Muerte de Dios y caída en Victor Hugo
Por Rodrigo Arriagada Zubieta
Cuando se habla del tema de la muerte de Dios, existe una tendencia generalizada a pensarlo como un hecho concreto en la historia de la civilización occidental, y ciertamente acaecido dentro de una idea de tiempo lineal irreversible. El mismo Octavio Paz, en su maravilloso libro Los hijos del Limo, incurre en la
tentación de pensarlo como un fenómeno fechado cuando niega la autoridad de la discusión del tema a la filosofía. Señala: El tema de la muerte de Dios es un tema romántico. No es un tema filosófico, sino religioso. Para la razón Dios existe o no existe. En el primer caso, no puede morir, y en el segundo, ¿cómo puede morir alguien que nunca ha existido? (Paz: 1987; 73).
Es cierto que no se puede, como dice Paz, suscribir la magnitud de la discusión de este tema a la filosofía, ni mucho menos a la predicación que de él realiza Nietszche, referente obligado en lo que concierne a esta idea, sobre todo si tenemos en cuenta que la reflexión se encuentra con anterioridad en la literatura, específicamente en el Sueño de Jean Paul Richter. Sin embargo, es necesario aclarar que cuando se habla de la muerte de Dios, esto no significa que aquél haya existido y luego muerto, lo cual parece de suyo un absurdo, sino que lo que se declara es que la creencia en Dios es la que se ha extinguido, y es en ese sentido en el que se puede catalogar a éste como un tema de índole religioso.
No obstante la veracidad de aquello, quisiéramos enfatizar el hecho de que la muerte de Dios es mucho más un tema literario que religioso. En efecto, si la muerte de Dios es una relajación del sentimiento cristiano, y éste no es sustituido por la confianza en otra creencia, significa que la religión está vacía, y en ese sentido cada pensador debe llenar ese espacio, inventando su propia mitología e instaurando un orden novedoso donde ha sobrevenido el caos, tarea que históricamente ha recaído en los poetas como preservadores de la plenitud y la conciencia de los tiempos.
El problema de la muerte de Dios penetra en literatura bajo una reconsideración del tema cristiano de la caída, de la soledad del hombre arrojado al mundo, y es tal la identificación entre este tema y la poesía que es susceptible de ser observado en gran cantidad de obras modernas, a tal punto que podríamos señalar con propiedad que el Romanticismo y más bien toda la literatura moderna es también caída, pero hacia el fondo del hombre, hacia sus deseos, sueños y contracciones. Basta con pensar en el blasfemo poema narrativo Caín, de Lord Byron, el Paraíso perdido de Milton, o mayormente en las Flores del mal de Baudelaire, la divina comedia de la modernidad. Sólo que mientras el viaje de Dante es uno ascendente y de expiación del pecado a través de la final contemplación de la belleza, el del poeta maldito es uno de descenso al reino prohibido del mal, cuyas flores más hermosas debe arrancar del fondo, de lo misterioso, de lo prohibido y satánico que subyace al hombre.
La asunción de la muerte de Dios, en el sentido que hemos señalado antes, y las implicaciones del tema de la caída encuentran eco, en gran medida, en la voz totalizante de Victor Hugo. Lo que dice la boca de sombra es un largo poema de tono apelativo y asimismo profético, donde el poeta invita al hombre a contemplar su propia imperfección, una vez sobrevenido el sin-sentido que implica el ingreso en la contingencia del mundo: Mira, mide /debajo del hombre que contempla/ que puede ser cloaca y que puede ser templo, ser en quien el instinto en razón se resuelve/ el animal se inclina a la tierra/ Todavía más abajo, yace el caos sin nombre/ En tal sombra avancemos/ Sé tú mi acompañante. (Hugo: 1989; 60)
Pero este descenso no es, como en Baudelaire, un programa de la decadencia donde el artista, manchado por el pecado original y atraído por las luces del mal, tiene el coraje de explorar todo lo que en el arte y en la vida parecía morboso y artificial a la simple naturaleza. Muy por el contrario, Victor Hugo es un poeta de la resistencia, de la reafirmación de valores trascendentes, y aún fuertemente religioso. Así, el poeta desea iniciar al hombre en la revelación de su propia vileza, señalando la necesariedad de una creación imperfecta que es sólo positivamente ponderable por ser el principio del camino hacia Dios: Siendo la criatura al creador pareja, aquella perfección perdida en lo infinito, hubiérase con Dios confundido y mezclado/ Y al fin, la creación, a fuerza de fulgor, a él habría regresado y nunca hubiera sido/ La creación sagrada en que el profeta sueña, para ser , ¡ Oh misterio!, debió ser imperfecta. (Hugo: 1989; 54).
