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Relectura de Catulo: La desaparición de Lesbia

Por Rodrigo Arriagada Zubieta


Dentro de los poemas que conforman el ciclo de Lesbia, existen dos de ellos que resultan especialmente ilustrativos para comprender el hecho de la renuncia amorosa como un verdadero periplo, atravesado por un temple anímico del poeta que se debate progresivamente entre amor y olvido: nos referimos a los cármenes 8 y 76. Ambos poemas plantean el adiós pero en términos diversos que van desde un tono entreverado entre ruptura y reconciliación en el carmen 8, a uno de absoluta aceptación y resignación cristalizado en el carmen 76: Yo no pido que ella corresponda a mi amor. Examinar qué media en la imagen que el poeta tiene sobre el objeto de su amor en ambos poemas es el motivo de nuestra reflexión, partiendo del supuesto de que existe cierta progresividad en cómo Catulo organiza el conflicto de renuncia, para lo cual debieran resultar asimismo iluminadores los cármenes 11, 70,72 y 75.1

El carmen 8 comienza con una interpelación a sí mismo y en la que considera pertinente dar por perdido un amor que ya no es correspondido, a pesar de la obstinación que conlleva la intensidad del sentimiento: Pobre Catulo, deja de hacer locuras, y da por perdido lo que ves que se perdió. Acto seguido el poeta remite a un pasado que debemos asumir cercano porque, en efecto, el conflicto que da vida al poema permanece presente, pero en el tratamiento poético ese pasado adquiere cierta profundidad, otorgada por un sujeto que contempla con lejanía algo que sabe perdido: En otro tiempo brillaron para ti soles resplandecientes, cuando corrías adonde te llevaba una niña amada por mí como no lo será ninguna/ verdaderamente, en otro tiempo brillaron para ti resplandecientes soles.

No obstante esa lejanía, el poema todo parece animado por la viva esperanza del perdón, de la reconciliación, por una lucha interna, y en definitiva, por la presencia de Lesbia en cuanto objeto de su amor. Tal es así que cuando Catulo pasa a enumerar sintéticamente el pasado vivido con Lesbia: el encuentro, el enamoramiento y la posesión amorosa, se produce un lapsus de su memoria que lo lleva casi a perdonarla:

¿Quién se acercará ahora ti? ¿Quién te encontrará hermosa?
¿ A quién amarás ahora? ¿De quién dirás que eres? ¿A quién besarás?
Pero tú Catulo tente firme y no cedas

En estos versos se revela la contradicción de los sentimientos como una lucha interior que se consubstancia con las palabras mismas, pues es de la poesía misma de donde surge la duda que es espejo de su alma y que contraviene los dictámenes de la razón; pero sobre todo se nos revela la imagen de Lesbia como una presencia que se materializa gracias a la fuerza del recuerdo, pues Catulo al señalarle que no podrá encontrar a nadie que la ame como él, más que augurarle un futuro indeseable, nos presenta la síntesis de un amor pleno que no volverá a ser, y que sólo puede permanecer como un lugar en la memoria.

Ponemos énfasis en la consideración del amor vivido como un momento de perfección irrepetible y ya solamente recordable, porque pensamos que en esa sublimación que Catulo realiza de lo realmente experimentado, se encuentra asimismo la causa de su mal, de la instalación en su alma de una pasión atormentada y trágica. Prueba de esta idealización es que la mujer real que aparece presente en el carmen 8, vaya desapareciendo paulatinamente como destinatario concreto de la apelación amorosa que realiza Catulo, hasta encontrarnos con el carmen 76, donde tenemos al poeta ya no en diálogo con Lesbia, sino consigo mismo y con los dioses.

Desde el temprano carmen 11 nos damos cuenta de que algo ha cambiado en el temple anímico de Catulo, pues de la duda y la inquietud ha pasado a la decepción ocasionada por el conocimiento de la traición de Lesbia, causa del dolor del poeta que hasta ahora no había sido revelada a nuestros ojos:

Viva enhorabuena con sus amantes, estos trescientos que abraza a la vez,
sin querer verdaderamente a ninguno, pero rompiéndoles sin cesar los ijares a todos,
y no respete como antes mi amor, que por su culpa cayó
como cae en la linde de un prado una flor, cuando el arado la roza al pasar.

En esta transición anímica ha operado la caída del amor por la pérdida de la idealidad del ser amado. Pero dicha caída, percibida como una pasión erótica que mina sus facultades físicas y espirituales, se realiza desde la interioridad del poeta mismo y lejos de la mujer real que comienza a aparecer desde aquí como mera imagen o como pretexto histórico de algo más profundo, de una intuición universal que no la compromete ya individualmente, sino que ahora genéricamente, como aparece en el carmen 70:

Dice mi amada que con nadie quisiera unirse más que conmigo,
ni aun si el mismo Júpiter se lo pidiera.
Lo dice, pero lo que una mujer dice a su ardoroso amante
hay que escribirlo en el viento y el agua rápida.

Pareciera que en el solo affaire entre Lesbia y el poeta, éste último ha contemplado de una vez y para siempre el éxtasis del amor, la flagrante presencia de una mujer indescriptiblemente seductora y traicionera a la vez, la fugacidad de la plenitud y, en definitiva, la imposibilidad misma de la realización de los deseos en la vida. Pues es este deseo el que crece a expensas de la realidad, como una forma de negar a esta última, no obstante el poeta sepa que está condenado a fracasar ante ella.

Es esta contradicción la que se expresa en el carmen 72, donde Catulo señala que por conocer el carácter traicionero de Lesbia la aprecia y la estima en menos, pero dice asimismo quererla más. Pues bien, creemos que ese querer expresa el fondo trágico sobre el cual verdaderamente se despliega el drama amoroso de Catulo, porque hay ahí no la afirmación de un sentimiento por Lesbia aún persistente, pues ya hemos señalado cómo esta ha sido paulatinamente desplazada, sino que hay el deseo de que ella hubiese sido de otro modo, y que con ella la realidad y la vida toda se transformaran positivamente.

Es precisamente la constatación de la mujer-considerada universalmente-como objeto de unión plena con el mundo y la imposibilidad de perpetuarse en dicho estado, la causa de la fatalidad del poeta. Y es así como en el carmen 76 nos muestra a un Catulo que dialoga con los dioses y que pide no la recuperación de la mujer a la cual ya ha olvidado en su dimensión individual, sino la liberación del sufrimiento mediante la erradicación del mal del deseo que padece:

Yo no pido que ella corresponda a mi amor, ni, puesto que no es posible, que consienta en portarse honestamente. Sólo deseo curarme yo, y librarme de ese funesto mal.

Con todo, podemos entender la resignación final del poeta, como derivada de la satisfacción de haber deseado y realizado todo cuanto en lo que concierne al amor existe, de haber incurrido en una aventura imposible que no podrá recuperarse ni vivirse jamás porque a ella se contrapone la cruda realidad:

Pues todo cuanto los hombres pueden decir o hacer por alguien,
tú los has dicho y lo has hecho, pero todo se perdió
por haber sido confiado a un alma ingrata

De haber, en definitiva, realizado una empresa sobrehumana digna de ser premiada por los dioses, aunque sólo sea librándolo del sufrimiento:

¡Oh dioses, concedédmelo en premio a mi piedad!


* * *

Bibliografía

Catulo: Editorial Planeta, Barcelona 1990

1 Todas las citas aquí señaladas en cursiva serán a la edición mencionada posteriormente en la bibliografía.

 

 

 

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