Y DE HOY
El verano comenzaba a preparar su equipaje. Antonio Figueroa tomó
algunos papeles, cerró la puerta de su cuarto de pensión
y bajó por las escaleras, que se sabía de memoria.
Como todos los días, muy temprano, el ascensor "Espíritu
Santo" del cerro Bellavista le parecía lento y triste
en su descenso. En él viajaban, en su mayoría, obreros
portuarios y algunos oficinistas y comerciantes callejeros, estos
últimos eran los más. Antonio Figueroa era uno de ellos.
Joven de alrededor de treinta años, de aspecto común
y sin rubro comercial determinado. Bien podía ser hoy un vendedor
de helados, como mañana un vendedor de cigarrillos sueltos
o de maní. Abundan en las ciudades latinoamericanas este tipo
de jóvenes. Nuestro país no es la excepción.
Junto a la puerta del ascensor, un hombre escuchaba las noticias de
la mañana en un pequeño radio a pilas. Como de costumbre,
el Ministro de Hacienda discurseaba sobre el gran éxito del
crecimiento económico, las bondades de la democracia y las
múltiples oportunidades a las que puede acceder la juventud.
Los pasajeros, al escuchar esto, se miraron en silencio, como obligados
por un acto reflejo, marcándose en sus rostros una sonrisa
de incredulidad e ironía. Por más de alguna mente cruzó
un garabato certero. Un señor vestido de gris, corbata con
rayas azules y camisa blanca, refunfuñó algunas palabras
entredientes: "Sea el gobierno que sea hay que trabajar",
dijo. A simple vista, daba la impresión de ser un empleado
fiscal. Los demás, luego de observarlo, continuaron sumergidos
cada uno en su particular silencio.
El ascensor se detuvo, sus ocupantes, sorprendidos en sus cavilaciones
aún somnolientas, comenzaron a descender con rapidez, como
si los relojes, de pronto y sin aviso, hubieran acelerado sus zancadas.
Antonio Figueroa, tomó calle abajo hasta llegar a la Plaza
Victoria, donde buscó un asiento de su agrado. Tras sentarse,
encendió un cigarrillo, que fue consumiéndose al ritmo
de sus pensamientos: ¿Qué haré, cómo pagar
el arriendo, cómo comprar mercadería? ¿Trabajo?
¿Pero dónde le darían trabajo a un ex-preso político?.
Seguramente, piensan que les podemos concientizar el dinero, y, los
billetes, conmovidos, decidan, por cuenta propia, distribuirse entre
la gente pobre. Tanto sacrificio para nada, sólo para sentar
en el Congreso a un grupo de políticos profesionales que cada
año se aumentan la dieta parlamentaria en beneficio del buen
trabajo legislativo y democrático, como dicen algunos huevones.
Así, entre meditaciones encontradas, fue transcurriendo la
mañana. El mediodía comenzaba a florecer y el calor
hacía la desesperanza mucho más patética.
No lejos, en otro lugar del puerto, senadores y diputados se preparaban
para celebrar un almuerzo de homenaje a un anciano general. En la
capital, en tanto, eran encontradas nuevas osamentas pertenecientes
a algunos Detenidos Desaparecidos, muy cerca de un terreno que perteneció
al Ejército de Chile.
LA LIBERTAD DE PEREZ
El frío de julio se ensañaba con las ocho de la mañana,
los chuzos y picotas resonaban sin cesar en las calles de La Pincoya,
allá en las faldas de los cerros, en el norte de Santiago.
En los barrios de la ciudad, todavía se escuchaba el rumor
de la noche anterior, noche de protesta contra la tiranía militar.
La "Empresa Contratista" se llamaba POJH ( Programa para
Jefes de Hogar ), y era controlada por las autoridades municipales.
Cuadrillas, capataces, alistadores y supervisores. Todos para transportar
hoyos y piedras de sur a norte, o de este a oeste, daba lo mismo.
Había que bajar los índices de cesantía, dar
un mendrugo a los maltratados pobladores. Esconder la noche en uno
de los tantos bolsillos de la indiferencia.
Pérez, el más chispeante de los jornales, como todos
los días, apareció tambaleándose entremedio de
los montones de tierra. ¡Salud, salud! decía a todo lo
que se topara en su camino, esbozando una sonrisa de alegría
que el vino barato le extraía de su indigente pobreza. Todo
un personaje entre tantos personajes olvidados por el resto de los
personajes del país.
