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CIUDAD DE NADIE

Rodrigo Jara Reyes

                                                                                           
“Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba
y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a  otra.”
J. Cortázar

Pretender que San Cristóbal se transforme de un minuto a otro en una metrópolis desconocida, es tentativa propia de la locura, del sueño o de la afición a la literatura fantástica. Sufrir en carne propia el resultado de dicha mutación, es una historia de incongruencias y terrores, una historia que comienza la madrugada en que me hallé caminando por avenida Colón hacia el oriente. Digo que me hallé porque no tengo claridad alguna de cómo llegué allí ni del momento en que lo hice. A medida que avanzaba, las calles que conocía casi de memoria, se fueron desvirtuando, transformándose. Aparecieron construcciones extrañas: edificios altos y oscuros, tiendas con nombres que no pude identificar, entradas de galerías nunca vistas en la ciudad. Después de pasar por el frontis casi irreconocible del mercado y por las puertas del edificio de correos, el paisaje se hizo totalmente ajeno.

La reacción de un sujeto cualquiera habría sido gritar, salir corriendo, quedarse paralizado; pero extrañamente no lo hice, al contrario, quise borrar de mi mente las causas sobrenaturales y encontrar explicación racional a hechos que sobrepasaban las leyes del tiempo y el espacio.

Primero trabajé con la hipótesis de una borrachera, sin embargo, no sentí síntomas de resaca y no recordaba haber bebido ni visitado a nadie con esas intenciones desde hacía meses. Me puse en el supuesto de que un amigo me hubiese dado alguna droga poderosa, pero no tengo amigos capaces de ese tipo de bromas y no suelo frecuentar lugares en los que pudiera correr el riesgo de ser drogado. Pensé en un golpe en la cabeza, en alucinaciones, en pérdida de memoria, incluso me toqué buscando sangre o alguna contusión. No había señales de nada.

Quise convencerme de que se trataba de una simple pesadilla, estiré las manos hacia la llovizna y sentí nítida la humedad en la palma. Además, en el aire flotaba el aroma inconfundible del pavimento mojado. En mi fuero interno, comprendí que aquellas sensaciones no probaban nada, pero en la superficie, los sentidos me convencieron de que ese mundo era verdadero. Desde ese minuto, me sentí trasladado a un planeta extraño, sin un pasado lógico que explicase lo ocurrido, sin un futuro predecible. En suma, como un hombre desprevenido que levanta la vista y ve dos lunas que se reparten el cielo nocturno.

Caminé sin saber hacia dónde. Nunca antes recorrí una ciudad sin autos estacionados, sin transeúntes que pasan, sin cabinas telefónicas cada dos o tres esquinas y sin boliches donde tomar una copa y olvidarse de todo. Por otro lado, las  calles permanecían tan quietas y limpias, que podían ser los recovecos de una bóveda herméticamente cerrada o un laberinto preparado para estudiar la conducta de las ratas. Aunque, lo que cautivó mi atención sobremanera no fue lo material o sólido, sino la luminosidad: era como si la atmósfera tuviera luz propia, cada partícula de polvo fuese una luciérnaga y no se necesitasen luminarias.

Por breves momentos, aquel paisaje me agobió y me sentí a un paso de la desesperación. A pesar de ello, retomé la dosis de cordura previa, cordura que provenía, estoy casi seguro, de cierta sensación de familiaridad proyectada desde aquella ciudad muerta. Como si alguna vez yo hubiera estado allí, como si en un sueño premonitorio hubiese vivido aquella experiencia. Por eso me detuve en las esquinas y busqué sin apuros las señales de vida propias de una ciudad cualquiera. Sin embargo, esas torres de cemento se elevaban oscuras, imponentes, como homenaje a un dios venido desde la profundidad de las épocas.

En mi afán de comprobar si la ciudad estaba realmente abandonada, me detuve frente a lo que parecía un edificio de departamentos. Ignoro cuántas veces apreté todos los botones del citófono, nadie atendió al llamado. Hay alguien ahí, pregunté, y el sonido de mi voz atravesó el silencio de las calles como si fuesen túneles vacíos. De pronto, oí pasos a mi espalda. Volví la cabeza y divisé la sombra de un hombre entrar por lo que parecía una puerta. Oiga usted, dije, y fui corriendo tras él. Lo que imaginé una puerta, era la entrada de un hondo pasadizo, tan oscuro que al avanzar unos pasos daba la impresión de estar en un agujero sin fin. Oiga usted, repetí tembloroso, y los muros devolvieron mi voz potenciada por el encierro.

En ese momento, como quien recibe un mensaje desde muy adentro o desde muy afuera de su ser, tuve la certeza de un número. Regresé frente al citófono y hundí una y otra vez el dieciocho de la botonera. Después de dos o tres minutos de insistencia, contestó una voz de mujer: ¿Braulio?,dijo y me pareció tan natural escuchar la voz de Clara, que ni siquiera me cuestioné el hecho de haberme olvidado completamente de ella en momentos tan difíciles.

