
POEMAS NO LEÍDOS
Lorenzo Peirano
Nota: A mediados de esta calurosa primavera me iba a reunir en La Serena con algunos viejos amigos dedicados a los versos. Yo imaginaba un “Encuentro en Telgte”. Finalmente no pude viajar debido a asuntos de penosa economía doméstica. Estuvieron en esa reunión Álvaro Ruiz, Jaime Retamales, Horacio Eloy y Javier del Cerro. Todos compañeros entrañables. Leyeron sus poemas y hablaron de sus cosas. Por mi parte, y a pesar de mi reticencia para enfrentar al público, yo también estaba comprometido a leer. Y por lo mismo, por lo que no fue y que lamento, dejo en esta página aquellos poemas no leídos.
L. P. ::::.:.:.:.:.:
INTENTÉ RECUPERAR
Intenté recuperar
mi cuerpo,
mis alegrías de la tarde.
Las hojas de los árboles
brillaban demasiado;
se escuchaban pájaros,
se escuchaba el ruido de un motor.
Intenté recuperar
mi alma,
mis lecturas de la noche.
Voces, acentos
que rozaban el estiércol;
rostros amados y perdidos,
angustia: madrugada.
A VECES
A David Muñoz Schubert
A veces
desconozco mi ayer, a veces
ignoro quién soy,
y se abre un futuro,
un futuro de parabienes y canciones.
Pero ante Dios me digo:
esto no puede ser.
¿Qué ha pasado?
¿Por qué esas casas blancas
y esos álamos mecidos por el viento?
CAMBIA LO QUE PENSÉ
A Franco y Diego Pino
Cambia lo que pensé
en aquellos días de arrogancia.
Aquí, en este campo siniestro,
entre zarzales y esteros de agua turbia,
cambia mi visión ya recibida la respuesta,
la indolencia,
la conocida “falsa promesa”, ¿qué esperaba?
No esperaba nada,
porque yo había torcido un destino
de tardes (como álamos) destinadas a caer,
de no ser lo que soy ante la muerte.
Ágil, muchas veces exploré
los cerros interiores.
PRIMER FRAGMENTO
-Estoy inquieto,
siempre que me despido de alguien
lo hago para siempre.
-Es que han muerto tus amigos,
los que llegaban a tu casa.
-Abandoné mi casa.
-Era impresionante tu casa con aquel
silencio, con aquellos almuerzos
y aquel café servido a las cuatro de la tarde.
-Lo que dices me hace mal.
Yo dejé atrás
mis días hacinados.
-Perdona. Es que cierta vez allí me hablaste
de un notable amanecer.
-Fue hace muchos años.
-Pero fue, según dijiste,
una luminosidad inesperada.
-Un amanecer muy claro, casi
el primer amanecer;
y también el preludio de la muerte.
-Pero había una muchacha.
-Una muchacha y una anciana;
y las paredes tan celestes,
y el despertar de la ciudad
y esas tormentas en mi pecho.
-Te recuerdo en aquel tiempo,
estabas tan delgado.
-Mi cuerpo era mi alma.
No podía seguir de esa manera.
Me resultaba imposible borrar
el deseo trazado con carbón,
el dibujo de una mueca.
-¿Y tuviste fe?
-Siempre tuve fe.
RECORDAR
Recordar…
¿Qué podemos recordar
en medio de las ruinas,
en medio de los muertos?
Tú no has mirado bien, has vuelto
ingenuo todavía, aunque supongas lo contrario.
Recordar…
Podría ser que no queremos,
podría ser que también hemos perdido el alma sin saberlo.
Han esparcido aceite en nuestras puertas;
la lluvia ha estropeado fotografías y cuadernos.
Observa nuestros rostros, descubre jornadas,
espacios… momentos de terror.
PARTÍ DESDE LA ÚNICA CIUDAD
Partí desde la única ciudad
en busca del principio de mi sangre:
la acequia desbordada, el estribo
de recuerdo,
sobre posiciones,
aromas indecibles que todavía permanecen.
Partí de pronto,
quise recibir,
quise salvarme debido a los zarzales,
imaginando llamas y respuestas,
frente a las ruinas del jardín,
detrás de la certeza, junto a mujeres severas
de ojos verdes y a espectrales inquilinos
cabizbajos…
Pura soledad
la del tiempo requerido
por mis manos; no encontré
señales en la tierra apisonada.
Tal vez
el relampagueo de un desprecio.
LA NOCHE DE SAN JORGE
No falta mucho para que dejemos este pueblo,
el pueblo de nuestros padres, de nuestras madres; caserío y voces
juzgando apenas anochece; aunque es grato su pequeño cementerio:
aquel saludar interminable. Los veranos en la memoria y los veranos
que han pasado hace poco rato; brasas en la cara a las cuatro de la tarde
y cigarras que distraen, que invaden la lectura.