Cerca de la hora de colación, se presentó el impopular
"Pingüino", un capataz-alistador, repudiado por moros
y cristianos... ¡Gómez!, gritó. ¡presente!,
respondió Gómez... ¡Rodríguez!... presente!,
respondió Rodríguez. ¡Pérez!..., ¡Pérez!,
volvió a repetir... ¡Qué pasa con este Satanás!,
exclamó furioso... Está durmiendo la mona detrás
de aquellos árboles, le explicó un compañero
de cuadrilla.
Pérez dormía extendido detrás del árbol,
como si aquella mañana no se hubiera levantado jamás.
¡Ya, despiértenlo, despiértenlo!, vociferaba el
"Pingüino", aquí se viene a trabajar, la patria
no necesita ociosos. Ante la insistencia del "jefe", los
compañeros de Pérez se acercaron a él para tratar
de levantarlo. El hombre no reaccionaba. Al volverlo, para tratar
de reincorporarlo, un escalofrío se apoderó de todos...
Su pecho irradiaba una luz indescriptible. Una paloma tricolor, como
la bandera, elevó vuelo desde la luz. Pérez sonreía...,
pero ya no volvió a despertar.
UNA CANTINA EN VALPARAISO
La vieja cantina era un bullicio desordenado de palabras, afuera
la lluvia se escurría inclemente por las calles y el mar se
disfrutaba en el viento.
En una de las mesas, un grupo de estudiantes y algunos artesanos conversaban
ensimismados. En una banca aledaña, un señor de grueso
chaquetón y gorra marinera, luego de beber un largo sorbo de
vino, se puso de pie y alzó la voz: ¡Vaya, vaya, así
que son filósofos los muchachos, y quieren arreglar el mundo,
pues bien, yo soy Simbad el Marino y al aclarar parto hacia Oriente,
quién viene conmigo...!. Usted si que está mal abuelito
-dijo uno de los muchachos- parece que "se le dieron vuelta los
enanos" dentro de su nevada cabeza. Ya cabro, replicó
éste, si eres tan vivaracho, responde esta pregunta: ¿En
qué lugar del mundo escondió Dios las llaves del reino?...,
ja, los pillé a todos... En el ombligo del Diablo -dijo- y
se marchó entre fuertes carcajadas, que como explosiones lanzaba
por su garganta.
Sobre una tarima, un parroquiano entonaba una hermosa y triste canción,
llena de añoranzas por ciertos momentos extraviados en el tiempo.
Un joven y una muchacha se miraban con ternura mientras la dulce melodía
inundaba el ambiente.
Avanzó la noche, acelerando lentamente sus pasos. Uno a uno
los participantes de la inevitable tertulia porteña fueron
abandonando el local. Ya cerca del amanecer, sólo quedaban
un pintor que dibujaba figuras extrañas en una servilleta y
el joven y la muchacha que conversaban animadamente, como si siempre
se hubiesen conocido.
Junto a la puerta de la cantina, un poeta observaba la lluvia repiquetear
en el mar. En la claridad del cielo, una gaviota dibujaba a la reina
de las flores...
UN VERANO MUY LEJANO
Recuerdo un camino, extendido más allá de una especie
de pequeño santuario envuelto en flores amarillas, frente a
una casona de otro siglo. Un camino que continuaba por un cerro de
bosques circunspectos. Un camino que atardecía en un espacioso
terreno alomado de cielo azul. Era el verano que silbaba.
Recuerdo el mar, saludándonos al pie del acantilado. Una araña
grande y misteriosa, hojas crepitando y eucaliptos acariciando las
alturas.
La Roca de la Iglesia y un cerro inmenso, casi místico, escalando
el viento para desde allí hurgar en la memoria del océano.
El río Maule con sus botes y bañistas. Con su isla pedregosa
y zarzamoras y troncos y la alegría adolescente de muchas niñas
chapoteando en sus plácidas aguas.
Recuerdo el regreso, junto a mis tres amigos: Juan Carlos, Toño
y Agustín... Hoy extraviados en la madurez de los años.
Atrás quedó Constitución y sus playas de arena
gris, su Plaza de pueblo veraniego y su Estación de Trenes,
mágica y lejana, guardada en los cajones de una noche solitaria.
SOBRESALTO
diciembre 08 del año 1995
Desperté angustiado, muy cerca de la hora del alba, miré
el reloj. Eran las cinco treinta y cinco de la madrugada. Un escalofrío
me estremeció.
