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Sueños en círculo

Por Luis Felipe Carreño

I


¡Sueños! ¡ Sueños recurrentes! ¿Por qué no decir pesadillas? Son los que me atrapan en noches atormentadas de no sé qué recuerdos e imágenes latentes...

Sumergirme en el mundo de las ilusorias secuencias de calles interminables, en un lúgubre recorrido en bus intercomunal; en un interminable viaje repetido cada ciertas noches. ¿Cómo puede un sueño trastornar tu vida hasta perturbar tu normal desempeño? Es decir, de la casa a la empresa, de la empresa a la casa, o a algún café para apagar el tedio cotidiano... Confieso que a pesar que el sueño no me acosa después de semanas, siempre vuelve a irrumpir en mi descanso nocturno, provocando una sensación de angustia muy grande en que las imágenes aparecen sobredimensionadas por un halo de pavor, y despierto entre sudores y un pecho apretado y a punto de estallar. ¡ Pesadillas que me hacen coexistir en dos mundos paralelos¡ Uno, el real, el de los microbuses repletos, el ajetreo en la empresa, el almuerzo cotidiano, y el otro, un mundo onírico y aterrador, el de inefables pesadillas...

Cuento esta experiencia que me ocurre hacia varios años; nunca he sabido ni he podido indagar qué motivó la activación de mi inconsciente, en que me atormenta con ese sueño recurrente y repetitivo, de indefinibles lugares comunes.

¿Cuál es esa pesadilla? Un eterno y repetitivo recorrido intercomunal, en un bus oscuro y solitario, por el gran Santiago (urbe en eterno crecimiento), realizando un itinerario que me eriza la piel. Siempre es la misma situación: tengo que abordar el micro en el sector poniente, cerca de Maipú, Villa Francia, suburbios bravos, hasta el sector Oriente, avenida Ossa y la Reina a través del gran anillo que circunda la urbe: la circunvalación Américo Vespucio... En ese sueño yo me encuentro siempre en la misma ubicación del Gran Santiago, esperando tomar a lo menos dos locomociones, cuando irrumpe el microbús que ofrece el recorrido por Américo Vespucio Poniente, Norte y finalmente acceder al Oriente. Una ruta que nunca ha existido, me parece. La urgencia por salir del lugar y la hora me impulsa a abordar el bus maldito; pero cuando el recorrido se apronta a bordear el codo de cierre del poniente, para acceder al sector norte de la metrópolis bordeando los cerros Renca, por Huechuraba y luego el cerro La Pirámide, el pánico me sobrepasa: no más de tres veces sobrellevé esa etapa de la tortura. La mayor parte de las veces despierto en ese momento con el pecho sobrecogido por la angustia, y la frente mojada de sudor. Es el terror que me domina: en esas ocasiones que logro transitar sobre la quebrada de esos cerros por el camino bordeante, una sensación de sublime horror me domina: abajo en la quebrada se despiden efluvios atormentados de muerte en un abismo oscuro; se siente en el ambiente la presencia de la maldad en su grado máximo; escenas dantescas se suceden abajo en la quebrada: seres ocultos bajo la bruma arrastran cuerpos desmembrados; seres infelices encadenados son objetos de tortura y violencia máxima, se escuchan gritos de pavor y finalmente el silencio...silencio de soledad y dolor...sólo quiero huir del lugar o despertar de aquella pesadilla.., cosa que ocurre finalmente, alterando mi descanso nocturno y mi cotidiana tranquilidad.

Por otra razón que ignoro, nunca me he aventurado a recorrer en la vida real esos lugares, resultando perfectamente desconocidos para mí, habiéndome negado completamente a develar cualquier misterio al respecto.

Normalmente el sueño no vuelve en muchos meses. A veces pienso que no se volverá a repetir y que el olvido lo remitirá finalmente a la papelera de reciclaje del inconsciente. Pero vuelve persistentemente cuando menos lo espero, cuando la calma pareciera haberse restablecido en mi etapa de descanso nocturno.

