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Tres cuentos de Lourdes Franyuti


 



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Página en blanco.

He querido iniciar la primera página del libro que me propuse terminar a finales de este año. No he podido empezar siquiera. La idea central la tengo bien definida desde hace días, pero aun no encuentro las palabras acertadas para el primer párrafo. Podría empezar describiendo el ambiente, narrando las características particulares del lugar o bien, dándole la pauta al lector acerca de la época en que se desarrollará la historia.

Esta vez, mi idea es dejarme llevar por las sensaciones, alegrías o conflictos que se internarán en la mente de mi personaje principal. Me interesa saber qué piensa, por qué se atemoriza o cuál es la razón de su angustia. Podría contar la vida de alguna mujer dedicada a la vida política, religiosa, la rutina tal vez de trabajar en un hospital, banco o juzgado. Si bien es cierto que la mujer ha destacado en el ámbito profesional, hay muchas otras que han dejado su alma en las labores domésticas, altruistas o simplemente han dedicado su existencia a brillar en sociedad.

Abro mi paraguas y camino bajo la lluvia, tengo que cruzar la avenida principal hasta la puerta de la Biblioteca Pública. Me detengo y veo una silueta un tanto vaga… No logro distinguirla por la caída tan fuerte y cerrada del agua. Apenas si me doy cuenta de que es la única persona parada sobre la acera. Un viento violento arranca de sus manos dos objetos; acomoda su paraguas, se agacha para recogerlos, pero no puede tomarlos con sus manos. Al parecer, han seguido el curso del canal y flotan con la corriente. La sombra en cuestión corre a lado de ellos y por más que se esfuerza por agarrarlos, los objetos se les escapan de sus dedos.

Sigo observando la escena desde el otro lado de la avenida y voy corriendo de igual manera para ayudar a detener los objetos. En este momento chocan bruscamente contra una tapa de registro y quedan atrapados en una rejilla contigua. Ahora que estoy más cerca, distingo que se trata de una muchacha recogiendo dos libros; se siente sofocada por pelear con las gotas intensas, impregnadas en su rostro. Trato de cruzar de nueva cuenta la calle, pero un automóvil pasa a gran velocidad junto a mí, que empapa completamente mi vestido. Sacudo el lodo que ha dejado sobre mis piernas y volteo a ver a la mujer. Se ha refugiado en el techo de un ventanal. Los libros los ha colocado sobre el aluminio que detiene el cristal.

Cierro mi paraguas y me dirijo a ella dando grandes saltos. Al abordarla, me mira con extrañeza y me obsequia los dos libros. Bajo la mirada hacia ellos y aprecio que son un diccionario y un libro finamente empastado, mojados y casi inservibles. Abro la primera página del libro y me sorprendo al percatarme de que está totalmente en blanco. Supongo que el agua borró todo lo escrito en ella. Me froto los ojos y veo mi reflejo en el ventanal. No había más mujer que yo misma tratando de decidir entre aguacero, nubarrones grises y melancolía, ser o no ser la protagonista de mi propia historia.

 

Semana sin lunes.

Otro día que desprendo del almanaque. Un día largo y gris, de ésos que se pasan despacio, desayunando, comiendo y cenando frente al ordenador; esperando a que las manecillas del reloj le ganen la carrera al tiempo. Interminables trazos por realizar y mi mente divagando en cómo continuar con el anteproyecto de diseño para el que me han contratado.

Supongo que el día de hoy no es un buen día para trabajar; ya lo he arrancado de mi vista… Es lunes y la cabeza me estalla. Pudiera ser que una cargada taza de café ayude en la contienda. Conecto la cafetera y sigo esperando a que el tiempo me ayude a atrapar alguna idea. Abro el cajón de mi escritorio para buscar una libreta de notas y lo primero que hallo es un cubo de rubik que mi hijo ha dejado olvidado.

Lo observo con detenimiento y recuerdo cómo jugaba yo con él cuando era niño; le llamaba el cubo mágico: un rompecabezas tridimensional totalmente revuelto. Las seis caras que lo conforman me hacen recordar mi creatividad en este momento: todo un desastre en cuanto a esquinas, posiciones lineales, formas de cruz… Analizando la problemática del cubo, imagino las diferentes rotaciones, variaciones y posibilidades en cambios de colores.