Su figura se había introducido en mis sueños, se paseaba
por mis pesadillas derribando todas las puertas. Hablaba con alguien
acerca de un viaje muy lejano, conversaban a un costado del lugar
donde un día el azar nos conquistó.
Le quise hablar, pero su mirada era tan triste, que todas mis palabras
se ahogaron en sus ojos.
Semidespierto, observé el calendario frente a mí, era
el día ocho de diciembre. Retrocedí dos años,
casi por instinto volví a aquella mañana muy temprano,
cuando en un silencio más expresivo que todo el ruido del universo
la vi por última vez..., fue un día ocho de diciembre...
PEQUEÑA HISTORIA DE
DOS NIÑOS
Joaquín, era un niño como tantos niños callejeros
del mundo. Sin árbol genealógico, sin partida ni llegada.
Algunos días mendigaba en las micros, otras veces lo hacía
a la salida de la Estación del Metro. En fin, cualquier lugar
donde se concentrara mucha gente le era perfecto para su labor diaria.
Una noche de agosto, cuando las calles se encontraban petrificadas
por el intenso frío invernal, se topó, muy cerca del
Mercado, con un extraño bulto cubierto por una raída
frazada. Grande fue su sorpresa al inspeccionar aquél hallazgo...
Una niña casi de su misma edad, tiritaba como una golondrina
equivocada de estación bajo la sucia cubierta.
¿Cómo te llamas?, preguntó él. Ella, con
voz entrecortada, respondió: me llamo Catalina y tengo mucho
frío y un dolor muy grande aquí, señalando su
vientre hinchado. ¡Estás embarazada!, exclamó
Joaquín, sorprendido. La niña estalló en llanto
y quiso correr, pero él la detuvo, calmándola con sus
palabras que todavía reflejaban algo de la inocencia de su
corta edad. Le explicó que no la dejaría sola, diciéndole
que podía acompañarlo a su refugio bajo los puentes
del Mapocho.
Una vez instalados bajo uno de los puentes, junto a una pequeña
fogata, Catalina le contó como había sido violada por
su padrastro, escapando luego de su casa allá en la ciudad
de Coquimbo, en el norte del país. Llevaba cinco meses deambulando
por calles de distintas ciudades, ofreciendo sus servicios a cambio
de transporte hasta llegar a la capital, pensaba que aquí la
gente sería más civilizada. Después de todo,
el Santiago que muestran algunos programas de televisión impresiona
hasta al más exigente de los europeos.
Los nuevos amigos comenzaron una vida inseparable, no exenta de emotivos
momentos de ternura. Se les podía ver por los pasajes que rodean
la Vega Central, jugando con los perros marginales y sin amo que abundan
en los alrededores de las ferias. Recibir juntos el insulto de algún
comerciante que se negaba a compartir alguna fruta. Recibir el desprecio
de una mujer hipócrita hacia la niña embarazada, como
si ésta fuera la más corrupta de todas las mujeres del
mundo.
Sin que los niños pudieran entenderlo, llegó el día
inevitable. Catalina cayó abatida por dolores definitivos que
se presentaron de improviso. Joaquín, desesperado, corrió
en busca de ayuda. Llegó la policía, la ambulancia y
un sinnúmero de curiosos, de esos que siempre se arremolinan
alrededor de la tragedia para no perderse detalle de los sucesos.
La niña fue sacada muerta desde bajo el puente. Joaquín
lloraba sin cesar mientras era llevado por los guardianes del orden
público. Al pasar entre la gente, una señora que vendía
dulces en la calle y que no paraba de parlotear e invocar al señor
de los cielos, le gritó: ¡Qué cabros más
cochinos, no digo yo, apenas se saben limpiar la nariz y haciendo
vida marital!, dando muestras de orgullo por aquélla última
palabra dicha ante tan distinguida concurrencia. ¡Cállate
vieja hedionda -respondió con furia el chico- acuérdate
que el tirúo que vende helados te capotea todos los sábados
en el hotelucho de la esquina ! Un golpe, en el rostro del niño,
dado por uno de los carabineros, defendió la honra e hipocresía
de la "vieja peor es 'na", como la llamaban en el sector.
Al día siguiente, un conocido matutino hacía sorna del
hecho en sus titulares: "Vieja guena pa' la... fue ofendida por
pelusa que embarazó a hermosa niña encontrada muerta
en el río Mapocho".