La teología de Hugo en torno a la caída se basa en la negación que se hace del pecado original como fundamento de ella. Lo que dice la boca de sombra plantea que Dios tuvo que realizar inevitablemente la imperfección porque no podía engendrar una fuerza igual a sí misma, y que, por tanto, el mal es una realidad preexistente al hombre y es el punto de partida para que aquél alcance la conciencia de su libertad. En esto concuerda con ciertas religiones orientales que plantean la doble naturaleza de las cosas, una dicotomía más fecunda que antagónica. La conciencia religiosa de Hugo es, como señala Octavio Paz, irreligión, una religión construida en base a obsesiones personales y retazos de distintas creencias que se funden en el objetivo de reestablecer la figura de una trascendencia desaparecida.
La majadera y repetitiva consideración, en este poema, del mundo como imperfección, apariencia y sobre todo como sombra, sitúa a Hugo dentro de una tradición de pensamiento que se puede retrotraer hasta Platón, vale decir, una corriente del pensar que afirma la existencia de un cosmos trascendente que está por sobre el mundo sensible, pero también lo sitúa de pleno en la tradición de la modernidad. Basta pensar en la cosmología moderna, en su consideración del mundo como res extensa, es decir, como mero especio vacío y materia en el cual se produce el desarraigo metafísico del hombre. Sin embargo, al silencio y a la espantadora inmensidad de los espacios pascalianos, Hugo opone la totalidad y asimismo la palabra; el mundo, para él, no hace otra cosa que decir: Que posee conciencia toda cosa creada y el oído pudiera alcanzar la visión / que las cosas y el ser no interrumpen su diálogo / habla todo: los vientos y el alción que los surca/ ¿ Pensabas de otra forma , acaso, el universo/ Que Dios hubiera permitido que sonaran las selvas/ y que nada expresara ese eterno murmullo. (Hugo: 1989; 52).
Sin embargo, resulta curioso, en Hugo, el hecho de que la reafirmación ontológica de Dios es paradojalmente la absoluta conciencia de la no-presencia de aquél, porque es precisamente esa certeza la que otorga al poeta su tono totalizador, y en definitiva la legalidad se su profetizar, de su clarividencia, de su condición de poeta-mago, que se manifiesta consistentemente en versos en los que enaltece su posición en el mundo y en los que se da la tarea de advertir y mostrar un camino de la liberación moral al hombre : en Hugo la muerte de Dios se materializa, se hace una evidencia : Más como Dios permite que te advierta mi voz, te hablo/ disfrutemos, videntes del cielo superior, del espectáculo de esas bajas regiones/ (65) ¡Esperad, miserables!/ No hay infinito duelo, ni males incurables/ son las buenas acciones los goznes invisibles de las puertas al cielo. (Hugo: 1989; 77).
Observando esto, más que a la muerte de la trascendencia, quizás sería preciso referirse a la desaparición de Dios, pero ésta perpetrada por un poeta obnubilador de su imagen. Acaso sea esta la contraparte de la gran dotación creativa de Hugo, pues en él se mezclan la realidad, la fantasía, el yo y el universo a un solo tiempo. Pero, dado este mismo afán totalizador y la falta de distancia consigo mismo, es un poeta en el que se pasa del deslumbramiento a la majadería, dada su ambición sin límites que todo lo abarca. No resulta extraño, así, que sus sucesores Baudelaire, Mallarme o Verlaine hayan renegado de él. Curiosamente, desde estos poetas y hasta las vanguardias prima la idea del lenguaje como un doble del universo, y por ende, el magnánimo impulso creativo de Hugo es reconducido a la idea del poeta como descifrador: la muerte de Dios cede así a la muerte del poeta.
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Bibliografía
- PAZ, Octavio: Los hijos del limo, Editorial Seix Barral, Barcelona, España, 1987.
- HUGO, Victor: Lo que dice la boca de sombra y otros poemas, Editorial Visor, Madrid, España, 1989.