No falta mucho para que nosotros, los que no tuvimos un pueblo
(a pesar de nuestra sangre, nos sienten extranjeros), abandonemos
el valle, la tierra trabajada o la distancia. Sólo nos importan los detalles,
el vidrio empañado tras el cual se adivina una muchacha, la conversación,
un tintinear de espuelas, los fardos, la bodega,
el alacrán cerca del pie
descalzo de la infancia.
* * *
Nosotros, los que no tuvimos un pueblo,
estamos sentados a la mesa y alguien nos sonríe.
Es un hombre delgado, de estatura media.
Nos sonríe y nos pregunta por Rolando, por Álvaro, por Gabriel,
por su hermano Iván, por el silencio de Mauricio.
¿Qué decirle? El otoño pronuncia versos sueltos.
¿Qué decirle? Conocemos esos nombres.
Yo escucho hablar a mi amigo,
escucho su voz inocente en la paz
perdida de una casa.
No puedo decir nada, no puedo mover
mis manos y él no me ve, todavía
no me ve.
Yo escucho aquella voz cercana
y hace diez años ausente de las cosas.
¿Qué día es hoy?
Un dragón cae vencido junto con las sombras;
otra noche demasiado triste
se resigna.
* * *
El don, obsequio de un viento dividido,
rompe la bolsa del dinero y te hace hablar
sólo de ti mismo.
Recuerdas al amigo,
tienes presente la noche de su velatorio, la noche de San Jorge.
Pero marchas con otros seres; desde la muerte
partes a la vida (aunque debes regresar).
El último paseo: piedras verdes en el estero claro;
saltamontes bajo el sol, sobre las hojas caídas del venturoso otoño.
El último paseo: álamos y tiempo. La complicidad de las personas buenas.
Concluyes: Verdaderamente, querido amigo,
hoy día nos entenderíamos mejor.
Y sigues:
Usted yacía lejos, ausente,
en aquel campo de canales secos,
en un recinto que no puedo imaginar.
La gran sombra de los cerros en la noche de San Jorge.
* * *
“La noche era un trozo de carbón a punto de arder.”
Me rompe el alma una casa lejana allá en Santiago;
el vaso de vino y la queda conversación
sobre tangos, libros y la dura tarea de vivir.
A un poeta no se le puede hacer daño, usted me aseguraba.
Usted, acorralado por momentos insufribles,
indulgente y sabio. Notable desde la memoria y el paisaje.
A veces, quienes le conocimos, nos referimos a sus poemas,
a su vida; lo intentamos.
A veces hablamos demasiado. Usted sonreiría.
Escribo en verso después de recorrer un campo desde cuya tierra brota sangre,
sangre y luz en la atmósfera invadida por innombrables pájaros nocturnos.
Cuántas veces le hablé de este lugar.
En las calles musgosas del invierno de Santiago, cuántas veces le hablé de este lugar;
y usted partía a las tierras de La Ligua, áridas y misteriosas voces; las muchachas
de sus sueños. Usted se despedía para pronto volver en aquellos días entrañables.
Hay algo que decir cuando el campo, al atardecer,
hace “un recuerdo de la muerte”.
DE LO AMARGO HA SURGIDO MI VIRTUD
De lo amargo ha surgido mi virtud.
Al rojo vivo las azadas, los instrumentos
de labranza. No puedo sino decir
cosas relativas a un secreto, a un tiempo
desdichado.
Pido perdón ante el viejo camino ensombrecido
de la tarde. Aún quedan restos del jardín.
Pido misericordia, una oración.
LA MANDA
A Álvaro Ruiz
El largo de su cabello gris,
la barba crecida. Este hombre
se arrastra a voluntad,
entre dolores, entre cuerpo
y alma. Se arrastra a voluntad.
Expulsó de su boca
el trozo de corazón asesinado.
Ya olvidó la noche dionisíaca,
el mal de ojo. Lejos se encuentra
el manto de la luna.
Entre los arbustos
yacen otros días. Este hombre
se arrastra a voluntad. No sé
su nombre. Y nadie tiene
la respuesta
No puedo hablarle. Deja
un rastro allá en las hojas,
en las piedras de la tierra…
(Para el final)
Lo doy por cierto,
en El Sotobosque
descansan mis amigos.
Dedicados a sus cosas
ahora pueden leer sus libros,
o contemplar el sol enrojecido
(lo que llora o ríe
antes de la noche).
Cuánto sufrieron
al vivir entre monedas,
entre canallas repetidos:
años y palabras
de amarga lucidez.
Lo doy por cierto,
en El Sotobosque
descansan (se alimentan) mis amigos.
Porque allí se reunieron
con muchachas indulgentes:
criaturas del musgo,
hermanitas expulsadas
(pelo negro, ojos intensos y rasgados).