ISABEL ALIAS "LA ISIS"
Isabel llegó a Santiago con la esperanza de toda provinciana,
encontrar en la gran capital el camino de la buenaventura.
Fue sobrina regalona, estudiante alegre y entusiasta deportista. Tuvo
pololos y bailó en muchas fiestas.
Llegó un día la jornada dolorosa, venía con esposo,
hijos y abandono. Un remilgo amargo de la existencia la dejó
bamboleando en los tajamares de la nada.
Ciertas amigas imprevistas la instruyeron en los secretos de las callejuelas
nocturnas, mugrientas y desarrapadas, donde algunos varones buscan
el placer carnal y vinolento por compañía. La luz natural
se replegó de su cielo y el fárrago maloliente del sexo
contratado la envolvió en el vértigo de lo que no vuelve.
Un día lluvioso de otoño, o tal vez de invierno, la
madrugada velaba su cuerpo exánime tendido en calle Hurtado
Mendoza esquina San Martín. Por sus entrepiernas caía
la sangre aún tibia de la criatura destruida por los puntapiés
abyectos del amantecafiche, que escapaba entre la niebla fría
de la impunidad, como tantos delincuentes amigos de nuestra ejemplar
justicia.
Sobre su tumba, simplemente dice hoy: "Aquí yace la Isis",
escrito con lápiz labial de color rojo. Escrito, seguramente,
por alguna de sus antiguas compañeras de burdel, conmovida
con la suerte de su vieja amiga.
EL MAESTRO Y LA CAJA IDIOTA
Doroteo, como era habitual en él, apenas sintió las
campanadas que daban término a la jornada de clases, tomó
su maletín. Y, como si escapara de un horrible suplicio, salió
rápidamente del colegio.
Al llegar a su casa, almorzó y luego durmió la sagrada
siesta diaria. No sin antes quejarse del cansancio a que era sometido
por la vida y sus maldades.
Despertó al atardecer, suspiró y dijo: "¡mamááááá,
está listo el tecito"!. Luego, fue a sentarse en su sillón
preferido, acomodó la barriga y encendió el televisor.
En ese momento exhibían un espacio cultural que lo llevó
a cambiar prontamente de canal. Vio varias películas de esas
donde los norteamericanos deshacen a balazos, coca-cola y hamburguesas
a los pueblos del sur para después encaminarlos por la senda
del éxito.
Al final de cada "film", comentaba: "Buena, ah, está
bien hecha"; era la única frase que siempre repetía,
puesto que él se consideraba un tipo muy entendido en cine.
Su felicidad máxima la alcanzaba cuando transmitían
la entrega de los Premios Oscar, algo así como la Copa Mundial
del mundo.
Otros de sus programas favoritos eran los llamados "estelares".
Cada vez que en ellos se le celebraba el cumpleaños a alguno
de los participantes, él en su casa también hacía
sonar sus manos y cantaba el cumpleaños feliz. Otras veces
le brotaba alguna lágrima, como cuando cierta animadora apareció
dramatizando una enfermedad que la aquejaba, cual si fuera la única
chilena con problemas y con derecho a un consuelo masivo... Cosas
de la televisión y sus personajes, quienes se han autodenominado
el "jet-set criollo". Cosas de privilegio, acompañado
de la estupidez de los televidentes, repetía siempre Don Juan,
el zapatero del barrio. Yo prefiero leer a Pablo de Rokha, comentó
muchas veces.
La hora de las noticias era la más fome para él, decía
que últimamente sólo mostraban revoltosos protestando
en las calles, que no pretendían más que molestar con
peticiones exageradas al presidente, aunque se alegraba mucho de que
no lo consiguieran, ya que aquél pasaba muy poco tiempo en
el país.
Por la noche se retiraba a dormir, no sin reclamar en contra del cansancio
que sufría y el poco tiempo que le quedaba para la diversión.
Mañana, más y más trabajo, no cesaba de pensar.
Pucha que estoy cansado, exclamaba con un dejo de angustia. Luego,
preparaba su ropa para el día siguiente casi como se prepara
un ritual, sin olvidar el guatero para pasar la noche.
En una de las paredes de su habitación relucían orgullosos
dos títulos universitarios muy bellamente enmarcados. El primero,
anunciaba: Profesor de Literatura. El segundo: Magister en Ciencias
Sociales...
