Contra la contra
Marcelo Munch
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El extraordinario Manuel Rojas hablaba de la imposibilidad de Enrique Lafourcade de perfeccionar su talento y llegar a ser un escritor verdaderamente grande a pesar de escribir con una facilidad pasmosa: carecía de la capacidad de amar a sus personajes, decía, y esa falta de compasión trascendía a sus relaciones sociales. Hablaba con conocimiento de causa pues le tocó conocerlo, le tocó leer su capacidad ilimitada de tergiversar la realidad, le tocó escuchar sus venenosos comentarios contra quien se le cruzara cuando la situación le era favorable, le tocó ver su insoportable deseo de fama “con la desvergüenza de un adicto”, como dijera Julianne Clark, ex-esposa del vate Manuel.
Escribo esto pensando en ese Lafourcade que de tanto en tanto tal vez deambula hoy por las calles con su rígido traje y su corbata exacta a prueba del paso del tiempo, en ese lafourcadismo que aún puede verse en infaltables versiones contemporáneas multitonales y con distintos cortes de pelo, en esos lafourcadistas que ostentan púlpito donde invocan sus vestigios corrosivos en cada texto o en cada domingo en horario nocturno, con cero capacidad o pericia para motivar ni sembrar nada, ni siquiera un repollo, la cosa es aniquilar, y que sea personal.
Pero es tan cotidiana la lafourcadología que ya cuesta distinguir entre un chascón y otro, hemos crecido entre tanta opinión de limo yesca que todo mundo arrebata a la defensiva y el soñar es cosa de pendejos, entonces como mejor y más positiva enmienda se perpetúa la prudencia y mejor será no opinar y acatar el sueño de terceros, porque la coraza quema y mencionar ciertas palabras con signos de exclamación y gerundios pueden picar hasta las muelas, porque hasta la mención del nostálgico olvido hiede a ninguneo, porque ya no existe el homenaje, la inintencionada mención no es más que un ardid, algo debe haber detrás, en el mejor de los casos huele a intento de sacar ventaja para después ventilar palabras cuñas como buen amigo o elogio.
Escribo esto antes que sea demasiado tarde. No vaya a ser cosa de que desaparezcan lafourcades y lafourcadistas, después el tiempo puede tejer sus hilos a su manera y a nosotros no nos quede otra que santificar aquello ya desaparecido y tengamos que asentarnos en la conformidad del destino donde suena feo hablar de ciertas cosas. Y a esas alturas, no importará nada cumplir otros veinte años y que se acumulen con el montón de experiencias importantes que pudieran haberse acumulado, después de todo, a la poesía ni le interesará saberse si sirvió para algo o no.
PD: Debatir, del verbo latino bátuo, batuere. Expresa la acción de golpear repetidamente, con cierta energía pero con suavidad, sin dar a matar al oponente, o adversario, que no es lo mismo que enemigo.