Este tema no lo he conversado con nadie, a pesar que a veces presiento que terminaré en una crisis nerviosa o un estado sicótico, si no recurro a la asistencia de un profesional.


II

Caminaba una mañana por las calles del centro de Santiago cuando me llamó la atención una portada del Diario “La Cuarta”: Accidente bajo el cerro la Pirámide. La nota me llamó la atención rápidamente, no por la connotación misma del hecho sino por una foto que mostraba un objeto a la orilla del camino en cuestión: una “animita”, fetiche con un sí es no es de religiosidad popular construida quizás hace más de una década, por su pintura notablemente deteriorada y su nombre escrito con letra borrosa: “Lorenza”.

¿Por qué me llamó tanto la atención esta imagen? Porque en mi pesadilla, al enfilar el bus por entre las cuestas de dichos cerros veo siempre una nocturna posada iluminada con lúgubre neón, donde se lee el nombre “ Quinta de recreo Lorenza”.

La verdad es que no pensé mucho en aquello durante la mañana de trabajo en la empresa donde automáticamente clasifico la correspondencia que será despachada hacia las regiones. Pero al terminar la jornada, cuando el bus enfilaba

hacia mi casa en el sector Plaza Egaña, y casualmente logré conseguir un asiento, el pensamiento automáticamente me hizo repasar el informe del diario popular: es decir la foto donde se leía el nombre: “Lorenza”, como un grabado en el mármol de alguna cripta o mausoleo. “ Lorenza, Lorenza...” repetía mi pensamiento en forma obsesiva, como una consigna, volviendo a desolarme el pensamiento la idea fija. Sin embargo, ahora me parecía, con cierta premonición, que se vislumbraba la posibilidad de resolver definitivamente el enigma.

Esa noche volvió a transitar mi inconsciente por la circunvalación. Las mismas sensaciones de algo horroroso en el fondo de la cuesta. Hasta me parecía escuchar dolorosos quejidos de decenas de seres atormentados.

Decidí tomar el toro por las astas. Mi amigo del alma, Adolfo, es además de mi rival en el ajedrez, mi compañero desde la universidad y de correrías, la persona en que más confío: le conté mi problema en una conversación al calor de unas copas de un buen Cabernet. Accedió inmediatamente a conducir el auto por el recorrido citado, para descorrer el velo de mis enigmas, y mientras transitábamos por la circunvalación cerca de Renca, ya experimentaba una sensación de ansiedad, donde me parecía reconocer los vericuetos de mi pesadilla. Iban resaltando las señales del borde de la cuesta mientras nos acercábamos al lugar en cuestión. Huechuraba me parecía ser la antesala del infierno. Pero al rodear lentamente el cerro La Pirámide, una cierta desilusión mezclada con una dosis de alivio me mostraba un despejado panorama. En el fondo de la quebrada modernos edificios daban lugar a un barrio comercial, en una muestra del boom del sistema neoliberal. No parecían ni resabios de los desolados páramos de mi pesadilla. Nos detuvimos en la berma a dejar que la serenidad volviera a mí, y volvimos en silencio tomando el camino de Américo Vespucio hacia el Oriente, pareciéndome haber cerrado completamente un ciclo, al igual que el anillo misterioso que rodea el Gran Santiago, como un halo oscuro y secreto.


III

- ¿ Supiste la noticia del cerro en Conchalí?, me dice Adolfo con ojos expectantes. Me alcanza el matutino, y en la primera plana se lee la siguiente nota: “El ministro en visita Juan Cruchaga encargado de las investigaciones respecto a las antiguas ejecuciones en los campos militares, con el equipo especialista de Investigaciones, logró exhumar decenas de osamentas al sector Norte de los cerros de Conchalí, cuesta del San Cristóbal. El equipo de tanatólogos entregó el informe donde se reconocerían los restos de a lo menos dos ejecutados: José Raimundo Tobar y María Lorenza Pereira, dirigentes universitarios desaparecidos durante el régimen militar”. Adolfo había remarcado el nombre propio femenino. Intercambiamos una mirada de perplejidad y nos quedamos súbitamente mudos.