EL SERVICIO FUNEBRE
Parado en el umbral de la funeraria, Enrique parecía un espectro
lloroso, sin atinar a decir palabra alguna. El encargado de atender
al público, con una voz que reflejaba comprensión, lo
sacó de sus meditaciones. Señor -le dijo- puede usted
pasar y ver sin compromiso alguno.
Enrique, comenzó a pasearse entre los ataúdes que allí
estaban como muestra, solicitando con tono compungido un vaso de agua,
a lo cual respondió muy solícitamente el vendedor del
último pasaje de los hombres sobre la tierra.
-Deseo lo mejor para mi madre, explicó, por favor, dígame
usted cual es el servicio más adecuado.
-Con todo respeto, señor, le puedo ofrecer un magnífico
funeral, claro que el precio no sé si le será conveniente.
-No se preocupe, contestó con voz firme, prepárelo ya.
Yo mismo iré guiando la carroza hasta la casa de mi madre,
es aquí cerca, en la población Juan Antonio Ríos.
-Muy bien señor, expresó el vendedor, tratando de ocultar
la alegría que le causaba aquella venta.
Llamó a sus empleados para que prepararan el servicio fúnebre
y luego se dirigió al deudo con una leve sonrisa, preguntándole
con cierta timidez fingida: ¿Cómo cancelará?.
-Con un cheque..., hoy es sábado y no puedo ir al banco hasta
el lunes, espero no haya ningún inconveniente.
-No, no, no se preocupe..., allí está la cifra, contestó,
acercándole un papel donde se leía: trescientos mil
pesos.
Enrique cogió su chequera y extendió el documento,
anotando cuidadosamente la cantidad indicada. Salió a la puerta,
deteniéndose por un momento. Luego, volvió a entrar,
con una manera reflexiva en su actitud. Señor -se dirigió
al encargado de la funeraria- sería posible que me cambiara
un cheque por ciento cincuenta mil pesos, no tengo nada de efectivo
y usted comprenderá los gastos adicionales que esto significa.
Vendrán muchos parientes y amigos de provincia. Mi madre era
del sur, de Temuco.
El hombre pidió lo esperara un momento mientras hacía
las consultas del caso. Volvió a los diez minutos, accediendo
sin ningún problema a la solicitud.
Enrique recibió el dinero, salió a la calle y detuvo
un taxi; detrás de él se ubicó la carroza fúnebre,
dirigiéndose hacia Av. Vivaceta para después seguir
hasta la dirección señalada.
El taxi se detuvo frente a unos blocks de departamentos, Enrique pagó
la tarifa y se encaminó al lugar donde se había estacionado
la carroza. Por favor, dijo a los empleados de la funeraria, es en
aquel block, en el segundo piso, departamento número once,
yo me adelantaré mientras ustedes sacan el cajón.
Subió las escaleras, volviéndose hacia la calle desde
el segundo piso para señalar con el dedo la puerta número
once, al final del pasillo, por el cual avanzó con rapidez.
No sin dificultad, llegaron a la puerta con el ataúd, extrañándoles
que ésta estuviera cerrada. Golpearon..., pero para sorpresa
de ellos no existía ningún difunto, tampoco los moradores
del departamento tenían la menor idea de quién era el
tal señor Enrique López por el que preguntaban los afligidos
trabajadores.
En una de las bocacalles, al otro lado de los blocks, Enrique subía
al taxi, emprendiendo rumbo al Hipódromo Chile junto a su cómplice.
Entre carcajadas triunfantes, sacaban cuentas de las muchas apuestas
que realizarían al llegar a la pista de carreras, allí
donde el azar apasiona a las multitudes..., y sepulta las ilusiones
de esas mismas multitudes.
EN SU RECUERDO VOY LEYENDO
El poema más hermoso, lo leí en su sonrisa. No olvidan
los momentos que retozan, cuando en ella hospedó mi corazón.
Era otoño, cristales rotos se confundían con los latidos
de mi pecho. Mis sentimientos cabizbajos, oscilaban en un candil que
discutía con la noche... Me escapaba de todo y de la nada.
Llegó como un viento milagroso a mi velamen. Venía con
las manos extendidas de afecto. Fueron sus conceptos de niña
los que después de tantos años me hicieron sonreír.
Caminamos juntos por septiembre, abrazándola en octubre. Eran
días de sol y ventolina, más alguna lluvia extraviada
en cierto lugar del calendario. Un claro celeste encima de los duraznos
y ciruelos que traían la nieve de primavera a bailar por las
calles y las plazas.
