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Pedaleando al vacío

Por Marcelo Munch
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Acabo de leer por primera vez “El ciclista del San Cristóbal” de Skármeta. Desde mi balcón puedo ver el cerro, trato de adivinar el dibujo de esa noche del cuento, la preocupación por llegar al fin el día siguiente, la vigilia del padre, la enfermedad de la madre, la carrera, con la nuca contra las baldosas y esa carne endurecida con firmeza pateando los pedales, además, el día de su cumpleaños.

Me pareció un relato tan poderoso, me parece sin embargo un llamado de nervios tan lejano y extinto. No hay nada que vaya a acontecer en este día o en los que vengan que hagan la diferencia, mañana yo no he de enfrentarme a ningún primer ascenso de ninguna temporada, ni tengo premisa alguna que me apriete la noche y me quite el sueño. Ni tampoco veré a mi padre rondando de lado a lado como león enjaulado tomando ponche como si aquello le brindara alguna solución, ni escupiré hacia un costado los trozos de fruta confitada, porque la fruta confitada me gusta, y no la considero una inmundicia. Fumaré en cambio un cigarrillo en mi balcón, y sin decirle a nadie veré cruzar en el cielo algunas de mis ideas sueltas como siempre lo hago; lo más probable es que al terminar, me escabulla en alguna entelequia inútil y ridícula de esas que tanto se habla en los periódicos para no hacerme problemas con el mundo, y así evitar tener que dar explicaciones por mis ingobernables pensamientos, para qué pensar tanto, estoy bien domesticado, es sabio no disentir, vivir sometido es algo natural y conveniente.

Y cuando el próximo 5 de noviembre sea mi cumpleaños, tocaré mi cara, me veré al espejo, confesaré como cada año que no habré avanzado hacia ninguna parte, y haré vista gorda. Miraré desde mi balcón la Alameda con un cigarrillo nuevamente, y se cruzará en el cielo entonces alguna idea mía suelta otra vez. Será como siempre una silenciosa mirada al futuro más que a mi pasado, no querré abatirme, evitaré a toda costa cualquier atisbo de reflexión o memoria que me lleve luego a preguntarme en donde estoy y a qué pertenezco, por ningún motivo un festín de jolgorio o alguna celebración absurda de alguna visita que me encare con sonrisa idiota que todo es tan alegre y perfecto y el mundo está cada día mejor. Le pegaré una mirada al futuro en secreto, conmigo mismo de mi lado, y me pensaré por un micro segundo si habrá valido la pena mi retorno a este mi chilito mío cada día más vacuo creyéndose primer mundo, y si habrá valido la pena todo aquello que he hecho y que me prometí no volver a hacer más.

Qué diablos, amo a mi patria pero Chile no es amoroso, la codicia y la exclusión se chorrean a borbotones por cada poro, y la hostilidad del aire golpea demasiado fuerte y su rúbrica me parece insoportable. Y no es de la gente de lo que hablo y hablo de la gente, hablo de nuestras garras cotidianas y en los momentos de los quehubo, hablo de nuestras conductas de reyezuelo a patrón, de pillería de fresco de raja a barzúo mamón, basta verlas a los ojos en las calles y en los titulares en los diarios, si no me favoreces te borro, a nadie le interesa mi poca inteligencia o mi falta de hombría, total un aparataje enorme me avala y me importa un carajo tus palabras y la guerra sucia porque tengo mis manos limpias, yo lo digo y punto, mira quien soy, puedes llamarme Dios. Y la gente, yo, acatando señor acatando, es como si se premiara a quienes imponen su estatura y su enfermiza sed de victoria cueste lo que cueste sin importar el modo ni a quien se tenga que pisotear, vencer, someter, dominar, no dirigir, quieren que sus intereses dominen, no sus propias personas, un gobierno para la gente común dicen los slogan, pero sin gente común, la gente común no sirve, hay que sacarles el voto no más, ganarles, temerles, someterlas, saludarlos con la manito con cara de bueno y decirles que yo me dedico a trabajar como si de verdad supieran lo que de verdad significa haber trabajado alguna vez en la vida, hay que respetar las leyes naturales, debemos defender el orden, conservar las composturas, preservar el dominio, las castas se han impuesto desde siempre aquí y en toda parte, han sabido tomar ventaja, tomamos, tomamos no, yo soy gente común, soy el que se queda en solitario mirando el cerro y la Alameda en secreto porque no voy a ninguna parte. Pero qué importa, a quién carajo pudiera importarle, lo establecido hace rato ya que es ley, vaya bello Gramsci, cuanta razón tenía, es mejor quedarse callado.

No me gusta lo que veo, en secreto miro al cerro, extraño el cobijo, poco y nadie ya queda que ampare y represente, todo se vende, se impone, no quiero mi voto en eso, no sé si habrá valido la pena mi retorno, la mezquindad de quienes tienen voz y comandan y aspiran los cetros no le llega ni a los talones a la madera buena con la que está hecha esa mal mirada gente común que le da de comer. 

Yo no quiero seguir a nadie ni quiero que nadie me dirija, quiero creer que a lo mejor subiendo un condenado cerro, al menos alguien me acompaña y puede respetar mi silencio./

Un 5 de noviembre de 1926, Mussolini disolvió los partidos políticos de oposición y suprimió la libertad de prensa. Tres días más tarde y en violación de su inmunidad parlamentaria, Antonio Gramsci es arrestado en su casa y encerrado en la cárcel de Regina Coeli. En adelante solo conocería de encierro, “por veinte años debemos impedir a este cerebro funcionar”, habrían dicho, y lo hicieron, Gramsci enfermó gravemente tras tantos años de reclusión. El 21 de abril de 1937, Gramsci adquiere la plena libertad pero ya está demasiado grave en el hospital. Muere seis días después, con apenas cuarenta y seis años, entre otras graves dolencias, de hemorragia cerebral.

 

 

 

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