Regreso a la computadora. Ahora tengo el plano a medias y el cubo frente a mis ojos. Le doy vueltas y detecto cuatro esquinas en color azul. Alzo mi vista al plano y me percato que las pegatinas azules y esquinadas coinciden precisamente con las cuatro esquinas del espacio escénico del teatro que trazo. Las despego y las coloco sobre el ordenador.

Mi mente selecciona imágenes, medidas, espacio para butacas, con los colores del cubo, mismos que sigo despegando y colocando en la pantalla. Todo es más claro ahora y comienzo a separar las secciones del plano por colores. Las horas pasan y el trabajo se va completando. Miro el cubo y se ha quedado con solo cinco pegatinas formando una “L”.

Sin darme cuenta, se ha hecho tarde; ya casi termina este día. Despego las pegatinas de la pantalla para regresarlas al cubo, mismo que he ordenado en simetría y color. Volteo a la computadora y distingo el plano exactamente igual a como estaba en la mañana, sin modificación alguna. La alarma del reloj suena recordándome la hora. Ha iniciado el día martes. Al parecer, todo lo sucedido ayer se ha perdido; como si el almanaque con todo y su santoral me gritara desde el muro donde está colgado, que ésta será, una corta e improductiva semana sin lunes.

 

Horario de verano.

El tiempo, como aliado y enemigo lo he visto actuar en repetidas ocasiones… en el atardecer, en el ruido desesperado de las campanas que se agitan en lo alto de la catedral, en la neblina densa y baja de las montañas, en el timbre agudo de un despertador sincronizado con el alba. En este último caso, es el enemigo quién llama, quién me avisa entre sueños que el día comenzará y que con ello, me convertiré en otro ser.

¿Qué clase de mujer seré? Alguien de más edad, con más secretos que guardar y con tantas ilusiones encerradas dentro de un corazón sin más fuerzas que las de enterrar el pasado bajo el presente en exactamente sesenta minutos. Si analizo el tiempo que me tardaré en adelantar la manecilla del reloj, concluyo que lo haré en un parpadeo, sin más esfuerzo que el de mover la perilla hacia la derecha para matar en fragmentos, una larga hora de vida rutinaria que me echo a cuestas.

Sin reflexionar a fondo, pienso en las cosas que pudiera hacer en este tiempo robado; ocuparlo para dormir, para charlar en alguna reunión, para leer, o bien, para meditar en lo que no he hecho al día de hoy. Concluyo que mi tiempo no ha sido bien aprovechado. La duda se forma en mi mente como una nube gris, deforme y espesa: una simple hora de mi vida, ¿en qué la cambiaría?

Faltan apenas escasos minutos para que el sábado se convierta en domingo apresurado. Abrazo el reloj, cierro los ojos y trato de hablar conmigo misma, gritando a la cuenta de tres, qué es lo que más me hubiera gustado hacer en estos treinta y ocho años, a mi parecer, bien vividos y se me ocurre una sola idea…

Me tardo en responder, las palabras no salen con voz, al contrario, se quedan mudas, provocándome una gran ansiedad, una angustia contenida que me inquieta y que a la vez me sorprende. Me pongo de pie con tal impotencia que me dirijo al balcón de mi recámara. Es casi de madrugada y las estrellas se asoman para ayudarme. Las observo y empiezo a contarlas. No me alcanzaría el tiempo para saber cuántas son en total, así que concluyo que el infinito se acerca a la respuesta correcta.

Hablo en voz alta nuevamente y sale de mi boca la palabra infinito. Enumero tantos sueños, muchos de ellos convertidos en infinitas utopías: mundos idealizados y a la vez, alternativos a la realidad que vivo… Si tan solo uno de mis sueños se hiciera posible en esta hora robada, podría decir que avancé, pero si analizo a conciencia el razonamiento, una vez cumplido el sueño, ese mundo idealizado y sublime pudiera no rebasar mis expectativas y frustrarme ante tal decepción.

Regreso a la mesa donde coloco el reloj – despertador, lo tomo en mis manos y dudo en adelantar el minutero o dejarlo así. Es la hora de decidir por mí misma o bien, si el tiempo lo hará por mí… Respiro hondo, le doy la bienvenida a la madrugada y espero a que mi reloj biológico haga su trabajo: que sea él quien cambie mi horario de verano.



 

 


 

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