Todo era nítido, a lo lejos, como la amistad que construimos,
se podía ver a la rosa de los vientos jugar con los volantines
de ayer y de hoy...
EL DIARIO DE UN DESCONOCIDO
De paso por la librería de un buen amigo, encontrábame
escarbando en unos libros viejos y polvorientos que yacían
en un rincón, cuando éste se acercó y me dijo:
Ven, te tengo un regalo..., es un cuaderno manuscrito, parece algo
así como un diario de vida. Me llegó en aquel lote,
quizá a ti te pueda servir, no creo que alguien se interese
por comprarlo.
Tomé el cuaderno y agradecí el obsequio. Algo extraño,
una atracción enigmática me pedía no perder más
tiempo y leerlo enseguida. Me despedí de mi amigo y salí
del local, encaminándome hacia el parque, allí me senté
bajo un gran árbol y comencé la ansiada lectura.
En realidad, el texto era una mezcla de un diario de vida y anotaciones
que mostraban una singular reflexión sobre algunas cosas. También
en sus páginas se podían leer algunos poemas muy breves.
No tenía continuidad en las fechas, éstas muchas veces
estaban separadas por una o tres semanas, incluso meses. Al parecer,
el autor de aquellos escritos, solamente anotaba lo que realmente
le parecía de importancia y trascendencia en su vida.
Al terminar de leer, mi curiosidad no cesaba, ciertas frases suyas
seguían dando vueltas en mi cabeza. Algunas de ellas las reproduzco
aquí textualmente, incluida la fecha en que fueron escritas:
-febrero 22 de 1979 ( Página Nº 1 )
"Nací hace diecinueve años, nunca he sabido por
qué y para qué."
-agosto 17 de 1979
"Hoy, fui a ver a Sara, estudiamos hasta las tres de la tarde.
A las cuatro, hacíamos el amor en el dormitorio de sus padres.
Sara perdió su virginidad, y yo perdí a Sara para siempre."
-enero 07 de 1981
"Me levanté muy temprano, tomé una micro y llegué
hasta su paradero. Luego, cuando reinició su recorrido hasta
el otro extremo de la ciudad, volví a subir. Así lo
hice durante todo el día hasta que llegó la noche. Fui
de paradero a paradero, pensando en lo terrible de la rutina."
-abril 21 de 1981
"El otoño aúlla despavorido, como si la lluvia
de este día trajera en cada gota un pedazo de mi tristeza."
-septiembre 17 al 22 de 1981
"A las cinco me despedí de Angélica. A las siete
me reuní con algunos escritores y músicos. Nos entregamos
a las Musas hasta la madrugada del veintiuno. Al despertar el veintidós,
el mundo seguía tan borracho y estúpido como hasta el
día dieciséis..."
-marzo 08 de 1984
"Nos comenzamos a preparar para las jornadas de protesta. Volamos
un poste esta noche. La Cecilia me comenta que ya jamás volverá
a temer a la muerte. Después, hacemos el amor."
-septiembre 11 de 1984
"Volvemos a recordar a Salvador Allende. Por la patria, junto
a Manuel Rodríguez, sigue cabalgando."
-noviembre 07 de 1989
"Mis anhelos enamorados/ huyen/ hacia la lejanía/ para
olvidar/ en la distancia,/ pues sé que la ola/ que mojó
mi corazón/ no volverá/ de ultramar/ para mis labios/
volver a besar."
"Yo amo las noches/ ancladas en el mar/ y las constelaciones/
indescifrables/ sin ser el capitán/ de un bajel señero./
Yo amo a una mujer que siempre/ se aleja en un fantasmal velero,/
y yo quedo en tierra,/ soñando ser marinero."
"Cuando muera,/ quiero que sea en septiembre,/ entre rojo vino
y empanadas./ Escuchando una cueca alegre/ y bien entonada./ En mi
corazón un poema y en mi mano/ una espada/ con la sangre de
los traidores/ ensangrentada."
-mayo 10 de 1990
"Tres son las maravillas del mundo sin las cuales no podría
vivir: La Amistad. Una mujer ardiente, ardiendo en mis brazos. La
poesía. Una copa de vino es el postre para cada una..."
-octubre 12 de 1990
"El suicidio es la prueba de honor de quién tiene muy
claro cuando ya cumplió su función sobre la tierra.
Cuándo llegue el minuto de la gran decisión, haced como
Garcín, y no como el humillado Iván Ilich."