Afuera la brisa de la mañana llegaba perfumando recuerdos. La primavera se consumaba, y el tiempo parecía un juez implacable que removía viejas heridas de la nación. Verdad. Verdad clamaba la tierra y Justicia pedían los deudos, en un recoveco de la historia que no lograba reconciliar un pueblo que transitaba el día a día en calles y avenidas donde se entretejían sus vidas, al compás de interminables recorridos en microbuses, por los anillos y redes de una ciudad en crecimiento continuo, que quién sabe cuántos secretos guardaría en sus mudos cinturones de asfalto.

Y ahora que vivo en un pueblito cordillerano, lejos de la metrópolis, y por alguna razón me corresponde volver a transitar el Gran Santiago, me parece un país extranjero, con sus grandes y modernas vías. Desconozco completamente a mi vieja ciudad y la antigua circunvalación con sus rotondas me parece que fue otro sueño, que cada vez se sumerge más en la fosa del olvido, así como olvidamos todos nuestro pasado, donde la certeza de la realidad se confunde inexorablemente con el mundo de los sueños, de los sueños recurrentes en interminables círculos.

 

* * *

Sobre el autor

Luis Felipe Carreño nació el cuarto día de la década del sesenta, en un barrio al poniente de la urbe santiaguina. De raíces rancagüinas y de la zona de Navidad, mezcla la sangre de mineros y profesores. Sus padres Rosa y Gustavo, ambos poetas por afición y destino cultivaron su primera inquietud por la lectura, y más tarde por la creación literaria. Además, de sus tíos, primos y hermanos mayores recibe las primeras influencias musicales. Pero al conocer el trabajo y testimonio de los cultores del Canto a lo Humano y lo Divino, asume que en su sino está el engrosar las filas de poetas y cantores populares de este rincón del universo tan desprovisto de identidad cultural, y paradojalmente con un tesoro oculto tan grande.

Integra por varios años el grupo musical de proyección folclórica “Trigo Nuevo” de la Sexta Región, ejecutando instrumentos como la Quena, Charango, Tiple, Cuatro y Guitarra. Además interpreta la Guitarra Traspuesta, el guitarrón chileno y las diversas entonaciones del Canto a lo Poeta.

En 1993 es finalista en el “Primer Concurso de Poesía y Canto a lo Humano” en la Ciudad de Santa Cruz. En 1998 gana el primer premio en el “Concurso Metropolitano de Poesía Popular” de Peñaflor, y al año siguiente vuelve a ganar dicho concurso, esta vez compartiendo el primer lugar con dos poetas más. Además, a partir de 1999 participa en el Encuentro Nacional de Payadores y Cantores a lo Divino en Portezuelo, VIII Región, en los Encuentros de Payadores del Instituto Cultural del Banco del Estado, en el Festival de la Paya de Peñaflor, el Encuentro Nacional de El Rincón VI Región, y otros encuentros regionales.

En el año 2002 graba 4 versos a lo humano en la producción musical “Vamos verseando la vida” junto a tres poetas populares más.

En el año 2003 publica su libro de décimas “Por utopías y sueños”, versos de amor y homenaje, a lo Humano y lo Divino.

En el año 2007 editorial Santillana publica versos suyos en el Texto de Lenguaje y Comunicación, 8º Enseñanza Básica.

Cultiva además, el género de la narrativa, con algunos cuentos de carácter autobiográficos, de acuerdo a su compromiso de “cronista de una época”.

De profesión Técnico en Computación, sostiene que la Tecnología debe ser una herramienta más a favor de la Cultura y no un ídolo más en afán del libre mercado.

Actualmente desarrolla talleres musicales con adolescentes Infractores de la Ley en su labor de Educador de Sename, mientras termina su proceso de titulación de Profesor en la Universidad Arturo Prat.

Vive en Machalí, con sus esposa e hijas, quienes inspiran algunos de sus trabajos.

 

 

 

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Sueños en círculo.
Por Luis Felipe Carreño