
Kenzaburo Oé: El correr del tiempo a través del bosque
Por Moira Bailey J.
-El tiempo pasa ¿sabes? Le habían dicho a Kenzaburo Oé de niño- “cuando sientas ganas de huir, lo mejor será que te quedes quieto donde estás, porque como el tiempo pasa, la causa de tu vergüenza al fin se desvanecerá.
Aunque estaba seguro de haber modificado esas hermosas palabras con el pasar del tiempo, también estaba seguro de haber comprendido su sentido. Su obra es una continua constatación no sólo de que lo ha comprendido sino de que lo ha completado porque para él, el tiempo es un círculo interminable en el que estamos inmersos donde hay una esencia que está siempre viva y vigente mientras el entorno se transforma.
Sus libros hablan esencialmente sobre el efecto o no efecto que tiene el tiempo en los hechos y en los hombres, pero es un tiempo que no entierra los eventos que deja atrás, sino que les da vida metiéndolos o haciéndolos causa de la forma que toma el presente que no se acaba nunca de forjar, porque el tiempo es un camino sin fin que puede recorrerse indefinidamente en cualquier dirección. Oé concibe una vida larga que es el reflejo de lo que precede al nacimiento y sobrevive a la muerte, como una gran circularidad imposible de romper.
El bosque en el que nació y al que regresa a lo largo de toda su vida es parte inseparable de aquél círculo irrompible. De joven, antes de haber abandonado ese lugar se preguntaba si vivir no consistiría en comprender lo que sentía entonces y proyectarlo sobre todo el tiempo que le quedara de vida. Años después, cuando caminaba nuevamente por los mismos rincones de aquél bosque, se sentía invadido por un íntimo sentimiento de comprensión. Allí habían sucedido todas las historias de las que habla en sus novelas, y que le servirían como modelo para entender la vida y la muerte.
El bosque es la raíz de la que crece su poética, después de la muerte el alma se convierte en parte inseparable de él, porque las gentes que habitan allí creen que al morir el alma se establece en las raíces de algún árbol donde permanece hasta reencarnarse. Kenzaburo de pequeño temía que si la muerte lo sorprendía lejos del bosque, su alma tardaría mucho en regresar a aquel lugar fundamental en el que descasaban sus antepasados. Años más tarde, invadido por la tristeza, llegó a sentir que la mitad de su alma había volado al bosque y yacía prematuramente en las raíces del “árbol” que le estaba destinado, habiendo abandonado su desconsolado cuerpo en la ciudad.
Oé es inseparable de la vida de sus personajes, sobrevivir Hiroshima y sufrir los rasgos de la postguerra son las constantes casi incurables de su vida y el leitmotiv casi obligado de sus libros. Todo el sufrimiento acumulado en la gran ciudad a la que llegó sin querer y de la que hizo su núcleo de vida es constantemente comparado con la visión de todo aquello que tiene desde su “pueblo en medio del bosque” y con las reminiscencias e historias que nacen en él. La distancia que existe entre estos dos ámbitos es descrita en toda su dimensión, pero no con la benevolencia de quien fabrica la perfección en aquello que ya no tiene, sino con la exactitud de una memoria que no perdona nada.
Cartas a los años de nostalgia es uno de sus libros más completos, combinación de novela y autobiografía, recoge sus reflexiones fundamentales en el bosque, los hechos importantes de Japón y de sí mismo, todo encerrado en un “juego serio y sereno dentro del círculo del tiempo”. Son cartas a los años en los que se origina la nostalgia del presente.
La absoluta y profunda sinceridad de Kenzaburo Oé en relación a él, a los demás y a lo demás y a la manera de mirarlo ahora (mientras se lee) y de haberlo mirado mientras sucedía, es tan envidiable como conmovedora. Su estilo duro y claro como un cuchillo cortando el hielo nos muestra una desnudez y honestidad pocas veces alcanzadas.
La fuerza de los hechos no se diluye cuando éstos son contados después, la sabiduría de Oé consiste en ver las cosas a través de un tiempo más abarcador, cuyo movimiento es más flexible. El bosque es para él un lugar de ensoñación y al asociar el tiempo con la ensoñación, ese tiempo adquiere una extraordinaria elasticidad, con la cual es círculo irrompible se vuelve aún más grande.
Y si “después de la muerte el alma se vuelve parte inseparable de ese bosque”, la vida en el mundo no puede escapar a la influencia del eterno tiempo de ensoñación. Cartas a los años de nostalgia describe todo lo que en algún momento o lugar de su existencia tuvo influencia en su pensamiento y la cotidianidad de su vida. Es una aleación de eventos tristes y cruentos con cuentos antiguos y tradicionales de los caceríos cercanos a su pueblo rodeado por bosque, escrita con gran maestría y afectividad.
La profundidad de sus recuerdos le sirve para iluminar el significado esencial de los sucesos posteriores. La escritura es el pretexto para poder volver al tiempo de ensoñación del bosque. En este libro se detectan las lecturas y los sucesos que lo llevaron lenta y claramente a ser un escritor de cuerpo entero, un hombre que no toma atajos para simplificar su camino, sino que sabe esperar a que la gente y las cosas tomen las formas que le son propias.
Cartas a los años de nostalgia es una narración que avanza en varias direcciones, y así como los salmones de aquel bosque “siempre regresan al río en el que han nacido” también los pensamientos giran hasta llegar a su lugar de origen. A través de sus cuentos Oé vuelve a todos los lugares que ha pisado, ninguna memoria es desplazada aunque sea como una herida mal curada, el vuelve a ellas venciendo el temor de volver a lastimarse. Su fotográfica memoria lo ayuda a describir el pasado en toda su dimensión, con todas las lágrimas que sudó para atravesarlo, con un aire de impotencia ante ciertos hechos que la mayoría de los hombres atribuye exclusivamente al presente. La vida se convierte entonces en una infinita composición en la que los elementos tienen que arreglárselas para engranar mientras el mundo sigue girando hacia delante o hacia quien sabe donde.
Sus recuerdos certeros resuenan en la tierra que sigue siendo la misma que los produjo, en un presente lleno de vestigios, a veces dolorosos, que son la confirmación de la certeza de que todo aquello sucedió. El corazón que acarrea sus memorias no se vuelve lento y pesado, sino siempre dispuesto a seguir viajando del bosque a la casona y por todos los años que los separan.