Bueno, se hace tarde, me esperan, tal vez otro día pueda
continuar narrando los escritos de este desconocido, y al parecer,
errático personaje...
EL HERMANO PANCHO
A todos les llamaba: "muchacho". El era llamado por todos:
"hermano Pancho". Caminaba sin rumbo por las calles del
barrio, éstas lo saludaban con la misma confianza con que la
arena recibe a las olas. Salía a media mañana de su
casa para pedir algún cigarro o arrimarse a quién pudiera
convidarle un dulce o algo de azúcar. Siempre me preguntaba
el por qué de esa ansiedad incontrolable por comer aquel alimento
parecido al consuelo.
Se sentaba por horas en la plaza de la población, y en todas
las plazas que encontraba. Allí se fumaba un pitillo de marihuana
y pensaba en la palabra de Cristo. Algunos idiotas, de esos que el
país está colmado, se acercaban para burlarse de él,
pidiéndole que cantara alguna canción. El hermano Pancho
era aficionado al canto, se le podía escuchar de madrugada,
entonando sus canciones favoritas: "vagabundo" y "soledad".
Cuando lo hacía, en sus ojos se reflejaba algo similar al amor
plañidero. Caminando al abrigo de la noche, junto a un buen
botellón de vino tinto, iba cantándolas hasta el amanecer.
Todos sabían cuando frente a su puerta pasaba el hermano Pancho,
su canto reemplazaba al antiguo Sereno.
Poco a poco sus más cercanos compañeros fueron dejando
el mundo. Su hermano fue tragado por el licor incansable que él
mismo también tragaba sin cesar. Otro buen amigo, el Tommy,
el más fiel, quedó con su pensamiento para siempre clavado
en el mismo lugar, tras las rejas de un macabro edificio llamado "hospital
siquiátrico".
Poco a poco quedó solo, aunque tal vez siempre estuvo solo.
Aunque todos lo saludaban, nadie quería tenerlo por amigo,
salvo unos cuántos, que a veces le tendían la mano,
conversando con él un cigarrillo. Todos decían: "pobre
hermano Pancho", pero nadie lo admitía en sus fiestas
ni en sus reuniones en las esquinas, sino era para arrojarle una palabrota
que sacara carcajadas.
Un invierno terrible, lo tomó en sus alas de hielo, lo recogió
un día viernes de una calle escarchada y solitaria al norte
de la ciudad, donde las comunas de Conchalí e Independencia
cruzan sus manos. El insensible frío se compadeció al
verlo dormir acurrucado junto al tronco de un árbol deshojado.
Mientras tanto, en el barrio, todos dormían en sus casas calefaccionadas,
y en el bar de cierta calle se bebía vino caliente para calentar
el cuerpo.
Nadie fue al Campo Santo, pero todos no dejaban de repetir: "pobre
hermano Pancho".
Un día de abril, acudí hasta el cementerio, llevé
una bolsita con azúcar y la vacié sobre su tumba. Pasaron
unos minutos, y, de pronto, me di cuenta que en perfecta fila, unas
hormigas iban cargando los blancos granos hasta el interior de la
tumba. Comprendí que el invierno sería crudo y estos
pequeños seres lo comprendían muy bien, yo diría
mejor que los humanos.
Al marcharme, pasé cerca de unos puestos comerciales donde
vendían flores. Al frente de ellos había una cantina
desde donde se escuchaba una canción que tocaban en un radio.
Su nombre era "vagabundo"...
EL RECITADOR Y LOS CANUTOS
Muy cerca de una plaza, en un barrio cercano al centro de la capital,
vivía un viejo recitador de poemas. Habitaba una pequeña
pieza, arrendada en un antiquísimo Cité. Algunos decían
que estaba medio loco, otros lo consideraban solamente un artista
excéntrico. Un día de primavera, salió a la calle
y comenzó a amenazar a unos canutos que predicaban en la esquina
de una concurrida avenida, donde abundaban los restaurantes, libreros,
artesanos y todo tipo de artistas callejeros. Uno de los predicadores
se le acercó, pidiéndole que se calmara. El viejo recitador
le dijo: a un lado, ahora predico yo, y comenzó este recitado:
"Recorrí la ciudad desnuda, dentro de un túnel
de recuerdos; cada paso, cada sonido, cada paisaje, eran un lamento
de nostalgia, un abismo insondable. Cuántos años vi
descansar sobre mecedoras descoloridas, en los umbrales de antiguas
casas, en antiguas calles de adoquines..., era la historia del ocaso
de la vida. Me detuve, ante conventillos, donde la miseria mostrábase
cadenciosa; ya alegre, ya tierna, ya triste. Navegué por pozas
de agua huérfana, espejo pestilente de la injusticia social.