Con las puertas del edificio abiertas, subí corriendo hasta el cuarto piso. En forma automática, busqué en los bolsillos del pantalón y apareció un manojo desconocido de llaves. No sé cómo, pero elegí la precisa. Al descubrir que el departamento permanecía a oscuras y en extremo silencioso, mis esperanzas se derrumbaron. Por un instante me vino a la mente el  pasadizo donde entró aquel hombre. Quise huir, pero otra vez aquella sensación me detuvo, la certeza de estar en un lugar conocido. Clara, llamé, y no hubo respuesta.

De golpe me abordaron imágenes que en principio no reconocí, pero que luego logré dilucidar: el suelo mojado por la lluvia reciente, el frío de una tarde a fines de julio, un grupo de gente detrás de un carro cubierto de flores y el ataúd entrando en el agujero. Murió hace más de dos años, pensé, y al unísono surgió la pregunta: ¿entonces, quién habló por el citófono? El cosquilleo de un par de lágrimas me recorrió las mejillas al momento de encender la luz.

Contemplé el sofá de paño marrón, la mesita y las murallas adornadas con óleos baratos de paisajes campestres. Un olor trasnochado a humo de cigarrillos, se desprendía de las cortinas y colmaba la atmósfera del departamento. Temeroso, caminé por el pasillo de la derecha. Desde la entrada del dormitorio, pude distinguir un bulto en la cama. Pensándolo ahora, la persona del lecho pudo haber estado despierta, acechando, a punto de saltarme encima y lo único que me vino a la cabeza fue la imagen de Clara y la llamé susurrando. Encendí la ampolleta del cielorraso y pude ver al hombre que supuestamente dormía. Estaba pálido, quieto. Al acercarme supe que no respiraba. Es viejo y calvo, pensé, pero tiene mi cara casi exacta. Aquel parecido me provocó un escalofrío, como si me mirase en un espejo que desvirtúa el rostro y lo muestra en la vejez y en la muerte. No tuve tiempo de ahondar en el miedo ni de buscar explicaciones. Me miré la ropa con manchones de sangre por doquier y el terror se apoderó de mi conciencia. En cosa de segundos, las imágenes de la habitación se llenaron de niebla. Mis manos, mis piernas, mi cuerpo entero se deshacía. Traté inútilmente de tomarme del velador, del borde de la cama, pero el peso de mi cabeza se hizo insostenible, cayó por un agujero hacia la alfombra, seguida del tronco y las caderas.

*

No sé cuánto hace que estoy en este camastro y en semipenumbras. El tiempo dejó de preocuparme. No quiero saber la fecha en que me encuentro. No me entero ni pretendo enterarme de conmemoración alguna. Suelo mirar hasta el cansancio alguna mancha del muro o del cielo raso. Luego cierro los ojos para recibir las formas que los juegos de la mente me sugieren. He dicho que el tiempo dejó de preocuparme, sí, pero extraño el simple hecho de tener ganas de comer o beber algo. Necesito recuperar la sensación de estar envejeciendo, la tristeza de las despedidas. Incluso, quiero volver a sentir miedo.

Vivo en la soledad y el vacío absoluto desde que descubrí el trasfondo de la supuesta pesadilla. Lo hice después de recordar un momento clave: el accidente en el que murió Clara. A veces traigo a mi memoria el vuelco del automóvil y logro reconstruir su rostro desfigurado por las heridas. En noches donde abundan presentimientos que no logro dilucidar y rostros de personas desconocidas, vuelvo a levantarme del asiento del conductor, a caminar mareado y perdido, a tocar su cabello empapado de sangre y adherido al pavimento. Otras veces puedo, en un esfuerzo supremo, reconstruir mi última fracción de segundo. Siento de nuevo la brisa nocturna rozando las arboledas, confundiéndose con la sirena del expreso de las cuatro de la madrugada. Siento el vértigo del salto, el golpe seco, el filo de las ruedas cortándome en pedazos, el dolor intenso y fugaz. Luego el silencio.

Las calles desiertas y los edificios muertos que consideré como sacados de una pesadilla, no eran material de sueño, sino la tajada de infierno que recibí y que se ha repetido, sin tregua, infinitas veces. Hasta que pude recordar, hasta que logré adueñarme de esta historia y romper el ciclo del castigo. Ahora permanezco en este camastro, en este paraíso de la ausencia, pero ya no me parece mejor, ni siquiera distinto a los callejones de aquella ciudad de nadie.

 

 

BREVE BIOBIBLIOGRAFÍA

Rodrigo Jara Reyes nació en Talca, Chile el 14 de febrero de 1966. Hizo estudios superiores en la Universidad de Talca, en donde obtuvo el título de Profesor de Estado. Publica su primer libro de poemas En los caudales de la memoria, en 1997; en el año 2000, el libro De la memoria al fénix; en el 2003, Dos sur y otros poemas; En el año 2006, el libro de cuentos “El extravío y otros relatos”. Es recogido en las antologías Travesía por el río de las nieblas 2000, Faluchos, treinta poetas maulinos2003; El lugar de la memoria 2007. Publica artículos,  ensayos y cuentos en diarios y revistas nacionales e internacionales. Correo electrónico: thtjara@hotmail.com Sitio web: www.caudalesdelamemoria.com

 

 

 

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