Caminé calles solitarias de algazara y visité tabernas
de madera abigarradas en penumbras de humo. Escuché allí,
hombres deleznables, lúbricos, desgreñados y morbosos,
detrimentos de la sociedad burguesa. Me interné en plazas de
verde pasado, menesterosas de niños jugando. Vi vestigios de
bancas y árboles, que mostraban epígrafes pretéritos
de algunos amores, hoy, tal vez olvidados..., quizá criminales.
Recorrí la oscuridad de la noche cruzando puentes inevitables.
Busqué reposo en un parque ingente bajó árboles
también ingentes, refugio de los enamorados. Subí por
escaleras misteriosas: Encantadas como casa de anticuario. Desafiantes
como biblioteca polvorienta. Mágicas como el estudio de un
pintor, anticipo de la pronta buhardilla. Allí, estaba ella,
vestida de encaje celeste. Con su ensortijada cabellera rubia dispuesta
a las caricias y su cuerpo perfecto en bandolera, centelleante como
plata fina bajo el sol. La tristeza fue, entonces, olvido. Y los pesares,
catarsis de placer. El amanecer marcó mis pasos tras la madrugada
en el desván, colmena de deliciosa miel. Atrás..., quedó
el cerro, que comenzaba a despertar; quedaron los residuos de algarabía
de algunas fiestas rezagadas, bostezos de lujuria, vino y bohemia."
Al terminar su canto, observó a los canutos y les grito:
¡Canutos desabridos, aprendan a predicar y después salen
a la calle, o acaso pretenden quitarme la clientela!. Luego, se marchó
muy enojado y refunfuñando palabrotas de grueso calibre. Yo
nunca más supe de él, pero cuentan sus vecinos, que
al día siguiente de su altercado con los predicadores, cuando
despertó por la mañana, había perdido la voz,
encontrándose completamente mudo. Algunas personas dicen haberlo
visto predicando junto a sus antiguos adversarios, en una ciudad en
el sur del país, relatan los que saben, que los canutos rogaron
al cielo para que recuperara la voz...
EL BORRACHO, EL CARTONERO Y LOS SOLDADOS
"¡Cartonero!... ¡Cartonero!, ¿Adónde
vas?, ven... bebamos un trago de vino, detén un momento tu
cansado caminar; conversemos sobre el destino. Tú no eres culpable,
no te sientas avergonzado, es madrugada y duerme el hombre mezquino.
Tu trabajo parece sucio pero es honrado.
¿Quién te expuso a vagar por las calles nocturnas en
busca de papeles despreciados?... No, amigo, no son detalles. Quienes
hoy se divierten en lujosos burdeles mientras el frío te hiere
y tu familia espera no le falles con el pan. Aquéllos son los
culpables, los de ignotos laureles.
Sentémonos, allí, en el parque del cerro, junto a ese
pino. ¿Sabes?..., estoy ebrio..., salud..., está helado,
ten bebe conmigo. Cuéntame tus penas y te diré lo que
opino, después, te contaré porqué estoy ebrio
y desconsolado. Nos reiremos juntos de lo que somos y, con mucho tino,
pensaremos cómo recompensar a tanto chileno humillado.
Sí, ya sé que es una ardua tarea. Habría que
recorrer muchos valles de injusticia, pero... ¡Oiga, sólo
estamos recogiendo papeles, estoy cesante y...! ¡Silencio!...,
¡Te digo que te calles!. Has caso, cartonero, cálmate,
espera..., no los interpeles. ¡No corras! ¡Soldado, soldado,
no lo ametralles...!
¡Cartonero... Te han asesinado por tan sólo vivir de
despreciados papeles!. Cartonero, te has marchado sin decirme a quién
tu carretón entrego."
El público de la Peña comenzó a aplaudir estruendósamente.
Eso sí, con un dejo de tristeza y legítimo rencor. El
cantor agradeció los aplausos, dejó su guitarra y bajó
del escenario, allí lo esperaba un niño pequeño.
Después supe por un buen amigo, que aquel niño era el
hijo del Cartonero, hoy adoptado por el cantor.